Herodes
Morante, en otra dimensión, marca la diferencia de principio a fin de la tarde. Derroche de entrega de Ismael Martín y Julio Norte, que, al igual que el maestro, corta una oreja. Discretísima corrida de Matilla.
Por Álvaro Acevedo / Foto: BMF Toros
Salamanca. Domingo, 20 de septiembre. Última de feria. «No hay billetes». Seis toros de García Jiménez, discretos de presencia y pobre juego, excepto el sexto, un buen toro. Morante de la Puebla, ovación y oreja; Ismael Martín, ovación tras petición insuficiente y ovación; y Julio Norte, silencio y oreja.
Dos generaciones distintas, con varias camadas de por medio entre la una y la otra, se daban cita en el cierre de la Feria de Salamanca. La actual estaba representada por dos cachorros con hambre de gloria que parecían dispuestos a todo con tal de cortar las orejas. La de mi quinta llevaba el nombre de Morante de la Puebla, que no torea para cortar orejas y, sin embargo, las corta. ¿No es quizá una buena lección para el alumnado?
No es que los chicos no lo intentaran, sino que Morante es mucho Morante y, con dos birrias de toros, marcó unas diferencias considerables. Los chavales, mientras tanto, fueron a lo suyo y, por ejemplo, Ismael bulle una barbaridad desde que sale el toro. Recibió a los dos a portagayola, galleó hiperactivo y banderilleó fácil, ligero de pies.
Tras juguetear a cuerpo limpio con su primero, un inválido no apto para la lidia, sus paisanos se pusieron en pie para ovacionarle como si hubiese resucitado Miguelín, y luego le pidieron la oreja después de no pegar cuatro pases seguidos. No es que no quisiera, sino que el de Matilla rodaba por los suelos cada dos por tres, con menos fuerza que una cabra recién parida. El metisaca en las costillas no fue óbice para la pañolada, mas el presidente decidió no convertir la Glorieta en la portátil de Cantalpino. Algo más de opciones tuvo el quinto y, con él, Martín muleteó dispuesto, a veces amontonado y, sin embargo, con buenas maneritas. La faena no cuajó del todo, pero tiene cosas, incluso pinturería, aunque no sabe matar.
Julio Norte es como Roca Rey, pero más simpático. Torea más por la espalda que por delante y más de rodillas que de pie; le encantan las saltilleras; se queda muy quieto para torear largo y en línea recta, y se descara con el toro y los tendidos echando su flequillo al viento. Pero no pone cara de querer asesinar a nadie. Frente a un toro manejable, elaboró una faena valentísima y a trompicones, sobrada de entrega y garra, y carente de todo lo demás. La espada cayó más cerca de la zona lumbar que del hoyo de las agujas.
Al sexto fue a recibirlo a chiqueros y, solventado con serenidad el trance, brindó su faena al maestro de La Puebla. La arrancó con un toreo de rodillas en los medios de mucho mando, para explayarse después en una pugna plena de quietud y ataque, con algunos muletazos larguísimos y poderosos, también lentos, interesantes aunque escasos de expresión estética, cosa que se puede corregir. Se atracó de toro al matar y arrancó la segunda oreja de la tarde.
Antes le habían dado otra a Morante de la Puebla, un ser superior. Con él en la arena percibíamos la diferencia entre torear y cambiar al toro de sitio. Plasmó dos faenas medidas: la primera, ante un toro sin arrancada, de medios pases, pero qué medios pases y qué molinete invertido ligado a un afarolado para arrancar una serie de naturales...
Se superó frente al cuarto, otro tullido animal del matillazo que trajo para sus paisanos la familia García Jiménez. Abrió su deliciosa obra con unos sabrosos pases de la firma; dibujó luego un puñado de portentosos naturales poniendo las femorales por delante; toreó acompasado en redondo; y desgranó más naturales sin alharacas, todo pureza y verdad torera. A los alumnos también les enseñó cómo se matan los toros, porque la estocada fue magistral.
La verdad, si le llega a embestir un toro esto acaba como lo de Herodes en Belén.