El toreo está en Sevilla

EL SENSATO INCONFORMISTA

Por José Carlos Arévalo / Foto: Maurice Berho / Ilustración: Humberto Parra

Joselito, José Tomás y El Juli. A finales y principios de siglo, el toreo estaba en Madrid. En esta feria de San Miguel, los hechos iban a dictar su veredicto. Pero como dice el tópico, el hombre propone, Dios dispone y el toro lo descompone. El tercer acto de afirmación sevillana en la magnífica feria de San Miguel postpuso la consagración. Sin duda Morante está más allá del bien y del mal. Siendo el mito del presente se sienta ya con los grandes maestros en el Olimpo de los toreros. Pero el toreo de José Tomás era -¿o es?- un profundo solo de violín que se desgarra en el infinito. Hay un maestro (casi) omnipotente en el escalafón y se llama Daniel Luque. Pero si hay un maestro de maestros en todas las épocas del toreo, ese es el El Juli. Y si el futuro cuenta, ahí está Borja Jiménez, con un trazo de torería innata y el cincel de gran escultor del toreo aunque todavía no lo ve así el aficionado superficial porque al torero lo tensan las ganas. Pero si pensamos en el futuro ahí está también la muleta iridiscente y profunda de Víctor Hernández. Y si no menciono a Juan Ortega y Pablo Aguado es porque no les encuentro un paradigma en el reciente pasado.

Si hoy el toreo está en Sevilla, que lo está, no se puede decir que su hegemonía campee en solitario. Por eso el repudio a Roca Rey, que cortó una orejita en una tarde de tres. Y de ahí que hay dos hechos me hayan contrariado en esta brillante feria de San Miguel. Uno afecta al aficionado supersabio, que no se dio cuenta o no se atreve a decir que el mejor toreo de toda la feria sucedió en unos largos y mágicos instantes a cargo de un diestro que no ha triunfado, Juan Ortega.

Fueron las mejores tapatías que he visto en mi vida. No eran las tapatías por las afueras, que acontecen cuando el diestro hace el quite y saca al toro del caballo, llevándoselo de adentro afuera hasta los medios. Porque Ortega, genial, llevó la contraria a la norma. Y para más inri, a un toro suelto, todavía sin encelar. Y resultó que siendo así, se echó el capote a la espalda, y para sorpresa de todos, imantó al toro locuno al embeberlo en su capote de frente por detrás. Y entones sucedió lo inaudito. Pues nunca en los galleos el lance se culmina, siempre hay más recorte que toreo. Pero el trianero embarcaba la embestida y culminaba el lance, tan acoplado, tan rítmico, creando un sublime contrapunto entre el temple de la capa y el compás del galleo. Aquel bellísimo capote alado se desgajaba con el tempo de un natural profundo y su sincopada ligazón equivalía al toreo más hondo ligado en redondo con la muleta. La gracia y desgracia de estas tapatías por los adentros será que no las volveremos a ver más. Quiero pensar que Pepe Ortiz, su inventor, el genial orfebre tapatío, las vio desde el Olimpo de los toreros con los ojos sorprendidos y agradecidos por el homenaje que le rendía un genial torero de Triana. El diálogo de un torero de hoy con un torero de ayer es algo que a veces sucede en el ruedo de la Maestranza.

La otra cosa que me malhumoró afecta a un sector del público que, de pronto desgajado del resto, rompe la unidad del coro y que ante el silencio de la mayoría da la impresión de que ésta asume su opinión, como contagiada por un localismo parecido al del fútbol cuando juega bien y mete goles el equipo visitante. Pongamos que hablo de Roca Rey. Porque la animadversión de una parte del público mientras sucedía la lidia era deprimente y la cicatería de todos cuando terminaba de torear la percibí como un pueril ramalazo local ajeno a la idiosincrasia ecuánime de esta plaza.

