La técnica y lo inconmensurable

EL APUNTE

Por Juan Carlos Gil / Foto: BMF Toros

La técnica, como decía el recordado maestro Paco de Lucía, es el vehículo que te permite llevar a las cuerdas de la guitarra el sentimiento que te sale del corazón. Con esos mimbres técnicos y con la mente despejada, Daniel Luque impartió una lección de magisterio polisémico, rico en matices, trascendencia y significado. Ante una ecuación compleja aplicó, gracias a su técnica, la inteligencia preclara con la que obtuvo una perfecta simbiosis de pulso y paciencia, de toque y temple. Conjugando los terrenos con las querencias pudo hacerle al rajado que le cupo en suerte una faena pulcra, templada y acomodada a la condición mansa del animal que, sin ser molestado, se dejó atrapar por el hechizo del trapo rojo que lo envolvía dulcemente.

Y como no es un autómata que abusa sólo de la técnica, en el segundo de su lote tiró de inspiración para proponer un nuevo quite, innominado todavía, tan fresco como apetecible de volver a ver. Y como no es un repetidor de suertes sin sentido, como prólogo de su gran faena tuvo el delicioso detalle de desearle una pronta recuperación al monosabio herido el día interior, que se había jugado la yugular por salvar la vida del equino. Finalmente puso a toda la concurrencia de acuerdo con un discurso taurómaco plagado de armoniosa templanza con ambas manos.

¿Cinco naturales eternos, infinitos, imperecederos, rebosantes de hondura y profundidad, nacidos del dolor interno del que brota el arte puro, valen una tarde? Quizá pueda afirmarse que merecen hasta una temporada o una vida porque no existen los epítetos adecuados que puedan describirlos fielmente. En estos casos hay que recurrir a la exageración para explicar con sinceridad al lector que esos pases de Morante de la Puebla con la zurda no se pueden describir con los adjetivos de la lengua. Por ajuste en el embroque, por ceñimiento en el desarrollo de la suerte, por el temple que rezuma la muleta en manos del maestro, por la suavidad en las muñecas que mecen el engaño que, rematado en la cadera, deja el señuelo para recoger de nuevo la embestida, por compenetración entre el hombre y el animal que danzan al compás eterno del arte del toreo de todos los tiempos… por todos esos mínimos detalles, su obra está fuera de cualquier número, cálculo o medición. Inconmensurable.

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