Alain y Christian Montcouquiol, Nimeño II
Hay personas que, sin proponérselo, terminan formando parte de la memoria colectiva. Alain fue una de ellas. Junto a Simon Casas, ocupa un lugar propio en la historia de la tauromaquia francesa.
Por Mauricio Berho / Fotos de B. Caritey
Nimeño II había toreado la víspera en la plaza de toros de Dax. Fue, por tanto, justo después de la feria, o quizá en septiembre, a comienzos de los años ochenta. A la salida de la plaza me había atrevido a acercarme a él. Con amabilidad, me remitió a su hermano Alain. Por aquel entonces, Alain ocupaba ese lugar esencial y muy particular de «hombre de confianza» del torero. Como diría un amigo: siempre tienen uno. Era, entre otras cosas, el nexo de unión entre Christian y la afición. Nimeño II estaba demostrando entonces que un torero francés podía encontrar su sitio en el escalafón taurino.
Le comenté, con mucha humildad, pero también con una buena dosis de inconsciencia, que tenía algunas fotografías de su tarde y que, si le apetecía verlas, podía hacérselas llegar. Me respondió con toda naturalidad: «Escucha, no hay ningún problema. Revela las fotos, mañana todavía estamos aquí. Si quieres, nos vemos». Le propuse entonces que viniera a mi casa a la mañana siguiente, para ver las fotografías tomando un café. Aceptó sin dudarlo. Con la perspectiva del tiempo, aquella sencillez sigue sorprendiéndome. Pertenece a esa clase de encuentros inesperados que, sin que uno alcance a medir en ese momento su verdadero alcance, terminarían marcando una vida de aficionado.
Por aquel entonces vivía en una vieja casa de campo landesa, en el pueblo de Yzosse, a las afueras de Dax. A la mañana siguiente, cuando el Mercedes de Alain y Christian se detuvo delante de la casa, junto a un campo de maíz que pronto sería cosechado, sentí aquella extraña emoción de ver bajar a dos toreros a los que hasta entonces solo había tratado desde la prudente distancia que imponía el respeto por su profesión. Nunca había estado tan cerca de un torero, de uno de verdad.
Habíamos preparado café y unas magdalenas que había hecho Céline. En un rincón, junto a la chimenea, había una guitarra. Christian la vio y, nada más entrar, preguntó si podía tocarla. La cogió y se acomodó cerca del fuego. Mientras tanto, Alain, que observaba algunas de las fotografías colgadas en las paredes, me hacía preguntas sobre mi interés por los toros, sobre aquella afición que empezaba a ocupar un lugar en mi vida. La situación tenía algo de bastante curioso: allí estaba yo, frente a dos toreros, con mil preguntas que me moría de ganas de hacerles, y era Alain quien parecía querer saber más cosas de mí.
La vida me dio más adelante la oportunidad de plantearle a mi vez aquellas preguntas, seguramente con más experiencia y algún argumento más. También me dio la oportunidad de descubrir sus libros. Y fue allí donde volví a encontrar, de otra manera, algo de aquel hombre al que había conocido aquella mañana y con quien volvería a encontrarme años después en París, en compañía de su editor y amigo, Jean-Michel Mariou.
En Recouvre-le de lumière, y después en Le Sens de la marche, Le Fumeur de souvenirs y La Bonne Distance, Alain no cuenta únicamente una historia de toros. Cuenta una vida, una fraternidad, una pasión compartida y, sobre todo, una ausencia que nunca ha dejado de acompañarlo.
Hay que entender lo que representa esa escritura. Alain había acompañado a Christian a lo largo de toda su trayectoria, desde los primeros sueños hasta el reconocimiento, desde las dificultades de los comienzos hasta las grandes plazas. Era su hermano, su consejero, su compañero de camino, el hombre que había dejado su propia carrera en un segundo plano para acompañar la de Christian. Después llegó Arles, el 10 de septiembre de 1989. Un toro de Miura provocó la terrible cogida de Christian y las lesiones irreversibles que acabarían con su vida como torero. Dos años más tarde, el 25 de noviembre de 1991, Christian puso fin a su vida. Alain se encontró entonces frente a un dolor que las palabras difícilmente podían aliviar, pero que, de alguna manera, necesitaba comprender y llevar consigo para siempre.
Sus libros nacieron de ese sufrimiento. No pretenden embellecer el drama ni encontrarle una explicación. Contienen la verdad de un hombre que escribe porque no puede permitir que desaparezca lo que ha vivido, porque necesita seguir hablando con su hermano, contar su historia, mantener vivo aquello que ya no está.
Hay en su escritura pudor, sencillez y una autenticidad que le pertenecen. Nada artificial, nada impostado. Una palabra profundamente humana, a veces atravesada por el dolor, pero siempre sostenida por una forma de dignidad. No son solamente libros sobre el mundo del toro. En realidad, ni siquiera son libros sobre tauromaquia. Son textos sobre el amor fraternal, la pérdida, la memoria y esa extraña manera que tienen algunos seres de seguir estando presentes a pesar de su ausencia.
Quizá por eso sus libros me han marcado tanto. Cuando me atrevo a juntar unas cuantas palabras, pienso a menudo en él. En esa manera de escribir sin artificios, sin forzar la emoción, dejando que la verdad de una experiencia encuentre por sí misma el camino hacia el lector. Me enseñó, sin saberlo, que escribir sobre toros no consiste únicamente en contar lo que sucede en el ruedo, sino también en intentar comprender lo que ocurre en la vida de los hombres que han comprometido su existencia en ese universo tan particular.
Nunca he olvidado aquel primer encuentro, aquella mañana en una casa de campo landesa, la guitarra, la chimenea, el café compartido y la naturalidad con la que Alain y Christian habían entrado en mi casa. Habían venido, sin saberlo, a dar mucho más de lo que iban a recibir.
Antes de marcharse, Alain, por cortesía, había escogido tres o cuatro fotografías de entre las treinta que me había atrevido a ofrecerle. Aquel pequeño detalle vuelve hoy a mi memoria con una ternura especial. Yo había pensado en enseñarle mis fotografías; él se había tomado el tiempo de mirarlas, escoger algunas y llevárselas. Aquel día estaba descubriendo a dos toreros y, sin saberlo, también una parte de lo que acabaría siendo mi vida. Todavía no podía imaginar que, muchos años después, los libros de Alain ocuparían un lugar tan importante en mi propia manera de mirar y de escribir sobre el mundo del toro.
La última vez que volví a encontrarme con Alain fue en la Feria de Istres. No podía imaginar entonces que aquel encuentro sería el último. Me cuesta todavía hacerme a la idea de no volver a verlo. Hay personas que, a lo largo de una vida, uno necesita cruzarse de vez en cuando. No hace falta que ocurra nada extraordinario. Basta con volver a encontrarlas, intercambiar unas palabras, saber que siguen ahí. Con Alain había algo de eso. Quizá por eso su partida me resulta tan difícil de aceptar.
Hay encuentros que no hacen ruido. Pero permanecen.