Un toro importante de Saltillo
El sexto ejemplar de la temida divisa destacó por su bravura dentro de un encierro toreable con un único toro de manifiesto peligro. Más que digno Venegas; bien por momentos Leal; y por debajo de lo esperado, Juan de Castilla.
Por Álvaro Acevedo / Foto: Plaza 1
Madrid. 20 de mayo. 11ª de la Feria de San Isidro. Dos tercios de entrada. 5 toros de Saltillo y 1 (el 5º) de Couto de Fornhilos, desiguales de presencia y juego. La mayoría toreables a excepción del 4º, peligroso. Muy bravo el 6º. José Carlos Venegas, ovación y silencio; Juan Leal, silencio en ambos; Juan de Castilla, silencio tras aviso en ambos.
La corrida de Saltillo tuvo un toro para cambiar el destino de un torero, y no porque fuera fácil, sino justamente por todo lo contrario. Bien mirado, ese sexto fue el toro más complejo de la corrida, pues antes hubo uno de manifiesto peligro ante el que era lícita una faena de aliño. Con éste no, con éste había que ponerse… Bravo de principio a fin de su lidia, embistió muy fuerte, pero con la fijeza, el recorrido y la humillación suficientes. Fue un toro con carácter, pero muy lejos de la alimaña de la que se regodean demagógicamente este tipo de ganaderos. Un toro para dejarle la muleta puesta por delante, tirar la moneda al aire y, si salía cara, poner una plaza boca abajo.
Pero el toro exigía delante a un torero en plenitud, por ejemplo, a un Juan del Castilla de hace doce meses. El de ahora, recién salido de una lesión gravísima no es de momento ni la sombra del que yo he visto otras veces. Abusando de los toques bruscos, pajareando continuamente, o sea, perdiendo pasos para que su oponente no le repitiera y sin dejarle la muleta puesta por delante ni tres veces seguidas en toda la faena, fue claramente superado por el bravo de Saltillo. Pese a todo, el público le respetó. Antes había tenido ante sí un toro mansurrón pero muy noble, yendo y viniendo un poquito a su aire, pero repitiendo las embestidas y dejándose torear muchísimo. Aunque con él anduvo aseado, ahí se palpó ya que no estaba.
A la corrida de Saltillo le faltó sobre todo humillar, que es la virtud más valiosa de su encaste, pero peligro, lo que se dice peligro, sólo tuvo el cuarto toro de la tarde. Muy bien banderilleado por Iván García y Fernando Sánchez (las tres cuadrillas estuvieron impecables en líneas generales) fue despachado pronto y rápido por José Carlos Venegas, que era lo que procedía.
El jienense acusó quizá su falta de sitio (lo lógico, cuando no se torea nunca) en su faena al primero de la tarde, un toro con mejores inicios que finales, pero que embistió con buen aire y sin hacer cosas raras por ningún pitón. Muy digno Venegas e incluso con algún buen muletazo suelto, no es ético ni lógico pedirle más de lo que hizo. Se le vio además muy seguro con la espada.
De la corrida de Saltillo sólo se aprobaron cinco toros, así que tuvo que completarse con un remiendo de Couto de Fornilhos manso y manejable como los titulares. De éstos, el más deslucido por huidizo y con la cara por las nubes fue el segundo, con el que estuvo muy bien Juan Leal. Inteligente para buscarle los terrenos, interpretando un toreo más reunido y limpio, con mejor estilo, anduvo muy por encima de su oponente e incluso por momentos logrando sujetarlo en su muleta. El público no lo valoró.
Pareció ir en la misma línea de lucidez con el sobrero, pues sus dos primeras series, una en redondo y otra por naturales, tuvieron un excelente trazo. Después Juan perdió el acople, se dejó tropezar la muleta y me da la sensación de que anduvo más preocupado por buscarle la distancia corta que por ligarle los pases, y al final ni una cosa ni la otra. Ir con una idea preconcebida desde el hotel no suele traer buenas consecuencias.