Sergio Rollón, un año después…

El madrileño gana la Liga Nacional de Novilleros a los doce meses de una cornada que pudo haber acabado con su carrera.

Muy buen nivel del resto de finalistas en una brillante final en Sanlúcar de Barrameda.

Excelente encierro de Fuente Ymbro, con varios novillos de gran nota.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Prensa FTL

Sanlúcar de Barrameda.  Domingo, 1 de noviembre. Buena entrada. Final de la Liga Nacional de Novilleros. 5 utreros de Fuente Ymbro, de excelente y a la vez variado juego, siendo el 4º el más dificultoso. Sergio Rollón, dos orejas; Marco Polope, oreja; Manuel Quintana, oreja tras aviso; Jorge Oliva, dos orejas tras aviso; y Pepe Martínez, dos orejas.

La final de la Liga Nacional de Novilleros la ganó Sergio Rollón, un joven al que hace un año casi le estaban dando los Santos Óleos tras una cornada de caballo cuando hacía la suerte de matar en Valdetorres del Jarama. Hoy, el volapié con el que rubricó su excelente faena a un no menos magnífico novillo de Fuente Ymbro vino a confirmar que no queda ni un fantasma de aquel tabacazo.

Rollón, además, ha evidenciado una evolución notable, practicando ahora un toreo fino, de gran trazo con la mano izquierda, y siempre mandón y asentado. También torea con soltura de capote. Lo mejor que le veo es que sigue teniendo margen de mejora y que, si se rehizo en su día de un terrible percance que suele suponer el fin de la carrera de un principiante, será capaz de lo que se proponga. Su faena al primer novillo de la tarde fue limpia, cabal, impecable. Cortó con justicia las dos orejas.

El festejo fue, en general, brillante, entre otras cosas porque los utreros de Fuente Ymbro dieron un soberbio juego: excelente ese primero, de gran clase; también el segundo, noble y fijo; bravo y repetidor el tercero; más complicado el cuarto, pero dejando colocarse al novillero; y buenísimo por los dos pitones el quinto y último, con el que Pepe Martínez derrochó voluntad en una actuación animosa, premiada generosamente con las dos orejas, que pudo truncarse en su inicio al ser arrollado peligrosamente en la larga a portagayola con la que arrancó su actuación.

Me llamó la atención, en segundo turno, la personalidad de Marco Polope, elegante, vertical, con cosas que decir. Hizo una faena en la que destacó por su toreo asentado y por unos naturales de mucho nivel. Pero uno de los atractivos de esta final fue la variedad de estilos. El cordobés Manuel Quintana, por ejemplo, tiene una conexión bárbara con la gente merced a un toreo vivaz, con improvisación, chispa y desparpajo. En el toreo fundamental, sus muletazos fueron muy mandones y, en cambio, los adornos tuvieron un aire más artístico, más pinturero. Por altura y complexión, creo que le encaja mejor esto último, pero necesitará tiempo para definir y decidir por dónde irá su tauromaquia. La faena de Quintana fue ligadísima, decidida, de mucha emoción frente a un animal con motor, sobrado de casta. Perdió la segunda oreja por pinchar varias veces.

El que sí las cortó, y con todas las de la ley, fue Jorge Oliva, un joven de rictus serio y toreo más serio todavía, que se impuso a base de quietud y serenidad, es decir, de valor, al animal más complejo del encierro. Primero por el lado derecho, el de más opciones de su oponente, y finalmente por el otro, de evidentes dificultades, fue capaz de desengañar al utrero antes de matarlo de una estocada fulminante y de una ejecución bellísima a la antigua usanza, sin sacar la mano del pecho al perfilarse. Porque matar, queridos amigos, tampoco se mata hoy mejor que nunca.

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