En un lugar de La Mancha…

Por Álvaro Acevedo / Foto: Prensa Albacete

Hasta ahora, Albacete era una plaza pendiente para Morante de la Puebla. Un rosario de petardos e incomparecencias jalonaban su historial en esta ciudad, un lugar en el que el porcentaje de aficionados supera con creces al de otros sitios más afamados. El Genio fue ayer a pagar sus cuentas.

La última vez que le vi allí en directo, hace muchos años, el sainete fue de órdago, pero al día siguiente cortó tres orejas en Salamanca. Ayer, en cambio, me cogió a mí en Salamanca su admirable faena a un toro de Domingo Hernández, un toro que no tuvo buenas ni la entrada ni la salida de las suertes. O sea, en el embroque se vencía cuando no buscaba el cuerpo del torero con el pitón de fuera; y en el remate de los pases, echaba la cara arriba.

Pero el toro tuvo carácter, y como el torero tenía valor, el pulso entre ambos fue de una emoción intensa, una de las pugnas más auténticas, sin artificios ni desplantes demagógicos, de toda la temporada. La batalla se la ganó el hombre al animal, o sea, la razón a la fuerza; y también se la ganó el torero al toro, es decir, el valor le ganó al miedo. El arte no tiene miedo, pero en la faena de Morante, otra vez una faena irrepetible, no hubo lugar para la floritura salvo en el último pase antes de coger la espada, un cambio de mano final que simbolizó el triunfo del maestro. Un ahí queda eso antes del volapié en la yema.

En realidad ninguna gran faena se sustenta en los pellizcos, pero esta de Morante en tierra de grandes muleteros fue de una sobriedad implacable. La inició doblándose por bajo, pero como el toro tenía tralla, ligó esos doblones a la primera tanda de redondos, un toreo sin descanso que atemperó un punto a su enemigo. Luego fue incluso más difícil, el toro intensificó su actitud defensiva tirando derrotes y acostándose por los dos pitones. Cada muletazo en redondo o por naturales era de un mérito angustioso, un toreo de bragueta más cabal que bonito, más auténtico que limpio. Cada serie era tan agotadora que parecía la última, pero Morante había venido a saldar su deuda moral con esta plaza, a consumar quizá su última conquista, y no estaba dispuesto a dejar las cosas a medio hacer.

Y así, en el último aliento de esta faena asfixiante, el bravo entregó la cuchara y Morante de la Puebla firmó su victoria sobre el toro y sobre sí mismo con unos naturales inmensos, de una templanza definitiva; y con una serie final de redondos fundido ya con el toro, no habiendo entre ellos sitio ni para el aire. Con aquel cambio de mano que os conté dejó a su oponente clavado en la arena, y en la suerte natural entregó el toro a las mulillas de una estocada canónica. Vaciado y feliz, salió a hombros quedando al fin en paz con este lugar de La Mancha.

Anterior
Anterior

La ignorancia da la felicidad

Siguiente
Siguiente

Galería de la Goyesca de Arles por Mauricio Berho