El triunfo de Adrián entre la pureza de Fortes y la torería de Urdiales
El madrileño abre la puerta grande con los dos mejores toros de una corrida muy seria y de variado juego de El Torero. Oreja de mucho peso para Fortes y torería a raudales de Diego Urdiales.
Por Alfonso Santiago / Foto: Plaza 1
Madrid. 15 de mayo. 7ª de la Feria de San Isidro. “No hay billetes”. 6 toros de El Torero, serios, con leña por delante y muy astifinos. De variado e interesante juego, destacó el 6º, un gran toro; con movilidad, raza y emoción el 3º; noble, pero sin final el 4º; con buen fondo el 5º; deslucido el 1º; muy difícil y con genio el 2º. Diego Urdiales, silencio y ovación tras leve petición; Fortes, ovación y oreja; Fernando Adrián, oreja con protestas tras aviso y oreja. Salió por la Puerta Grande.
Fortes fue intervenido bajo anestesia local de una cornada en cara anterior tercio superior pierna derecha, de 5 cms que contusiona tibia. Presenta también herida infraciliar derecha con hematoma. Pronóstico leve. Salió para matar al 5º. El banderillero Curro Javier fue atendido de varios puntazos en la región lumbar. Pronóstico leve.
La corrida terminó en triunfo, pero pudo acabar en tragedia. La terrible cogida del banderillero Curro Javier, que expuso con mucha verdad en el último par de banderillas, conmovió los cimientos de una plaza que, a esas alturas, ya había vivido un puñado de fuertes emociones. Afortunadamente, la saña con la que el toro desmadejó el cuerpo de tan gran torero de plata quedó en varios puntazos sin mayores consecuencias. San Isidro, en su día grande, echó su capote.
Ya se lo había echado antes a Fortes, cogido de manera tremenda hasta en dos ocasiones por el avieso segundo. Dos volteretas de escalofrío. La primera cuando le pegó un fortísimo arreón hacia adentro al intentar echarle el capote para llevarlo al caballo, y luego, comenzada la faena, cuando lo pasaba por el pitón derecho. Herido en la cara, y con una pequeña cornada en el mulo derecho, el malagueño fue capaz de robarle algún muletazo a un toro muy difícil y agresivo. La forma de asentarse con el animal después de haber cobrado de esa manera fue para descubrirse ante el malagueño.
Esos momentos dramáticos vinieron a darle aún más valor a una tarde intensa y de contrastes, los mismos que tuvieron los seis toros de El Torero, un conjunto que guardaba en el lote de Fernando Adrián el premio gordo. El tercero, por la movilidad y la mucha raza que mostró; y el sexto, por entregarse con bravura e importancia. Dos toros diferentes, pero de lío gordo. Mucho más cuando el ansia de triunfo de Adrián casó a la perfección con la mayoría de un público que, en ocasiones, demostró con sus reacciones más calor ante la electricidad que ante la serenidad, más conexión con lo explosivo que con lo templado. Pero como la mayoría manda, a Fernando Adrián se le abrió la Puerta Grande de Las Ventas por cuarta vez. Y eso, señores, no se lo quita nadie.
Como nadie le puede negar lo requetebién que toreó a la verónica al muy serio berrendo que hizo tercero. Primero, rodilla en tierra, luego encajándose en cada lance, ganando terreno y rematando con una soberana media. Para mí, junto al manejo de la mano izquierda con el gran sexto, lo mejor de su actuación. Otra cosa fue que ante ese tercero la faena tuviera más peso por su actitud, que por el remate de la obra. O, mejor dicho, por el calado de su toreo, siempre ligado, pero no siempre templado. Planteado el envite en distintos terrenos de la plaza, con una gran parte del público rendido, y otra casi siempre a la contra, el trasteo tuvo un tono de toma y daca en el que se vio mucho al toro y mucho las ganas del torero, pero ese son, esa templanza, ese buen aire del manejo del capote, no se vio con la muleta. Los bernadinas finales fueron de escalofrío, y como además se tiró tras la espada, cayó una primera oreja paseada entre una fuerte división de opiniones.
Antes de hacerse presente el sexto, con el que Fernando Adrián terminó de rematar la tarde, ya habíamos vivido gracias a Fortes una faena sencillamente soberbia al quinto. Igual, hace años, esa manera de torear al natural del malagueño hubiese tenido incluso mayor reconocimiento. Los tiempos han cambiado, pero hay formas de interpretar el toreo que siempre marcarán la diferencia. Fortes lo hizo con no muchos muletazos. Desde la apertura por alto, con un cambio de mano portentoso, pasando luego por su manera de hundirse para conducir la embestida al natural. La largura, el compás y el ritmo profundo de esos muletazos por el pitón izquierdo fueron un regalo para los aficionados, un remanso de paz, de pureza y de verdad. Oreja de ley que vino a premiar una faena de gran categoría.
Para quien quiso verlo, lo de Diego Urdiales en el cuarto también fue un punto y aparte. El mirón y desclasado primero no le puso las cosas fáciles al riojano, pero la nobleza del cuarto, aunque al animal le costó rebosarse por más tiempo y hasta el final, sirvió para que Urdiales se explayara en el toreo a la verónica en un quite -ya había apuntado varios lances de categoría en el anterior toro de Adrián- y para que muleta en mano, con pulso, paciencia y asiento fuera dibujando algunos naturales a compás, muy sentidos. El aderezo de alguna trinchera y algún ayudado por bajo tuvieron alta torería. Para el final se reservó un ramillete de redondos cimbreándose y un cambio de mano torerísimo, preámbulo de una soberana estocada. Al primero ya lo había matado con igual majeza. Sonaron fuertes las palmas en el saludo para Urdiales. Quienes se las guardaron imaginamos que fue porque no se enteraron.
Con la tarde por rematarse por parte de Fernando Adrián, la suerte le reservó primero, no ser herido al venírsele directo al pecho ese sexto cuando intentaba pararlo con el capote; y luego, al transformarse ese susto en una entrega progresiva y a más por parte del toro. Antes de ponerse Adrián con la muleta, y como broche, Diego Urdiales nos regaló otro muy buen quite por verónicas, una de ellas lentísima.
Ni un paso atrás dio Adrián en la última faena de la tarde, planteada en terrenos de sol, cuyos tendidos la vivieron con fervor. La ligazón, como principal arma, especialmente con la mano izquierda, y esa ansia por amarrar un nuevo triunfo, le sirvieron en todo momento a Fernando para creer que una nueva Puerta Grande podía ser posible. Y lo fue después de la estocada con la que mató al muy buen toro de El Torero para poner broche a un día de San Isidro bueno e intenso. Y ya que cada cual disfrute con el toreo que más le guste. Aunque hay unas formas que, ya pasen los tiempos, serán eternas.