Los tiempos de Sevilla. Miradas de Mauricio Berho

Texto y fotos de Maurice Berho

Hay ferias que se cuentan y otras que, cuando terminan, dejan una sensación difícil de explicar. San Miguel ha sido de estas últimas. Cuatro tardes en la Maestranza, con sus luces y sus sombras, sus esperas, sus silencios y esos instantes inesperados en los que el toreo encuentra algo que va mucho más allá de la propia faena.

Hubo juventud, entrega, dificultades, desilusiones e incluso inquietudes. Hubo toreros buscando la belleza allí donde el toro apenas la concedía. Hubo una magnífica corrida con el hierro de Jandilla. Pero, por encima de todo, hubo una manera de torear que parecía devolver a Sevilla algo que le pertenece desde siempre: el tiempo, la pausa, el compás, la naturalidad.

Pablo Aguado estuvo en el centro de esa sensación. No necesita imponerse. Parece esperar que las cosas sucedan. Y cuando suceden, todo adquiere una extraña naturalidad, como si cada muletazo encontrara su lugar exacto en el espacio y en el tiempo.

Su tarde tuvo algo más que el brillo de un triunfo. Durante unos instantes, la Maestranza pareció reconocerse en él. En su manera de esperar, de medir, de dejar que el toreo encuentre su propio ritmo. Una tauromaquia íntima, profundamente ligada a esta ciudad y a su manera de entender la belleza.

Aguado entra y sale de las suertes con una sevillanía que se declina como una poesía. No es una pose ni una manera aprendida de parecer sevillano. Es una forma de entender la belleza, de concederle tiempo y de dejar que cada instante encuentre su propia luz. Y allí, mientras el toreo se deslizaba al compás de un solo de Nerva, un misterio que difícilmente puede explicarse fuera de esta plaza invadió la atmósfera.

La feria terminó casi en silencio. La última tarde nos devolvió a una cierta realidad después de tantas emociones, y ha despertado algún pesimismo entre los aficionados. Quizá sea mejor así. Porque hay momentos que, después de haber sucedido, piden simplemente un poco de distancia para alcanzar su verdadera importancia.

Y cuando la plaza queda vacía, entre la arena y el silencio de la Maestranza, permanecen algunas imágenes. Algunas pertenecen a los toreros. Otras, a la propia plaza. Pero cada vez tengo más certeza de que hay momentos que sólo pueden suceder aquí, porque sólo aquí parecen encontrar la luz, el espacio y el tiempo necesarios para convertirse en memoria. 








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