Magia en Aranjuez
Derechazo de Morante al cuarto toro de la tarde.
Inspiradísimo faenón de Pablo Aguado y monumental obra de Morante de la Puebla, que salen a hombros con un rabo y tres orejas respectivamente.
Por Álvaro Acevedo / Foto: Circuitos Taurinos
Aranjuez. Domingo, 31 de mayo. “No hay billetes”. 6 toros de Núñez del Cuvillo, bonitos de hechuras y protestado el 6º, de peor presencia. Muy nobles en general, destacaron por su calidad 3º y 5º. Morante de la Puebla, oreja y dos orejas; Roca Rey, silencio y ovación tras aviso; y Pablo Aguado, dos orejas y rabo y ovación.
Morante y Aguado salieron por la Puerta Grande.
Tiene magia la plaza de Aranjuez, un sitio con solera donde el que no torea bien es porque no sabe. Iba la tarde queriendo romper a la salida del tercer toro. Los naturales de Morante al insulso colorao que abrió plaza, dibujados a media altura primero y más por abajo después, todos ellos con prestancia, fueron un buen prólogo de dos faenas que luego serían memorables. Imposibilitado Roca Rey con el exquisito y a la vez enfermizo segundo, Pablo Aguado decidió dejar de ejercer el papel de acompañante de figuras. Y le cortó el rabo al tercero de la tarde.
La chispa se encendió en un quite por chicuelinas, porque habiendo perdido pie el torero y quedando a merced del toro, resolvió el peligro desde el suelo con una larga cambiada. Cuando se levantó y remató con media lentísima, la plaza era un manicomio. Arrancado el torero pidió los palos entre la sorpresa general, y cuarteó con pies para clavar en todo lo alto dos pares excelentes, siendo el tercero al quiebro, fallido pero meritorio. Con la gente loca inició su inspiradísima obra ayudándose por alto de rodillas, muy gallardo el torero, y de pie una trincherilla tuvo soniquete. Crujió la plaza.
Al cuerpo central de su faena, con dos series con cada mano, le acompañó siempre la finura de su estilo, esa naturalidad y elegancia sin excesos, pero tres naturales con el compás abierto y los vuelos de la muleta arrastrando fueron de una belleza deslumbrante. Esos, y luego otros muy de frente a medio compás rematados con un molinete ligado con magnífico pase de pecho. El exquisito toro de Núñez del Cuvillo duró lo justo, y los últimos derechazos en redondo costaron más, aunque la trinchera de remate paró el tiempo. Unos bonitos pases de adorno y una estocada hasta la mano rubricaron una faena de mucha categoría y con sus toques de genialidad. Tras la muerte de su oponente, lenta, bella, dramática, Pablo paseó las orejas y el rabo, y al toro le dieron la vuelta al ruedo en el arrastre.
Que Morante iba a darle réplica lo sabían hasta en la China, y aunque de salida arrolló más que embistió el bonito cuarto toro, no pudo resistirse al embrujo de su capote. Sensiblemente enmendado tras un puyazo en el que derribó al caballo, el de Cuvillo fue a más cuando José Antonio cogió la muleta y lo pasó por alto pegado a tablas antes de un trincherazo de repeluco y un ayudado de caricia.
Por la derecha toreó después cimbreando la cintura, acompañando la embestida con una armonía casi mágica, y ligando los pases, cinco y el de pecho, con una precisión que rozaba lo perfecto. Por el pitón izquierdo, por donde echaba la cara arriba, el maestro lo enceló con toques más firmes, y muy embraguetado, desgranó naturales profundos, de una hondura avasalladora. Dos series más, una con cada mano, levantaron al público de sus asientos porque Morante hilaba las suertes con esa verdad y esa belleza que hacen único este arte, el arte del toreo. El cante grande de sus redondos y naturales tuvo el broche de pases de pecho monumentales, a cámara lenta, y el aderezo de algún molinete, ayudado o invertido, que fueron chispazos geniales a su nueva lección de Tauromaquia. Sus últimos pases por la derecha fueron de arte puro, y la estocada, categórica. Le otorgó el presidente las dos orejas, pero aun dándole las cuatro patas del toro se hubiera quedado corto.
Ahí se acabó la tarde. Un atacadísimo Roca Rey salió a por todas frente al buen quinto, toreándolo bien de capote y sospechosa y preocupantemente mal con la muleta; mientras que Pablo Aguado elaboró una faena de menos a más con el sexto, logrando fases muy notables en su último tramo frente a un toro que, por ser pobre de cara, no gustó a la gente. Fue el único lunar de una tarde en la que salimos toreando por las calles gracias a un Pablo Aguado inspiradísimo y a un Morante profundo y solemne.