De acuerdo, el argumento de la feria, tras la temporada llevada a cabo por los cinco toreros de la tierra acartelados en el abono, estaba bien claro: Una ópera en tres actos que consagraría el liderazgo sevillano del toreo. Y de hecho, así fue. Por la coloslal e inaudita serie de redondos de Morante a su infumable primer garcigrande, que no tenía un pase, como tampoco los tuvo su segundo toro; por el toreo de capa ya comentado de Ortega; por la sensacional maestría y creatividad de Luque, con lances y muletazos magníficos, inéditos, de su invención e impuestos a toros torpones, deslucidos; por la fragancia y gallardía torera de Borja Jiménez; y, sobre todo, por el arte de Pablo Aguado, que merece capítulo aparte.

Pero antes dedico unas lineas a Roca Rey. ¿Jugaba el portentoso torero limeño el papel de aguafiestas, era el torero a batir? En absoluto. Nada hay más opuesto a la secular ecuanimidad de la afición maestrante. Salvo dos o tres tontos, la afición pepeluisista siempre se entregó a Manolete. Luis Miguel triunfó, Puerta del Príncipe incluida, varias tardes seguidas en la Maestranza cuando Pepín había mostrado a todos los públicos el toreo del futuro. Bajo el reinado global de Antonio Ordóñez y cuando Curro Romero se hacía con el reino de Sevilla, El Cordobés triunfó con todas las de la ley. Además, el mismo Roca Rey ha dado tardes clamorosas en la Maestranza. ¿Qué sucedió, entonces, el pasado sábado, 26 de septiembre, cuando el monstruo de Lima mató a sus dos toros mediante dos volapiés citados en corto, los tiempos marcados sin abandonar la recta con dos cruces limpios de muleta mandona y espada infalible? ¿Por qué no surgieron los pañuelos en desbandada si Roca, con su toreo fundamental, de mano baja, trazo largo, mando absoluto, había vaciado de bravura a dos toros bravos, cabalmente, pase a pase, hasta convertir a dos fieras bravas en dos entregados corderos? Si eso no es el toreo que venga Dios y lo vea.‍

Pero la tarde de la bravísima corrida de Jandilla también nos curó todos los sinsabores. Porque ese mismo 26 de septiembre se volvió a vivir lo máximo que se puede pedir a la tauromaquia inventada por Costillares. Pues si en el ruedo toreaba Pablo Aguado con arte indecible, en los tendidos toreaba toda la plaza. Aquello no era la apoteosis del toreo sino la comunión del arte de torear. No obstante prefiero reprimir todo ditirambo sobre la tarde que lo consagró figura del toreo y comentar lo que, a mi personal modo de ver, ofrece el toreo de Pablo Aguado. Así que vayamos por partes:

EL ESTILO: El arte de torear se ha universalizado. Los referentes estilísticos de los toreros son variados y de distinto origen. La imagen grabada ha roto las fronteras, también en la Fiesta. Pero hay lugares donde persiste lo que podríamos llamar "toreo étnico". Y, sin duda, Sevilla es uno de ellos. En los últimos cien años, Sevilla está en el origen de maneras, aromas, estilos, todos del mismo tronco pero de distintas ramas. Hay un toreo trianero de origen belmontino, con versión gitana y finalmente evolucionado por Emilio Muñoz. Hay un toreo de temple aljarafeño: Manolo Cortés, Fernando Cepeda. No sé si Camas tiene un patrón, creo que no si pienso en Camino y en Curro. Y desde luego, hay una buena nómina de diestros a los que no se puede identificar por el pueblo donde nacieron. Pero sí existe y persiste en la mente de cualquier aficionado el toreo de Sevilla. Y da lo mismo que el espada haya nacido en San Bernardo que en la Alfalfa, en la Alameda que en la Judería. Es el toreo de Chicuelo -no he visto torear a nadie con el capote como a su hijo, diestro fugaz y maravilloso-, o el de Pepe Luis y de todos los Vázquez, el de Pepín Martín Vázquez, el de Manolo González, el de Diego Puerta. Y, finalmente, el de Pablo Aguado, a quien no por ser el más joven hay que esperar a que sea viejo para decir cómo torea. Y digámoslo ya, sin miedo. Porque Pablo torea con un deje pepeluisista y una naturalidad bienvenidista, y alguna vez, se lo vi en Aranjuez, con un temple aljarafeño.

