Lazos de Sangre
Por Álvaro Acevedo / Fotos: Eduardo Porcuna
Si son personas de ley, entre dos hermanos toreros la rivalidad no va más allá del ruedo, los lazos de sangre no dejan paso a ninguna miseria humana, la envidia en este caso. Muy al contrario, entre ellos se crea un vínculo más fuerte que en circunstancias normales, un apoyo del que esta arriba al que está abajo. Apenas hacen falta palabras, sólo entrenando codo con codo ya sabe uno que el otro está ahí con él, para cuando sea al revés.
Entre Javier y Borja Jiménez Avecilla se ha dado casi siempre la teoría de los vasos comunicantes. Cuando debutó Javier, los taurinos lo veían con más futuro que al todavía muy infantil Borja, con un valor sólido capaz de empresas mayores. Pero pasado el tiempo, fue el pequeño el que abrió la Puerta del Príncipe para ponerse en figura de los novilleros, mientras Javier no terminaba de arrancar. Luego, el despegue de Borja sufrió un incomprensible frenazo tras al alternativa, justo en el momento en el que el mayor abría la Puerta Grande de Las Ventas, ya como matador de toros. Sin embargo, aquel gran triunfo no fue definitivo, y su carrera fue languideciendo hasta quedarse sin apenas contratos.
Justo en los tiempos de la pandemia, este periodista veía los vídeos de ambos matando toros a puerta cerrada y sostenía que cualquiera podría darle la vuelta a su situación a poco que le ayudaran, pero observaba en el hermano menor una clarividencia asombrosa. He contado en alguna ocasión que incluso hablé con varios taurinos, intentando hacerles ver que este torero merecía la pena. Que, pese a su ostracismo, echarle una mano era jugar a caballo ganador. No tuve suerte y ellos menos, en vistas de lo que sucedió después.
Pero volviendo a aquella época oscura, a aquellos entrenamientos de sol a sol sin horizonte ni apenas esperanza, la clave fue que ninguno de los dos dejó de vivir en torero, ninguno tuvo la tentación de quitarse el toro de la cabeza. Y cuando al fin despegó Borja como un cohete, no dejó tampoco de mirar de reojo a su hermano mayor. “Mi ilusión -me dijo un día- sería torear un mano a mano con Javier, ahora que tengo la fuerza para poder tirar de él”.
Ayer, Javier y Borja Jiménez libraron un mano a mano que no fue fruto del oportunismo, sino la consumación de un sueño familiar que estaba pendiente, un agradecimiento del que estuvo ahí a su lado en las malas y en las peores. Una manera de ayudarle a mantener la llama de la ilusión encendida. La corrida de Carlos Núñez embistió entera, salieron los dos a hombros, y Javier además, al que algunos veían ya como a un matador retirado, toreó con la soltura y seguridad del que lleva cuarenta corridas de toros. Fue en Cabra, pero quién sabe si alguna vez no se repetirá en alguna plaza importante. Estos Jiménez son difíciles de tumbar.