La bendición de la seda
Hoy, Juan Leal vuelve a Madrid. Y, con ese regreso, retornan también lo que ha sido, lo que es todavía y lo que, a fuerza de empeño, se obstina en llegar a ser. No vuelve para justificarse: vuelve para entregarse. San Isidro no concede atajos; la plaza solo devuelve lo verdadero. Allí donde el miedo roza la belleza, cada decisión esculpe el destino. El Domingo de Resurrección de la pasada temporada, con una corrida de Palha, firmó una tarde de mucho peso; la oreja, pedida por unanimidad, injustamente no se concedió.
Por Mauricio Berho
Juan hará el paseíllo con un capote de paseo del maestro Paco Ojeda. No es un adorno: es memoria viva, una respiración antigua doblada en seda. Ese capote, el que llevaba el sanluqueño el día que cortó un rabo en Málaga, en un mano a mano con Curro Romero, en los años ochenta, guarda el latido de una tarde histórica. Que el maestro lo confíe hoy a Juan no es solo un detalle: es una transmisión. Un “esto ya fue puente; que lo sea de nuevo”. Una bendición sin estridencias, íntima: esa luz honda que se hereda por el tacto más que por las palabras.
Porque hay toreros, pocos, que no torean para imponerse, ni siquiera para convencer. Torean para decir algo, para hacerse preguntas, para ahondar en su tauromaquia. Juan Leal es de esos, de los que desentonan del aplauso fácil, no por falta, sino por fidelidad a una manera de sentir, de mirar, de estar en el mundo. Esa lealtad, rara en tiempos de disfraces, es ya una forma de belleza. Y tiene un precio: pisar, como decía el propio Ojeda, los terrenos que queman; no maquillarse el alma; no negociar consigo mismo. Juan lo sabe y lo acepta. Su camino no es un calendario: es un compromiso.
Por eso, el capote de paseo de Paco Ojeda no es un amuleto ciego. Es un recuerdo que orienta, un latido que acompasa. En sus pliegues viajan el temple, la exactitud, la fe de quien un día se jugó la vida en Las Ventas, se hizo mito. Al ceñírselo, Juan Leal no carga un símbolo: entra en una conversación secreta con el oficio y con esa estirpe de hombres que detienen un segundo el tiempo para que el toro pase por donde se le lleva.
La corrida de mañana, a priori, no facilitará nada. Mejor así. Hay trayectorias que son ya un triunfo por su coherencia, por su lucha, por su coraje. Pero todos lo sabemos: en Madrid nada se conserva; todo se gana ahí, en el instante puro. Que ese talismán de seda recuerde a Juan el centro que manda: la quietud sin concesiones, la verdad sin maquillaje, la belleza que solo aparece cuando uno pone toda la carne en el asador y acepta el trance como una gracia.
Si la tarde es dura —y lo será—, que el gesto del maestro Ojeda encuentre respuesta en las manos del torero. Que la plaza vea, aunque no siempre lo vea, la continuidad de una forma improbable y luminosa de estar en el mundo. Y que, cuando se cierre la puerta de cuadrillas, quede claro lo esencial: que la llama sigue pasando de hombro a hombro, sin ruido, destinada a seguir ardiendo.