Victorino acaba con los cuentos del alfajor

Manuel Escribano, al natural.

Gran corrida de Victorino Martín, con hasta cinco toros de triunfo. Sendas orejas para El Cid y Manuel Escribano, que se impone al toro más complejo de la tarde. Tomás Rufo no aprovecha un gran lote de toros.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Lances de Futuro

Santander. Jueves, 23 de julio. 6ª de abono. Casi lleno. 6 toros de Victorino Martín, bien presentados y de excelente y variado juego excepto el 1°. El Cid, silencio tras aviso y oreja; Manuel Escribano, ovación y oreja; y Tomás Rufo, ovación y ovación.

Elucubrábamos con la posibilidad de que el bajo nivel ganadero estos días atrás se debiera al mal estado del ruedo, hasta que llegó la corrida de Victorino Martín y acabó con la teoría de los baches, los hoyos y los cuentos del alfajor. Porque Victorino echó una corrida excelente y además variada, con el único punto en común de que todos eran cárdenos. En cuanto a calidad destacó el sexto y antes el segundo, que fue de seda, y lo anunciaba la bondad de su mirada. Manuel Escribano lo disfrutó en una faena técnicamente irreprochable, acoplado a la suavidad y nobleza del animal, toreándolo por tanto sin tirones, a veces a ralentí. Un escandaloso bajonazo emborronó su pulcra y medida obra.

Pero para las características del torero de Gerena, más poderoso que estético, le vino mejor el temperamento del quinto, el toro más difícil del sexteto, el de más carácter. Tras irse de salida a portagayola, materializó con él la faena más importante de la tarde imponiéndose con un toreo de aguante y pies firmes, conduciendo la embestida con mando y sometimiento por el lado bueno, el izquierdo; y arriesgando todavía más por el otro. Tragándole mucho y con la muleta siempre puesta por delante, desengañó a su enemigo a base de valor, pulso y dominio. Magnífico el torero, que además ejecutó la que hasta ahora es la estocada de la feria. También cortó la oreja más legítima del serial.

Otro toro que embistió, muy noble aunque sin terminar de arrastrar los hocicos, fue el segundo de El Cid, y hemos de reseñar que la experiencia es un grado. El de Salteras le dio distancia y lo llevó largo con la mano izquierda, sin molestarlo, que era lo que pedía un animal que iba y venía bien, pero justo de bravura. Cuando perdió recorrido acortó la distancia, lo citó con la muleta más retrasada y lo acompañó fácil, al son del animal. Tras pinchazo y estocada le dieron una oreja de otro nivel, más amable. El que abrió plaza fue el único toro que no sirvió.

El lote en cambio se lo llevó Tomás Rufo, que debió cortar cuatro orejas y que por unas u otras cosas se le fue la tarde en blanco. El tercero fue un gran toro pero con mucho que torear. Bravo y humillador, tenía un gran embroque pero cambiaba de velocidad en el final de la embestida, tirando a veces la cornadita y metiéndose un poco por dentro. Sucede que cuando Rufo lo enganchaba con los vuelos de la muleta y remataba el muletazo por debajo de la pala del pitón, desaparecían los defectos y el toro se ponía excelente. La faena del talaverano tuvo dos grandes series con la izquierda sobradas de mando y temple, pero a partir de ese momento aquello no acabó de fluir de la misma manera. La gente lo percibió y alguien le gritó más o menos que se le había ido el toro. No digo que fuera cierto del todo, pero tampoco iba descaminado.

Para cerrar a lo grande la corrida desde un punto de vista ganadero, Victorino soltó en último lugar un toro de clase excelsa que pedía vuelos, suavidad y pulso. A Tomás le pasó más o menos lo mismo que en el toro anterior, porque después de unos naturales en los que acarició la embestida a placer en una gran serie, empezó poco a poco a amontonarse en una labor de dientes de sierra en la que además se fue vulgarizando de manera alarmante. Lo habitual cuando se quiere arreglar con sesenta pases lo que debía haberse solucionado en veinte.

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