La heterodoxia de Ferrera le da su cuarta Puerta Grande de Las Ventas
El torero extremeño desató la locura y la polémica subiéndose a picar el sexto de la tarde, al que mató en lugar de Ureña, herido en su primero.
Por Álvaro Ramos / Foto: Plaza 1
Madrid. Domingo, 31 de mayo. 21ª de abono. “No hay billetes”. Toros de Adolfo Martín, muy bien presentados 1º, 4º, 5º y 6º, y más terciados 2º y 3º, de buen juego los tres últimos, especialmente el 4º, ovacionado en el arrastre. Antonio Ferrera, silencio, oreja y oreja. Salió por la Puerta Grande; Manuel Escribano, silencio en ambos; Paco Ureña, ovación en el único que mató, en el que resultó.
Una hora y cuarto después del paseíllo se marchaba Paco Ureña del ruedo madrileño buscando la enfermería. Lo hacía por su propio pie, cojeando, con una mancha de color sangre ganando terreno a la seda rosa palo en la parte superior de su muslo izquierdo. Y Las Ventas en pie lo despidió con una ovación unánime. Fue el primer momento emocionante, por épico y por dramático, de una tarde en la que hubo que esperar para que cambiara su sino. Y vaya si cambió. Llegó después Ferrera para elevar la temperatura -ya alta de por sí- en una faena muy inspirada y personal, muy en Ferrera, a un gran toro de Adolfo, el cuarto de la tarde. Todo lo que hizo y propició “Mentiroso” fue muy de verdad, demostrando que la única mentira son los kilos (512 pesó), y que la verdad habita en el trapío, en la armonía y en aquello de estar en tipo. “Mentiroso” no falló, y Ferrera tampoco salvo en un pinchazo que evitó lo que probablemente habría devenido en una fuerte petición de la segunda oreja.
Ya desde el inicio al natural sin probaturas vimos la versión más templada de Ferrera, reunido en todo lo que hizo. La dejó siempre puesta, tocando con suavidad para encelar al bravo toro de Adolfo, y vibró Madrid. Sobre todo cuando tiró la espada y decidió utilizar el vuelo libre de la muleta con la mano derecha, brotando un manojo de naturales extraordinarios, por trazo, por despaciosidad y por reunión. La conexión fue total con los tendidos. Después llegó el primer intento de matar recibiendo, con esa puesta en escena “made in Ferrera” en la que va buscando la arrancada del toro andando despacio desde un manojo de metros más allá. La repitió en la suerte contraria, y ahí sí, dejó un estocadón arriba, quizás un pelín contrario, de efecto fulminante. Oreja sin discusión.
La discusión y la polémica llegarían en el sexto, otro buen toro de Adolfo, muy serio, que debió haber lidiado Ureña. A él brindó la faena Ferrera, pero antes del brindis hubo mucha tela que cortar. No había permitido el lucimiento en un intento variado en el recibo de capa, pero fue sonar los clarines y saltó la sorpresa. Ferrera bajó al varilarguero del caballo, y sin mona ni gregoriana se subió a la montura. Si nadie demuestra lo contrario, probablemente por primera vez en la historia de la plaza, el mismo matador se encargó de picar al toro. Luciéndolo, pidiendo que se lo pusieran de largo, no estuvo ni bien ni mal sino todo lo contrario. Tres intentos, dos puyazos (el primero bajo y el segundo sin meter las cuerdas), y aún incluso un quite por chicuelinas rematadas con serpentina fue lo que dio de sí un tercio que ya es histórico. Como diría cualquier milenial, en Las Ventas todo el mundo ‘lo flipaba’.
Luego más polémica por el cambio de tercio, malinterpretado por Ferrera, que terminó calentando al público. Y en estas que cogió la muleta con más corazón que aliento, para dibujar derechazos y naturales de todas las facturas, y los de pecho mirando al tendido para terminar de calentar aquello. El toro, con su punto de casta y con no poca calidad, lo permitió todo. Ferrera colocó a “Monedero” en los medios para venirse andando de nuevo de dentro a fuera, jugando con los terrenos. No ayudó mucho el toro, y esta vez quedó una entera muy delantera que de tan suelta, duró en las carnes del animal apenas unos segundos. Pero daba igual, en los manicomios la ortodoxia no se lleva. Le hizo daño, cómo no, esa entera, y como no falló con el verduguillo la gente mayoritariamente pidió la oreja, con lo que Pedro Fernández Serrano la dio. Ferrera, con la boca seca y los labios blancos, se abrió de brazos festejando la que iba a ser su cuarta salida a hombros en una tarde histórica por distinta y vibrante.
El resto de capítulos fueron bastante más anodinos. Con el primero de la tarde, un serio ejemplar que rozó los 600 kg, Ferrera intentó resolver las no pocas dificultades de su oponente tirando de oficio y sin estridencias. Ureña, en el único que pudo lidiar y matar, volvió a sufrir (y ya son demasiadas veces) la cara más amarga de eso tan difícil que es ser torero. “Peluquero” se llamaba ese toro que de no haber tenido el pelo cárdeno, igual hubiera visto los bueyes de Floro. Tuvo poco recorrido, y a poco que quiso fajarse con él, le levantó los pies del suelo con la mala fortuna de calarlo al prenderlo por segunda vez. Llevaba la cornada, pero ahí se quedó Ureña para sacar algún que otro muletazo de un mérito brutal. Lo cazó con una delantera atravesada y como ya hemos contado, se marchó hecho un héroe a ponerse en manos de García Padrós.
No fue la tarde de Escribano, que recibió a su lote a portagayola, para no perder las buenas costumbres. Pareó en ambos, con más brillo y acierto en su segundo toro, con el que estuvo sensacional en los tres pares. En su primero hubo de pedir un cuarto par para intentar arreglar un tercio que había sido bastante desigual. A ese toro, que tuvo pocas virtudes, lo mató con habilidad sin darse demasiada coba; y al quinto, un tanto mentiroso y que pesó mucho en la muleta, le tragó para buscar llegar al tendido sin conseguirlo, siendo silenciado en ambas actuaciones. Pero como es buena gente y buen compañero, le puso en suerte a Ferrera el sexto para que le recetara la primera vara. Si alguien se lo dice dos horas y media antes, lo hubiera tomado por loco.