Roca Rey vuelve a ser un huracán

El peruano puede con el viento y el escaso juego de los toros, respondiendo con responsabilidad de primera figura en una tarde de “no hay billetes”. Exquisito toreo de Diego Urdiales. Decepcionante corrida de Victoriano del Río.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Aritz Arambarri

Bilbao. Jueves, 27 de agosto.  4ª de las Corridas Generales. “No hay billetes”. 6 toros de Victoriano del Río, correctos de presencia, nobles y muy flojos. Alguno debió ser devuelto. Diego Urdiales, ovación tras leve petición y ovación tras aviso; Alejandro Talavante, ovación y silencio; y Roca Rey, oreja con petición de la segunda y oreja tras aviso.

Saludó en banderillas Agustín de Espartinas.

Hay faenas, muy pocas, que quedan para el recuerdo, y entre ellas está la de Diego Urdiales del año pasado a un toro de Garcigrande en esta plaza de Bilbao. Con una ovación de reconocimiento recibió el público al torero riojano, que tras compartir con sus compañeros dejó en el primer toro de la tarde algunas pinceladas de su toreo caro, asolerado.

Más dormido que noble por el derecho, valió más el toro por el otro pitón y afloraron unos naturales dibujados en un par de series que no acabaron de engarzarse, con un viento racheado que hizo de las suyas desde el primer toro hasta el último. Paladeado siempre el toreo del riojano, también dejó su aroma en un par de redondos finales, y como la estocada fue de libro hubo incluso una petición insuficiente de oreja. Salió más allá del tercio a saludar una fuerte ovación.

Matías el presidente se pone estricto según para qué cosas. Ello, al hilo del tullido animal que decidió mantener en el ruedo para que Talavante lo lidiara sin el menor sobresalto. Era tan noble y flojito que la faena del extremeño se contempló con el agrado del que ve a un gran torero como es Talavante delante de una erala. Pero no era una becerra sino un toro, no digo yo que de Bilbao, pero por lo menos de los alrededores. Ejecutó Alejandro unos naturales excelentes, de muchísima clase, pero sin emoción nada relevante podía terminar pasando.

La tarde cambió de registro con la aparición de Roca Rey, empezando por las reacciones de la gente. Primero le aplaudieron muchísimo un horrible quite que se repite más este año que un pintxo de chistorra, el quite por saltilleras; luego parte del tendido se puso en pie a ovacionarle cuando brindó su faena; y finalmente, tras unos estatuarios ya sonaban palmas de tango pidiendo música. Era hasta lógico: en todas las ciudades hay gente que va a los toros una vez al año, y elige el día de Roca Rey.

El peruano no les defraudó. Muy firme en los medios de la plaza y sin importarle el viento que amenazaba con frustrar la faena, muleteó por ambos pitones con mando y largura, más ligado cuando el noble toro de Victoriano del Río mantuvo la movilidad, y más templado cuando perdió fuelle. Algunos enganchones, lógicos ante semejante ventolera, no desmerecieron su trabajo, concluido con un arrimón de los suyos a toro ya muy afligido y desplante final tirando la muleta con la muchedumbre enloquecida. Buena estocada, oreja y fuerte petición de otra. Yo creo que con una iba ya bien despachado.

De todos modos a Matías le cuesta más sacar el pañuelo verde que el blanco, tanto, que rozó la prevaricación no enviando a los corrales al cuarto toro, precioso de estampa, de gran clase pero inválido. Rodó varias veces por el suelo en la faena de Urdiales, sencillamente exquisita y en la que brotaron los mejores naturales de la tarde, jugando la muñeca y la cintura en vez de estirando el brazo y doblando la cadera. La diferencia, o sea, entre torear y pegar pases. Otra estocada modélica rubricó ahora esta labor, siendo de nuevo ovacionado.

Imposibilitado Talavante con el quinto, también sin fuerza pero además sin estilo para terminar de confirmar la decepción ganadera de los toros de Victoriano del Río, la gente se agarró como un clavó ardiendo al último acto esperando que Roca Rey enderezara de nuevo la tarde, y a fe que lo hizo. Castaño albardao, bien armado y mansurrón en el caballo, éste sexto llegó con más alegría a la muleta y Roca Rey, pasados los primeros tercios de trámite, perpetró una faena explosiva en su arranque, con pases cambiados de rodillas que pusieron la plaza en pie.

Sucede que a la nobleza del toro no le acompañaba la bravura, así que se puso a buscar las tablas con descaro aunque Andrés lo sujetaba en su muleta todo lo posible, para terminar aprovechando las querencias mientras la gente le agradecía con cariño su tremenda entrega. No conforme con eso, el bicharraco tiró la muleta a la hora de entrar a matar, buscando las dos orejas que le hubiesen abierto la Puerta Grande. Con la habilidad de dejar la espada arriba sin ser volteado, ejecutó el volapié entre el asombro del público, y aunque luego tuviese que descabellar esfumándose por tanto la opción de salir a hombros, el peruano dejó muy claro que vuelve a andar como un tiro. El mes de septiembre se presenta apasionante…

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