López Peregrino y Ruiz de Velasco brillan en la Maestranza

Ruiz de Velasco, toreando con la mano derecha.

Oreja merecida para el jerezano, tras una notable faena al mejor novillo de Guadaira. Excelente sabor de boca del burgalés, que rozó el triunfo.

Texto y fotos de Mauricio Berho

Sevilla. Domingo, 31 de mayo. 19ª de abono. Media plaza. 6 novillos de Guadaira, bien presentados y de juego variado. López Peregrino, silencio y oreja; Martín Morilla, silencio y silencio tras aviso; y Ruiz de Velasco, vuelta al ruedo tras petición y ovación tras petición.

La tarde se sostuvo sobre el buen concepto de los tres novilleros y un público muy a favor de obra. A veces una novillada entera cabe en el vuelo de una muleta. O en la forma de embarcar una embestida. O en el eco que deja una verónica cuando ya todo ha pasado. La decimonovena de abono no fue una función redonda, pero entre los claroscuros de la tarde asomaron dos nombres propios: López Peregrino y su triunfo frente al cuarto; y las buenas maneras de Ruiz de Velasco. El jerezano abrió plaza con un novillo de escasa transmisión y viaje medido. Poco más pudo hacer que dejar constancia de sus ganas. El animal nunca rompió hacia adelante, nunca se entregó, y todo quedó en apuntes.

Pero la novillada comenzó a tomar cuerpo en el tercero. Antes, Martín Morilla había tropezado con un utrero que amagó cosas para acabar apagándose a mitad de camino. El sevillano estuvo firme, dispuesto, queriendo siempre. Pero el burel se vino pronto abajo y la faena no cogió vuelo.

Ruiz de Velasco había dejado un recibo a la verónica de esos que anuncian cosas. Capote adelantado, manos bajas, cogiéndole muy bien el ritmo al novillo. Y aunque este tercer ejemplar de Guadaira se vino abajo, sacó muy buen fondo por el lado izquierdo, y el estilo del burgalés encajó perfectamente con el gusto del público de la Maestranza. No hubo cantidad, pero sí calidad y hondura. Y fueron llegando naturales de excelente expresión, ligados con pulso y rematados detrás de la cadera. Toreo despacioso y de buen gusto y vuelta al ruedo tras petición de oreja, un premio menor para el buen sabor de boca que dejó.

El cuarto fue el novillo más completo del envío de Guadaira. Tuvo largura, ritmo y una embestida de magnífico son por el pitón izquierdo. López Peregrino lo vio pronto. Ya en el quite había dejado una versión más asentada de sí mismo. Después, con la muleta, encontró el compás exacto de la embestida. Los naturales brotaron con limpieza y gobierno. Hubo momentos de verdadero ajuste cuando el novillo humilló y tomó el engaño desde lejos. La faena alcanzó su temperatura más alta en las tandas finales, ligadas y mandonas. Recetó un espadazo de libro de efecto rápido y la oreja premió una labor de muy buen gusto.

 Morilla volvió a quedar atrapado por la falta de raza del quinto. Un novillo venido abajo desde los primeros tercios, sin motor ni recorrido. Bastante hizo con sostener una faena sin materia prima enfrente. Pero todavía faltaba el último capítulo, y Ruiz de Velasco volvió a asomarse al balcón del triunfo con el sexto. Tres verónicas y una media en los medios bastaron para encender la plaza. Después llegaron unos ayudados por alto de excelente expresión y una tanda inicial con la diestra muy jaleada. El novillo tomó la muleta con nobleza y largura hasta que se le acabó el depósito. Ahí se esfumó un posible premio, pero quedó otra cosa: la sensación de estar ante un torero que piensa el toreo desde la pureza. De un novillero que no atropella las embestidas, que las acompasa. Podía perfectamente haber dado otra vuelta al ruedo.

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