La muerte del toro en el ruedo
Estocada y cornada de Roca Rey en Sevilla
EL SENSATO INCONFORMISTA
Por José Carlos Arévalo / Foto: Aritz Arambarri / Ilustración: Humberto Parra
Como prometí la semana pasada en esta misma sección, hoy escribo sobre la muerte del toro en el ruedo, sobre la suerte suprema, la más peligrosa del toreo, que no requiere justificación alguna entre los aficionados, pero que se debe explicar a los no taurinos, que toman posiciones contrarias a las corridas sin disponer de una información correcta. La tauromaquia no se debe defender. Basta con saberla contar.
Primer dato: La carne bovina sacrificada anualmente en todo el mundo asciende a 61 millones de toneladas. ¿Cuántas reses hay que matar para alcanzar tan multimillonaria cantidad? La cuestión es tan improcedente compararla con el toreo que nadie lo ha calculado.
Segundo dato: El año 2025 se estoquearon unos 2.500 toros en las corridas celebradas en España, cifra ridícula, infinitamete menor que la arrojada por la industria cárnica. ¿Por qué hay una campaña global contra la muerte de unos pocos toros sacrificados a estoque por unos hombres que se juegan la vida al matarlos, y un silencio absoluto sobre la muerte industrial?
Tercer dato: También anecdótico. Hace un par de años, el alcalde de Pamplona dijo que le gustaría suprimir las corridas de toros de San Fermín, lo que evitaría que unos 40 toros murieran en el ruedo. Aclaremos que Navarra es una Comunidad Autonoma que produce al año unas 7.300 toneladas en canales de vacuno. Y a nadie sensato se le ocurre criticarlo. ¿Por qué sí la muerte de 40 toros en el ruedo?
Cuarto dato: Analistas veterinarios expertos en el toro de lidia han revelado que el nivel de estrés padecido por el toro sacrificado en matadero industrial es muy superior al que presenta el toro al final de su lidia, cuando va a ser estoqueado en el ruedo. ¿Por qué no se difunden las investigaciones científicas (fisiológicas, biológicas) sobre lo que en realidad le pasa al toro durante la lidia?
Quinto dato: El toro de lidia es el único animal de toda la fauna universal que, para ser sacrificado, se exige a su ejecutor que se juegue la vida en el intento. Es curioso y asombroso que en España no se haya publicado un estudio sobre la ética del toreo, que cuente su rigurosa aplicación desde que sale el toro al ruedo hasta su muerte. ¿Por qué el potente sector taurino es tan débil que no tiene un gabinete de investigación y comunicación, tal como lo reclama el actual acoso a la Fiesta?
Conclusión: El antitaurino animalista invoca razones pero le mueven sentimientos contrarios a la corrida de toros, inconsistentes en su argumentario y eficaces entre los que no han visto jamás una corrida. Condena sin escuchar al acusado, se proclama demócrata y niega a una (supuesta) minoría el derecho a practicar o asistir a unos juegos con el toro que, en distintas tauromaquias, existen en España y Portugal desde hace más de 2.500 años.
Volvamos, pues, a hablar de toros. Algunas investigaciones científicas son muy recientes y desconocidas, por lo que no muy tarde hablaré con sus autores y transcribiré lo que me cuenten. La sorpresa será mayúscula. Ahora a lo nuestro. Estas son las falsas acusaciones que sostiene el discurso antitaurino: Tortura aplicada con crueldad compartida. Dolor gradualmente inferido al toro hasta la muerte. Y estímulo de sentimientos colectivos despiadados e inhumanos.
El Toreo, esa extraña tortura
Juguemos limpio. Pongamos las cartas boca arriba. Empecemos por la conclusión: La lidia es un método casi científico para reconducir la violencia instintiva del toro y ponerla al servicio del toreo, el arte que la transforma en una obra armónica, fugaz y de indescriptible belleza. ¿Tiene esto algo que ver con la tortura? Para que haya tortura son precisos una víctima indefensa, maniatada, y un victimario que le inflija dolor impunemente. Así como la crueldad es el goce de dicho dolor por parte de quien lo inflige y de quienes lo contemplan. Pero en la lidia sucede lo contrario. La presunta víctima, el toro, es un potente emisor de peligrosa violencia cuyo destinatario es su verdugo, el torero. Pues para torearlo es necesario dejarse invadir por toda la violencia que, concentrada en su embestida, llega hasta las manos de quien maneja capote y muleta, y la torea.
