Vuelve porque hace falta

Morante de la Puebla, en su faena al cuarto toro de Álvaro Núñez.

Manzanares y Roca Rey salen a hombros, pero Morante de la Puebla, con el peor lote, marca la diferencia con el único toreo valioso de una tarde con lleno de “no hay billetes” en los tendidos.

Por Álvaro Acevedo / Foto: @TOROSALICANTE

Alicante. Sábado, 20 de junio. 2ª de feria. “No hay billetes”. 6 toros de Álvaro Núñez, desiguales de presencia, y de muy buen juego en la muleta excepto el manso y deslucido 1º. El 4º, por agotado; y el 6º, que se rajó, duraron menos. Morante de la Puebla, silencio y oreja; José Mari Manzanares, oreja y oreja; y Roca Rey, dos orejas y oreja.

Manzanares y Roca Rey, a hombros.

Para los amantes de la estadística, dejo reseñado en la ficha las cinco orejas que cortaron entre Manzanares y Roca Rey, pero no así la retahíla de sardinetas que acumularon entre ambos. ¿Quizá fuese por el viento? Yo diría que el viento les estaba incluso ayudando a disimular e incluso justificar semejante comportamiento, hasta que salió Morante con el cuarto y no pegó ni un trapazo.

De hecho, el maestro de la Puebla del Río hizo lo único valioso de la tarde en su faena al cuarto toro, muy noble pero venido abajo tras entregarse mucho en el caballo. Morante, que había pegado uno de esos petardos que ya echaba yo de menos en el toro que abrió plaza, único inservible por manso y esaborío, salió dispuesto a quitarse la espina desde los primeros capotazos, unos faroles en el tercio, luego unas chicuelinas recortadas preciosas y ya al final tres lances de capote ampuloso y suelto, bellísimos,  abrochados con media lenta.

La faena fue como siempre torerísima desde el primer pase hasta el último, y con ella se vieron los únicos muletazos lentos de la tarde, lo único con sabor y gusto, el único toreo con prestancia, asentado, cabal. Sobrado de aguante, con una solemnidad natural sólo al alcance de los verdaderos maestros, esperó y tiró de una embestida demasiado dormida que a veces terminaba en el centro de la suerte, pero que José Antonio prolongó con un pulso sereno, el que nace del valor. Su manera de colocarse, el aroma de sus muletazos, el clasicismo de algunos naturales, la majestad con la que anduvo por la plaza, estuvo a años luz de todo lo demás. No fue -no podía serlo- una faena antológica, pero al lado de lo demás pareció gloria bendita.

Porque Manzanares torea por compromiso, literalmente a la fuerza. Las dos faenas irrelevantes que perpetró carecieron de sentido alguno. Pega pases por pegarlos, y ni en su tierra fue capaz de sentirse ante un magnífico lote de toros. Apenas una serie final frente al segundo y algún muletazo suelto con el quinto se salvan de una desesperante antología de vulgaridad y adocenamiento. Las dos excelentes estocadas con las que tumbó a sus oponentes volvieron a salvarle ante un público que, si es siempre santo, mucho más me lo parece con el torero de la tierra.

Se llevó de regalo una orejita de cada toro, y tres nada menos fueron a parar al esportón de Roca Rey. Frente a un toro bravo y con otro que se rajó en mitad de faena, se enfrascó en un montón de pases todos iguales:  iguales de largos, de ligeros, de rectilíneos y de mediocres. No faltaron por supuesto los valerosos quites desparasitarios, los electrizantes cambios por la espalda y los flequillazos descarándose con unos tendidos entregados por inercia al peruano. Ya lo dijo Morante en febrero: "Vuelvo porque hago falta".

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