LA MAESTRÍA: Lo importante en el toreo étnico -permítaseme la expresión- es que sea un deje, no un eje. Pues cuando manda este último, el toreo se caricaturiza y cuando nos regale el deje, el toreo se enriquece. Y en efecto, hay un abismo entre la asolerada calidad del actual Aguado y la sevillanía, más evidente que torera, del joven a quien vi debutar en Madrid. Desde luego la experiencia y el toro forman la maestría. Pero cuando se está empezando incide más en el joven el deseo de decir el toreo bajo su impronta estilística que el hacerlo de verdad, templado y de cabo a rabo. Y ahí me late el influjo de Curro Vázquez. Sí, el sentimiento puramente sevillano, el toreo interpretado por Aguado, hoy se expresa con delectación, el pellizco se ha contagiado de cadencia, lo saborea la torerísima dilatación del temple, y entonces tiene gusto y regusto: deja huella. No hay virtud en el torero que ser el primer espectador de sí mismo. Para saber que lo que uno siente sea lo que siente el público. Entonces, el toreo se libra de ataduras. Y para eso hace falta maestría, una virtud torera otorgada por la experiencia. Mas para eso, primero hace falta valor natural, que se tiene o no se tiene. Y después, valor torero, un valor adquirido, que es el supremo valor, el que sirve para torear. Y en algunos casos, como el de Pablo, para torear con sevillanísima naturalidad.

LA NATURALIDAD: La naturalidad tiene un padre, el valor; y una madre, la maestría. Sin el uno y la otra es imposible torear con naturalidad a una fiera que te quiere matar. El valor demasiado eviente es arrojo, una valerosa pero efímera actitud, porque a la postre vence el miedo protector. Y la maestría demasiado evidente es falsa o incompleta, generalmente defensiva, capaz de defenderse frente al toro difícil, pero no para torearlo. Pero es la verdadera maestría, la que depara naturalidad, la única capaz de desistir sin ser vencido por el toro imposible o de transformar el peligro en arte. Pues bien, así es la virtud torera que este año ha sido santo y seña de Pablo Aguado, tanto para desistir con el toro deslucido como para convertir la bravura en arte.

EL ARTE: Lo fascinante del arte de Aguado es que adivina el toreo antes de hacerlo, que adivina la embestida antes de que el toro embista. Y por eso siempre torea antes de torear. Obviamente torea cuando el toro entra en su jurisdicción imantado en sus engaños y sigue toreando cuando termina de torear. Hay un hilo invisible de unión que atrapa al espectador porque lo incluye en los tres tiempos del toreo. Primero lo presiente con anhelo; después, lo siente con hondura pues el acople fue superior a lo imaginado; y, finalmente, el paladeado sentimiento perdura porque la suerte terminada aún no ha terminado. Así es la comunión del toreo: en el ruedo torea el torero y en el tendido toreamos todos. Y como el arte de Aguado es luminoso, inunda de luz la embestida, la luz de ese arte visual que es el toreo invade a los espectadores, los ilumina, los embriaga, los fascina. Con la luz del toreo sevillano, la pura luz de Sevilla.

Postdata: Y este fue el mensaje de la feria de San Miguel: el toreo de Sevilla ha vuelto donde solía. De Morante a Luque, Ortega, Aguado y Jiménez. Con sus cinco toreros más destacados, Sevilla cerró, la Puerta del Príncipe abierta de par en par, su año taurino de 2026, una de las mejores temporadas de las que se tiene recuerdo.

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