A falta de sol, solera
Media verónica de Diego Urdiales.
Diego Urdiales deja el perfume de su toreo en la plaza de Las Ventas. Tarde de Puerta Grande del riojano malograda con la espada. Discretos Fortes y Parejo. Muy blanda corrida de Alcurrucén.
Por Álvaro Acevedo / Foto: Prensa Plaza 1
Madrid. Viernes, 2 de octubre. 2ª de la Feria de Otoño. Lleno en tarde lluviosa. Toros de Alcurrucén impecables de trapío, nobles y muy medidos de motor. Diego Urdiales, ovación en ambos; Fortes, silencio tras aviso y silencio; y Cristian Parejo, ovación y silencio tras aviso.
Buena lidia de David Salvador.
En la oscuridad de la tarde un torero brilló por encima de los elementos, resplandeció entre tantos nubarrones. Lo que lo distanció del resto además de todo lo tangible fue la solera. Ahora y durante unas semanas le dirán aura, pero pasadas las modas, las cosas vuelven a llamarse por su nombre. Sí, Diego Urdiales tiene solera.
La corrida de Alcurrucén, una vez más, volvió a prometer por sus hechuras más de lo que luego ofreció, muy corta de fuelle, pero a Urdiales le sirvió para dejar su sello con capote y muleta. Toreó Diego con las yemas de los dedos durante toda la tarde. A modo de aperitivo, unas chicuelinas al primero de su lote abrochadas con una excelsa media, sin retorcerse, y luego unos redondos con sabor y unos naturales de caricia, como cayéndosele la muleta. Una manta de agua cortó la faena de repente, pero las correnteras no se llevaron el aroma del riojano.
Mejor fue lo del cuarto, nobilísimo, suave y a menos en su recorrido, con el que dibujó verónicas mecidas, de una delicadeza especial, y al que toreó de muleta con la enjundia y naturalidad de los que tienen paladar. Acompasado y hondo, con un embroque arrebatador, Urdiales sintió el toreo en la palma de la mano, mientras el clamor de la afición quedaba salpicado por los silbidos de dos docenas de atrevidos que por lo visto querían enseñarle a torear. Y Urdiales, muy de frente, les calló la boca con una serie final muy cruzado con la mano izquierda oliendo a torero, que fue a lo que olió toda la tarde: a torero. Perdió la Puerta Grande por pinchar a sus dos toros, al cuarto después de perfilarse extrañamente largo, pero para qué quiere Urdiales orejas teniendo tanta torería. Y para qué queremos sol sobrando allí la solera.
Se había parado el festejo un rato tras la muerte del primer toro con el ruedo hecho un pantano, pero amainado el temporal y el drenaje de esta plaza haciendo otro milagro, los toreros tiraron para delante. Fortes cuajó de verdad a su primer toro con el capote, cuatro verónicas y una media con arte y prestancia, de cartel, pero en la faena de muleta ni el toro fue lo que parecía, ni el torero estuvo como se esperaba. Demasiados enganchones, un par de desarmes y más tragantones de la cuenta. El toro no tuvo ritmo y el torero no tuvo temple, pero yo no sé qué fue primero.
No pudo Saúl sacar partido al quinto, un toro muy deslucido, ni Cristian Parejo al sexto, desesperadamente inmóvil, en el que dio un mitin con espada y descabello. Antes, un tercer ejemplar flojo pero dulce fue tratado por este valeroso joven como si fuera uno del Cura de Valverde, si bien dos terribles volteretas cambiaron para bien el veredicto del respetable, más amable finalmente. A este toro, Urdiales le dio un lance por el lado derecho y una media por el mismo pitón en los que crujió toda la plaza, que es lo que pasa cuando se torea con compás y con pureza. Con la solera que otorga el tiempo, pero sólo a ciertos elegidos. Le habían sacado a saludar después del paseíllo, y era por algo.