El pueblo ideal para volver

Triunfal reaparición de Roca Rey, al que le concedieron cuatro orejas generosísimas. Otro trofeo de escaso fuste para Sebastián Castella. Morante, con el peor lote, se fue de vacío.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Maurice Berho

Jerez de la Frontera. Viernes, 15 de mayo. “No hay billetes”. 6 toros de Jandilla, muy justos de trapío siendo el sexto impresentable. Muy nobles 2º y 5º. Excelente el 3º. Morante de la Puebla, ovación y silencio: Sebastián Castella, ovación tras aviso y oreja tras aviso. Roca Rey, cuatro orejas. Salió a hombros.

Con una corrida terciada y un público muy generoso por no decir pueblerino reaparecieron Morante de la Puebla y Roca Rey en Jerez de la Frontera, una plaza que para no desviarse de la dinámica general va perdiendo su solera a pasos agigantados. De las cinco orejas que se concedieron, cuatro no hubo por dónde cogerlas.

El tercero fue el ideal para una reaparición. Precioso,  bajo,  abrochadito y de una clase colosal.  Roca Rey adivinó su excelente estilo en los lances de salida, y se apretó luego en un quite por saltilleras rematado con varias brionesas. Parsimonioso, se fue a brindar a los medios y se echó enseguida de rodillas para darle unos pases por alto hasta cambiarlo con mucho riesgo por la espalda. Andrés planteó su faena en los medios pese al viento, y así evitó que su oponente tuviera la tentación de irse a tablas, pues más de una vez marcó un poquito la querencia.

Su embestida fue excepcional, llegando a veces a descolocarse de largo que se iba. El peruano lo toreó limpio y con mando en redondo, sin forzarlo el principio y más obligado después. Creo que quizá demasiado en línea recta. La única serie de naturales tuvo más calado, un gran trazo, pero no insistió más por ese pitón. Los remates de las series, explotando el toreo en círculo, llegaron con fuerza a los tendidos, y también las bernadinas finales, cambiándole el pitón al delicioso toro de Jandilla. La estocada, defectuosa, convirtió el doble trofeo en un obsequio a modo de recibimiento.

Pero las dos orejas que le volvieron a dar del sexto fueron sencillamente de traca. Se fue a recibirlo de rodillas frente a toriles, libró el peligro con una ajustada larga cambiada y lanceó vibrante y decidido. Pero el toro, entre que era de una presencia ridícula y que se pegó una costalada tremenda en el inicio de faena, se quedó el animalito que daba pena verlo, así que el conato de faena de Roca Rey, sin un solo pase digno de mención, fue seguido en paciente silencio por toda la plaza, hasta que una estocada fulminante tiró patas arriba al torillo y el presidente, sin ningún tipo de pudor, le regaló otras dos orejas ya de tintes surrealistas.

Sebastián Castella

Entre los dos reaparecidos, Sebastián Castella se enfrentó a un burraquito bravo y noble, pero venido abajo en mitad de faena tras una buena pelea en varas. Le hizo Sebastián un valiente quite en el que engarzó chicuelinas y tafalleras, rematando con lenta revolera. También tuvieron fuerza sus estatuarios iniciales, a los que siguió un airoso toreo ayudado hasta los medios. Una serie con la derecha, obligada, apretándose con el toro, me gustó mucho, dentro de un conjunto en general de más a bastante menos, en el aire de su oponente. Con la espada se atascó.

Para seguir la dinámica de regalos absurdos, le dieron la oreja con cuatro pañuelos tras pinchazo hondo y siete horas esperando a que el toro doblara, cosa que por supuesto no hizo y obligó a Castella, ya por fin, a descabellar azuzado por las protestas del parte del público. Fue un buen toro este quinto de Jandilla, pero Sebastián nos obsequió con una de sus clásicas faenas tan valientes como toscas, tan voluntariosas como mecánicas, tan extensas como irrelevantes.

No hace falta ni decir que aunque sin cortar orejas, la diferencia entre Morante y sus dos rivales fue abismal. La fortuna quiso que se llevara el lote malo, y eso está bien para no destrozar la feria a las primeras de cambio. Por ejemplo, el que abrió plaza se movió con cierto brío, poca humillación y soltando a veces la cara. Lo toreó fácil, acompañándolo bien en redondo en un par de series, muy natural, sin forzar la figura. Con la izquierda fluyó menos la cosa, con el toro empezando a tardear. Lo mató con limpieza a la segunda y esperó a ver si con el otro podía ser.

Morante de la Puebla

Pero tampoco. Manseó de salida y el maestro lo recogió con unas chicuelinas sin sacar apenas el capote, casi convertidas en recorte. Galleó después por el mismo palo, la lidia en banderillas fue trabajosa y al último tercio llegó el jandilla bronco y reservón.  Morante planteó una faena sobria, más valiente que vistosa, arrancando muletazos a base de aguante, de tragar mucho. Lo más puro de la tarde salió de sus avíos. Mañana será otro día, Dios quiera que mejor.

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