Céret, una singularidad necesaria (Galería)
Redacción / Fotografías de Andrés Viard
Cada mes de julio, la feria de Céret recuerda que la tauromaquia no es una realidad uniforme. Existen muchas maneras de entender el toro, la lidia y la emoción que nace del ruedo. La localidad francesa lleva décadas defendiendo una personalidad propia, construida sobre el protagonismo absoluto del toro, la recuperación de encastes poco habituales y la búsqueda de una autenticidad que ha convertido su feria en una referencia para una parte importante de la afición.
No es una feria concebida para el consenso. Nunca lo ha pretendido. Su identidad se ha forjado precisamente sobre una idea muy definida de la Fiesta, en la que el toro ocupa el centro de todas las miradas y donde la exigencia para el torero alcanza cotas poco frecuentes en el circuito.
La edición de 2026 volvió a responder a esa filosofía. El nombre más destacado del ciclo fue el de Sánchez Vara, protagonista de las actuaciones más reconocidas del fin de semana. La corrida de José Escolar confirmó el intéres de uno de los hierros emblemáticos del circuito torista, mientras que la encerrona del novillero Mario Vilau, frente a cuatro novillos de Barcial y Partido de Resina, constituyó una de las apuestas más valientes y singulares de la feria. Más allá de los trofeos, el balance volvió a medirse por la seriedad del toro, la exigencia de la lidia y la autenticidad de cuanto ocurrió en el ruedo.
Esa propuesta despierta admiración en muchos aficionados y, al mismo tiempo, suscita reservas en otros, que encuentran la emoción del toreo en planteamientos diferentes, más próximos al temple, al dominio y a la creación artística. Ambas sensibilidades conviven desde hace décadas dentro de la tauromaquia y forman parte de su riqueza.
Sería un error enfrentar esas dos maneras de entender la Fiesta. La tauromaquia nunca ha sido una expresión única ni homogénea. Su historia se ha construido precisamente a partir de la convivencia entre plazas, públicos, ganaderías y conceptos muy distintos. Sevilla no se parece a Madrid; Pamplona ofrece una personalidad propia; Bilbao mantiene la suya; y Céret ocupa un espacio singular que ninguna otra feria representa con la misma intensidad.
En un momento en el que la uniformidad amenaza tantos ámbitos de la sociedad, la existencia de modelos diferentes constituye una fortaleza. La diversidad de encastes, de plazas y de sensibilidades no debilita la tauromaquia; la hace más completa y más viva. Cada aficionado encuentra su forma de emocionarse, y esa pluralidad forma parte del patrimonio cultural de la Fiesta.
Por eso Céret resulta imprescindible. No porque deba convertirse en un modelo para todas las plazas, ni porque su concepción del toro sea la única posible, sino porque preserva una forma de entender la tauromaquia que también merece un lugar dentro del conjunto. La verdadera riqueza de la Fiesta no consiste en que todos compartan una misma visión, sino en que sea capaz de acogerlas todas sin perder su esencia.
Quizá esa sea la principal lección que deja cada edición de la feria francesa. Más allá de los resultados, de las orejas o de las polémicas, Céret recuerda que la tauromaquia sigue siendo un universo plural. Y mientras esa pluralidad continúe encontrando espacios donde expresarse con libertad y respeto, la Fiesta conservará una de sus mayores fortalezas: su extraordinaria diversidad.