Plaza de toros de Logroño.
La familia Bailleres no renueva la alianza con la Casa Chopera.
El grupo mexicano se queda con Bilbao, Salamanca, Logroño y San Sebastián.
Los empresarios vascos pierden así las últimas plazas que heredaron de su padre.
Por Álvaro Acevedo / Fotos: BMF
Con el país en general y el mundo del toro en particular inmersos en el colapso emocional que supuso el accidente ferroviario de Urda, dos comunicados emitidos respectivamente por la Casa Chopera y el Grupo BAL oficializaban el fin de la relación que los unía desde hacía una década. Aparentemente venían a decir lo mismo, pero el primero por orden cronológico, el de los Chopera, no aclaraba lo fundamental: quién se quedaba con la gestión de las plazas.
Sólo 24 horas después y en el mismo tono de cordialidad y respeto que la anterior misiva, el comunicado del Grupo BAL no dejaba, sin embargo, lugar a dudas: todas las plazas —Bilbao, Logroño, Salamanca y San Sebastián— quedaban en sus manos. Este dato confirmaba, si es que hacía falta, la asimetría de poder dentro de la alianza entre ambas familias en favor del grupo mexicano, que en su día incluyó además la adquisición de posiciones de propiedad en los cosos de Logroño y Salamanca. La familia Bailleres no sólo era quien llevaba el mando de la gestión, sino que además estas dos plazas eran suyas, mientras que en las otras mantiene los acuerdos con el Ayuntamiento y la Real y Santa Casa de Misericordia (Bilbao); y con el Consistorio en el caso de Illumbe.
Vencido el periodo contractual que unía a las familias Bailleres y Chopera, se revela ante el mundo de los toros algo que en realidad ya había sucedido hace diez años, pero que ahora es indisimulable, pues los empresarios vascos no aparecen ni siquiera en calidad de empleados: los hermanos Martínez Labiano pierden cualquier tipo de influencia en las pocas plazas que conservaban de lo que fue en su día un verdadero imperio que se extendió de norte a sur de España, por toda la Francia taurina e incluso América.
La teoría que sostiene el carácter cíclico de cualquier empresa familiar se cumple en este caso con una precisión demoledora: don Pablo levantó el imperio; don Manuel lo expandió y mantuvo en la cumbre; y Óscar y Pablo lo han hecho desaparecer. Dicen en su comunicado que a partir de ahora recuperarán «su actividad empresarial independiente y su modelo histórico de gestión», pero lo que no sabemos es cuándo y sobre todo en qué plazas. Sean las que sean, crear un arraigo histórico y sentimental como el que se ha roto en sitios como Bilbao o Logroño necesitará otros cien años de trabajo. O sea, hay cosas que no tienen precio.
Por su parte, la familia Bailleres, con el matador de toros retirado Antonio Barrera al mando de las operaciones, mantiene su fuerza en España, si bien éste deberá ahora renovar su equipo de trabajo. No creo que sea una cuestión baladí y, de hecho, la operatividad diaria a pie de campo, escuchando las reivindicaciones de los aficionados y creando vínculos con ellos, quizá sea la principal asignatura pendiente de BMF en estos años. Dependiendo de quién esté al frente en cada sitio, quizá el ambiente mejore o permanezca frío e incluso hostil. A veces el éxito de los negocios radica en la elección de los encargados y no tanto en los jefes que los eligen. Esperaremos acontecimientos.