Ay, Macarena
Natural de Sebastián Castella
Castella defiende su trono en Nîmes en una tarde marcada por la música que no sonó y por una presidencia sevillana que no terminó de entender al público francés.
Texto y Fotos de Mauricio Berho
Plaza de toros de Nîmes, Francia. Tercer festejo de la Feria de la Vendimia 2026. Casi lleno. Toros de Hnos. García Jiménez y Olga Jiménez (3º), bien presentados y de buen juego en general. El tercero fue un gran toro. SEBASTIÁN CASTELLA, oreja tras aviso y oreja tras aviso. MANZANARES, silencio y dos orejas. TOMÁS RUFO, ovación tras aviso y silencio.
Hay tardes en las que una canción termina explicándolo casi todo. En Nîmes, este sábado, cuando la presidencia no quiso conceder la música que reclamaban los tendidos durante la faena de Sebastián Castella, el público encontró la respuesta cantando, con bastante gracia, aquello de «Ay, Macarena», el popular estribillo de Los del Río. Era la presentación de Macarena de Pablo Romero, presidenta de la plaza de toros de Sevilla, en el palco del Coliseo romano. No encontró mejor manera el público de hacerle saber que Nîmes tiene también sus códigos, sus tiempos y una sensibilidad propia que conviene saber escuchar.
Macarena llegaba a una plaza desconocida para ella y, en una tarde de toros importante, no terminó de captar esa sensibilidad. Primero faltó la música en una faena de Castella que el público había hecho suya mucho antes de que llegara la petición. Después quedó en el aire la vuelta al ruedo que parecía merecer el extraordinario tercer toro, al que Tomás Rufo toreó con ambición y gusto. No fue una presidencia especialmente afortunada para quienes pagan y ocupan los tendidos, que tuvieron que armarse de paciencia. Una paciencia que, sin embargo, acabó teniendo recompensa cuando el público pidió con insistencia la oreja para Castella y la presidenta terminó concediéndola.
Porque por encima del episodio del palco estuvo una tarde de toros de verdadero interés, con una corrida de Hnos. García Jiménez y un ejemplar de Olga Jiménez que ofrecieron posibilidades. El tercero fue especialmente notable y el quinto, lidiado por José María Manzanares, otro de los grandes toros de la tarde. No fue una corrida uniforme, pero sí una corrida con interés, en la que cada torero pudo dejar, en mayor o menor medida, la huella de su tauromaquia.
Sebastián Castella volvió a sentirse en Nîmes. Y eso, en esta plaza, no es un asunto menor. El francés conoce el Coliseo, conoce a su público y sabe que aquí se le exige algo más que cumplir. En su primero estuvo cerca de llevarse un susto serio cuando el toro se vino recto en el capote, pero después construyó una faena a más, especialmente al natural, ante un animal noble y con clase. Hubo emoción, hubo verdad y hubo un torero cada vez más metido en la embestida, llenando cada muletazo con el cuerpo y el alma, dejando que su tauromaquia adquiriese una dimensión más profunda. Una estocada al segundo intento y una oreja después de un aviso.
Pero fue en el cuarto cuando apareció el Castella que Nîmes esperaba. El toro, medido de fuerzas, no parecía inicialmente destinado a grandes empresas, y el francés tuvo que inventarse la faena a base de temple, mucha paciencia y oficio. Fue creciendo hasta alcanzar los tendidos, mientras el público, ya entregado, reclamaba la música. La presidenta dijo que no y que no. Entonces llegó el «Ay, Macarena», cantado desde las gradas. La música no sonó, pero sí subió el cabreo de la plaza. Castella, ajeno al desencuentro del palco, le dio intensidad a su labor. Una buena estocada y otra oreja. Dos y puerta de cuadrillas.
Manzanares encontró en el quinto otro gran toro. El de García Jiménez tuvo clase, nobleza y recorrido, y el alicantino lo toreó con suavidad y hondura, especialmente por el pitón izquierdo. Hubo naturales de gran calidad, aprovechando la inercia y la clase de su oponente. Una estocada marca de la casa puso el punto final a una buena faena. En su primero, en cambio, apenas encontró materia para construir una faena con continuidad. Estuvo mucho tiempo, más de la cuenta, entrando y saliendo de la cara del toro, sin terminar de encontrar el camino del éxito.
Y Tomás Rufo ejecutó quizá la faena que se quedó más cerca de convertirse en algo más importante. El tercero, de Olga Jiménez, fue un toro extraordinario, de los que piden la muleta experta y ofrecen posibilidades desde el primer muletazo. Rufo lo vio pronto. Comenzó de rodillas y después, ya de pie, fue ligando con la mano baja, encontrando eco en las condiciones del animal. Hubo momentos de toreo con gusto y unas luquecinas finales que levantaron al Coliseo. Faltó quizá un puntito de ambición. Fue la espada la que lo dejó sin las orejas y, probablemente, con la miel en los labios de la buena afición nimense. Hubo ovación tras aviso. Y quedó además la sensación de que se había quedado algo en el tintero, incluso el reconocimiento de una vuelta al ruedo que finalmente no llegó. Ay, Macarena...
Con el sexto, Rufo tuvo que apostar mucho más. El toro salió arrollando en el capote y después mostró una condición deslucida, con falta de transmisión y menos entrega. El de Pepino puso la carne en el asador, consiguió corregir buena parte de esas dificultades y dejó pasajes de interés, especialmente por la derecha, antes de rematar por manoletinas. Fue una faena de esfuerzo, de esas que se pueden calificar de sordas, en las que el torero expone mucho más de lo que cosecha.
La tarde en el Coliseo tuvo a un Castella que defendió su territorio con la autoridad de quien conoce perfectamente dónde está y lo que significa esta plaza para su trayectoria. Tuvo a un Manzanares cumplidor con un toro que le permitió dejar solo entrever su concepto. Y tuvo a un Rufo que vio muy pronto al gran toro de la tarde, pero que se quedó a medio camino de convertir aquella intuición en una obra completa.
Y tuvo, sobre todo, a un público que supo esperar, protestar y hasta cantar cuando entendió que algo no estaba funcionando. Quizá por eso, al final, «Ay, Macarena» terminó siendo mucho más que una canción improvisada desde los tendidos. La buena de la presidenta de la Maestranza se hizo, a pesar de ella misma, protagonista de la tarde. Tanta cicatería, pa' qué, como dicen en su tierra...
Y por si faltaba algún culpable de que hubiera menos gente en los tendidos, alguien sugirió que la culpa era de Trump: con el litro de gasoil a 2,40 euros, hay quien se lo piensa dos veces antes de coger el coche para ir a los toros. Quizá, pero por ese camino casi acaba uno haciendo bueno a Sánchez. Y eso sí que no puede ser...