El maestro y los cachorros, el presente y el futuro
Marco Pérez, en el momento de ser corneado por su primer toro.
Gran tarde de toros de Morante de la Puebla, Aarón Palacio y Marco Pérez, que resultó herido.
Por Álvaro Acevedo / Foto: Lances de Futuro
Santander. Sábado, 25 de julio. Última de feria. “No hay billetes”. 6 toros de Juan Pedro Domecq, bien presentados y difíciles excepto 5º y 6º, nobles y el último con calidad. Morante de la Puebla, ovación, silencio y ovación tras aviso en el que mató por Marco Pérez; Marco Pérez, oreja con petición de la segunda en el único que mató; y Aarón Palacio, silencio tras aviso y oreja con petición de la segunda.
Parte facultativo de Marco Pérez: “Cornada de dos trayectorias, una hacia la cadera y otra hasta el tercio medio del muslo, afectando al músculo aductor y llegando hasta la zona del recto anterior del cuádriceps. Pronóstico reservado”.
Hasta la salida del quinto toro nada había sido fácil en el coso de Cuatro Caminos, y la única oreja sumada, en este caso por Marco Pérez, había costado sangre. No es una frase hecha. Corto de cuello y de mal estilo, el primer toro del joven salmantino le obligó a desplegar todos sus recursos en una faena meritoria a la vez que emocionante que inició de rodillas en la puerta de toriles. Muy dispuesto y con cabeza, le sacó todo lo que tenía y algo más a su enemigo con el reconocimiento del público, consciente de cómo el de Juan Pedro Domecq se le metía por dentro y lo buscaba con la cara alta. Perfilado en la suerte contraria entró a matar con rectitud dejando una estocada arriba de la que salió prendido por el muslo. Cambió la cornada por una oreja con petición de otra que mereció sobradamente, aunque desde el palco se la negaran.
El cartel tenía un atractivo especial, con Morante amparando a dos promesas que pueden ser toreros importantes. Así, debutaba en Santander Aarón Palacio, y lo hizo con un toro reservón y a la defensiva al que desengañó por el lado izquierdo gracias a un toreo de mucha verdad, con las plantas asentadas y la muleta muy buen puesta. Emborronó su cabal actuación al temblarle la mano de matar.
Al quinto en cambio lo fulminó de estocada caída pero hasta la mano y haciendo la suerte suprema con lentitud. Rubricaba así una obra notable al único toro con nobleza de los cinco que hasta ese momento habían saltado al ruedo. Aarón sorprendió con unas verónicas soberbias, lentas, de gran calidad, y luego quitó por gaoneras cargando la suerte y pasándose al toro muy cerca. Tras brindar al público completó una faena impecable, derrochando no sólo ilusión y valor, sino también finura y estilo. Con el toro apagadito antes de tiempo, fue capaz de armar series estupendas, dibujando un toreo de gusto y armonía, pero además de bonito, con pureza. Este torero, además de buenas maneras, tiene mucha verdad. Debió salir a hombros, pero el presidente estaba hoy con ganas de dar la nota.
Como cierre de feria, al fin llegó la gran faena de Morante de la Puebla en el toro que mató en lugar de Marco Pérez. Mucho antes, en los albores de la tarde, aprovechó la brutísima embestida de su primero, que arrollaba con la cara alta, para idear una faena magistral, abierta con un toreo de dominio por bajo en el que una trincherilla fue tremenda; y posible porque José Antonio recogió la movilidad sin clase de su oponente con un toreo a media altura que no molestó al toro, que era un toro sin casta. La última serie al mostrenco junto a chiqueros fue más que inesperada, inaudita, y tras media agarrada y tendida, saludó una ovación porque sin bernadinas es más difícil que se pidan las orejas.
Imposibilitado con el castaño albardao que salió en cuarto turno y como lo bueno se hace esperar, llegó la faena de la feria frente al sexto, un toro al fin bien hecho y con clase. Lo recibió Morante con tres faroles ligados y unos delantales arrebujándose con el toro. Luego de un galleo sin casi sacar el capote del cuerpo, su faena fue una delicia. La arrancó con cuatro pases por alto sentado en el estribo, un paso para delante, uno del desdén enorme, el molinete invertido y uno de pecho a ralentí. Cimbreó la cintura en redondos de enjundia, acariciando Morante la embestida y paladeando la afición su toreo, que era más lento, más profundo y más bello que el de otros días.
Dos tandas con momentos sublimes, yéndose con la embestida pero sin doblarse, natural y a la vez hondo, con un arte que no se puede aprender. Un molinete ayudado abrió su única tanda al natural, de menos a más, embebiendo finalmente al toro en la bamba de la franela con un toreo clásico y sin tranfulla. De nuevo con la derecha embaucó al de Juan Pedro y también a la plaza, entregada ya al genio de los genios, lo alivió después por manoletinas y pinchó hasta tres veces su nueva obra de arte. Se marchó entre ovaciones con Aarón Palacio mientras Marco Pérez salía sedado del quirófano camino de un hospital. Las palmas y las cornadas. El maestro y los cachorros. El presente y el futuro.