Un gran mayoral

Antonio Orihuela, con Curro Núñez padre e hijo en “Barahona”

Por Curro Núñez, ganadero y escritor / Fotos: Carlos Núñez

Escribir sobre Antonio Orihuela es hacerlo sobre un hombre de campo, apasionado por el caballo y el toro. Este hecho lo sintetiza todo. Nació y se crió en la Ruta del Toro, más concretamente en Paterna de Rivera, y despuntó muy pronto y con muy buenas maneras a caballo, aunque fue el toro, al igual que hace con las grandes figuras del toreo, quien lo encumbró en la cima de los mayorales emblemáticos.  

Recuerdo una época, mediados de los ochenta, en la que la revista Aplausos y de la mano del inolvidable Filiberto Mira, sacó una sección dedicada a los mayorales. Me pareció muy merecida y oportuna dicha idea, puesto que son ellos los que llevan a cabo, en última instancia, las decisiones y voluntad del ganadero: lotes de vacas, ahijado de becerros, herraderos, apartados de tentaderos, tientas, apartado y embarque de corridas, etc. De ellos, y de sus habilidades y conocimientos heredados de sus mayores, depende que el ganadero pueda mediante una exhaustiva selección conseguir el toro soñado. 

Antonio es un claro ejemplo del auténtico mayoral. Muy querido por toda la familia Núñez, más aún, considerado parte de ella por todos nosotros, era apasionado como el que más, pero eficiente como ninguno. Esa simbiosis de vehemencia y fidelidad lo hacía irrepetible y diría que casi imprescindible. Se vino a Portugal a trabajar conmigo y a poner ‘Barahona’ en orden, pues Antonio hacía de todo: cucadero, caballista, herrero, alambrista, herrador y mecánico. Valiente como buen mayoral y dispuesto a todo a cualquier hora del día de cualquier día de la semana. Es decir, gente que ya no existe. 

A mi juicio, esa es la diferencia entre los que vivimos por, para y en el campo, de los urbanitas. Su pasión por su profesión era proporcional a su afición y honradez. En cuanto compré ‘Charolesa’ en el Ronquillo -Sierra Norte de Sevilla- no dudé en que se fuera a vivir allí para cuidar de los toros de Núñez de Tarifa, con los que se sentía tan identificado como yo. Disfrutaba de los tentaderos, faenas de campo y corridas de toros como si fuera el propietario de la ganadería. Y a mí me encantaba que fuera así. Hablábamos de la ganadería como si no hubiera un título de propiedad, y a mí también me gustaba que fuera así. Enseñó a mis hijos a acosar y al manejo del toro de lidia y disfrutaba de ellos como si fuera uno más de la familia, y también nos gustaba a mi mujer y a mí que fuera así. 

En definitiva, una pérdida irreparable, aunque nos consuela pensar que Dios, en su infinita misericordia, lo tendrá allí arriba observando desde la barrera del cielo todas las faenas camperas y corridas de los toros de Núñez de Tarifa, a los que siempre consideró como suyos. 

Descanse en paz.  

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