El otro monumento al arte de torear
Lección de tauromaquia de Morante de la Puebla con el peor lote de una gran corrida de Álvaro Núñez. Manzanares desperdicia un toro excepcional.
Por Álvaro Acevedo / Foto: Maurice Berho
Jerez de la Frontera. Sábado, 16 de mayo. “No hay billetes”. 6 toros de Álvaro Núñez, de excelentes hechuras y juego excepto 1º y 4º. El 2º fue excepcional y el 6º, bravísimo. Morante de la Puebla, ovación y dos orejas: Manzanares hijo, oreja y oreja; y Juan Ortega, ovación y oreja.
Morante y Manzanares salieron a hombros.
Llegado el momento exacto, es decir, el último toro de su feria, Morante de la Puebla acabó con todo lo habido y por haber. Había estremecido a la plaza en unos lances al primero de la tarde, unas verónicas agitanadas, con el pecho por delante del capote, que iba y venía con un compás de soleares, lento y mecido. El galleo con el capote a la espalda presagiaba faena grande, pero el toro no sirvió en la muleta: se puso incómodo y no tiró palante.
Muy suelto de salida el cuarto y corretón hasta el tercio de banderillas, José Antonio lo había querido recoger a una mano junto a tablas pero no hubo manera, y un cierto desencanto envolvió al público, temeroso de que al maestro se le fuera la feria en blanco. Pero Morante es mucho Morante. Frenó primero los arreones del toro en unas dobladas preciosas casi sin sacar la mano, llevando la embestida con un leve golpe de muñeca. Después, un molinete ligado a un pase de las flores antes de unos redondos de cintura cimbreante, pero como el toro seguía suelto, lo obligó en dos derechazos más de mano muy baja, y tras unos naturales dormidos, un circular lento que quebrantó a su enemigo, para quedarse definitivamente con él.
Con el toro fijado pero incierto, venciéndose mucho y acometiendo a regañadientes, unos naturales angustiosos firmaron la sentencia de la tarde y de la feria. La muleta y las femorales puestas por delante y el toro que parecía no llegar nunca hasta que entraba en jurisdicción y el maestro corría la mano con una lentitud dramática, enterrado en el albero, dispuesto a lo que fuese. Y además sin perder ni medio paso, para que cuando el manso volviera se encontrara la muleta puesta otra vez en su sitio y las femorales otra vez en el suyo. Dos series en ese plan, bellísimas y arrebatadoras, sustentadas en el valor sereno, que es el verdadero valor, y agotadoras para un público que al fin diferenciaba la pureza de la bisutería. Fue todo tan auténtico que no hubo lugar para el pellizco. Una tanda final ahora en redondo, con el animal ya imantado en la bamba de aquella muleta mágica y la cintura acompasando el toreo, terminó por desatar pasiones, y una estocada canónica al segundo intento puso rúbrica a esta nueva obra de arte. Su último arreón, en la agonía de la muerte, dejó la estampa de toro y torero solos en el ruedo de nuevo frente a frente, y cuando cayó el burel y se engalló el torero, la plaza de Jerez de la Frontera era ya un manicomio. Dos orejas y palmas por bulerías para el dios de los matadores, que cuando salió a hombros besó el bronce de Rafael, el otro monumento al arte de torear.
Así, con el peor lote de una gran corrida de Álvaro Núñez, todavía quedó más en evidencia la distancia entre Morante y cualquier cosa que suceda en torno a su grandiosa e irrepetible figura. Manzanares se llevó un toro de ensueño y lo desaprovechó lastimosamente sin oler el pitón izquierdo, que era de locura, y perpetrando un toreo pastoso, propio para guiris; y anduvo voluntarioso y despersonalizado, vulgarísimo a más no poder, con el quinto, un castaño que fue a más. Le dieron una oreja en cada toro y se atrevió a acompañar al maestro a hombros sin ningún tipo de reparo.
Y cerrando plaza, Juan Ortega nos regaló unos lances de capa de gran categoría y sendos comienzos de faena maravillosos, el de su primer toro por ayudados por alto cargando la suerte; y el del segundo, doblándose con poder y mando por abajo. Fue bueno su primer toro y aún mejor, bravísimo, el sexto de la tarde. Con ambos logró muletazos excelentes, especialmente unos naturales de gran trazo en su segunda faena, más acoplada y limpia que la anterior, pero le cuesta horrores que fluya su toreo de manera continua, sin unas intermitencias que nos dejan siempre con la miel en los labios.