Borja Jiménez, y el sello de buen torero

Por Álvaro Acevedo / Fotos: Javier Fernández y Javier Guijarro

En torno a Borja Jiménez, aquella causa perdida que hoy se instala por derecho propio en la primera fila del toreo, se establecen todo tipo de conclusiones, incluida la muy surrealista de que la espada ha tirado su temporada al garete. Bien es cierto que de matar los toros que pinchó en Sevilla, o en Madrid, o en Azpeitia, o en El Puerto de Santa María, o en San Sebastián, o en Málaga, o ayer por ejemplo en Cuenca, estaríamos hablando del máximo triunfador de 2026 (de estas clasificaciones siempre excluyo a Morante), pero ni siquiera sus reiterados y en ocasiones desesperantes yerros en la suerte suprema son suficientes para ocultar su espectacular campaña, la rotundidad de sus faenas.

Las enormes de Sevilla a un toro de Victorino y a otro de Matilla; la ralentizada de Madrid al remiendo de El Torero; las dos colosales que ejecutó en Málaga; la templadísima de El Puerto de Santa María tras poner patas arriba la plaza con el capote; las soberbias que consumó en Cuenca hace unas horas…

Sólo he observado, aparte de una mala tarde en Las Fallas, un bache en su sensacional temporada justo después de la fallida encerrona con los seis toros en Las Ventas, con varias jornadas de notoria ofuscación. Daba igual que cortara o no cortara orejas, el caso es que toreaba peor que cuando estaba sin tabaco posiblemente porque tenía sobre su cabeza una imaginaria espada de Damocles. Pasado el síndrome post San Isidro, Borja Jiménez ha vuelto a ser el mismo torero fresco pero a la vez intenso que tantos toros cuaja, que tan bien cae a los públicos y que tanto molesta a algún que otro compañero.

Sus dos últimas actuaciones en plazas de relevancia (las ferias de Málaga y Cuenca) han sido memorables, ejecutando una tauromaquia de altísimos vuelos. La delicadeza de sus verónicas; el virtuosismo de sus chicuelinas; el relajo de sus muletazos de rodillas; la profundidad de su toreo fundamental, con un trazo curvo que no encuentra parangón en todo el escalafón; y el gusto y gracia de su toreo de adorno, especialmente el toreo ayudado. Toreando así casi da igual que mate o no mate, y la prueba es que ya incluso pinchando lo sacan a hombros.

Borja Jiménez es un torero completísimo, dominador de todas las suertes y de muchos registros, todavía con la ventaja de la novedad, que encaja en cualquier tipo de cartel y que ha demostrado en situaciones muy delicadas tener una fortaleza mental que lo convierte en un hombre muy difícil de derribar.

Pero además ahora da la sensación de haber asumido definitivamente que el crecimiento artístico es el camino más corto para alcanzar los objetivos más altos. Que se puede triunfar sin perder el estilo. Que es más fácil pegar pocos pases y buenos, que muchos pero regulares. Que ya se ha ganado el sello de buen torero. Que empieza a tener vitola.

Lo de Cuenca ha sido apoteósico.



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