En este punto procede denunciar el error del antitaurino que si no acusara al toreo de ser una tortura al menos lo entendería como un combate. Y no hay tal. En la lidia sólo combate el toro, y el torero, torea, un arte que consiste en adueñarse de la embestida, dirigirla, embellecerla, pero no combatirla, sino torearla. Y por eso, porque torea, el torero se salva. Y por eso, el torero no es un torturador, sino todo lo contrario, el hombre que asume la violencia del toro para transformarla en un arte cinético sublime y abismal, creado en el mismo borde de la vida y la muerte. No, el torero no es un torturador. Todo lo contrario, es el artista que pone luz a la embestida, que transmuta la muerte prometida por el toro en la vida iluminada del toreo, que la disuelve en el resplandeciente arte de torear. ¿Tiene todo esto algo que ver con la tortura? Reivindiquemos la figura del torero, el único artista que compromete su vida con su obra.
El espectador, ese sádico mirón
¿Y qué decir de quienes contemplan la presunta tortura? ¿Qué pensar del disfrute bravío que sienten al presenciarla? En efecto, al torear, quien lo ejecuta crea una dramática situación en la que sumerge a quienes la contemplan. Es una situación finalista que podemos resumir con una sencilla ecuación: "toro agresivo = hombre en peligro". Para el que torea, dicha situación no engendra dudas: no cabe en su ánimo otro sentimiento que el de entrega al toreo. Y para quienes lo contemplan, una reacción de incondicional identificación con su semejante en peligro y de condicional adhesión con el artista que presenta su obra. Se diría que cumple con una ley natural de solidaridad propia de la especie humana y encaja con milimétrica exactitud respecto a la identidad bipolar del torero, héroe y artista, pues se manifiesta solidaria con el hombre en peligro y crítica con la obra del artista, con el modo estético de resolverla. Terminantemente, no cabe la menor posibilidad de que el público de la corrida albergue el menor atisbo de crueldad.
El código ético del toreo es muy riguroso. Establece un permanente equilibrio entre el evolutivo peligro del toro y el riesgo asumido por el torero, pues a medida que el toro es atemperado por el toreo, las suertes se van haciendo más comprometidas, más peligrosas, de manera que la última de todas ellas, la de matar al toro, es la más ariesgada de todas, la que exige al torero lanzarse sobre los pitones del toro. Y al hacerlo, que incurra en el único trance de toda la lidia en que los pierde de vista cuando se cruza con ellos. En ese abismal instante los torea con su mano izquierda sin verlos, en una letal fracción de segundos, mientras con la derecha hunde su espada en el bravo, poderoso y noble portador de la muerte que en el ruedo es el toro de lidia. Por eso, en todas las plazas de toros del mundo, sin norma alguna que lo ordene, se produce el mismo silencio colectivo, el silencio que acoge la llegada de la muerte del toro y la posible cogida del torero. Llegado este momento procede comentar la ética, estética y ecológica suerte que da muerte al toro bravo.
El toro, un animal medidor de hombres. Pero en el caso de Paco Ojeda era el torero quien medía al toro.
Matar al toro del destino
Sin que los públicos lo sepan -ni tienen por qué-, pues van a los toros a lo que vamos todos, a ver torear, la corrida moderna, la de la lidia a pie, la empezada gestarse en el siglo XVIII, ninguna otra anterior, además de inventar el toreo, restauró, revivió -¿sin saberlo?- con todos sus grados de realidad, el que podría ser el mito más antiguo de la historia del hombre: el primer combate del ser humano y la bestia entonces dueña del mundo, lo que posiblemente, o sin duda, sucedió cuando el hombre, ya más bípedo que cuadrúpedo, bajó del árbol y plantó cara al señor de la Tierra: el toro.
Entonccs combatieron. Es decir, combatió el toro, puro instinto, en defensa de su tierra. Porque el hombre, pura razón, no luchó, sino que toreó para encontrar la suya. Y como es lógico, la razón venció a la fuerza.
¿Sucedieron así los hechos? Poco importa dónde, cuándo y si en verdad sucedieron los mitos. Lo que importa es que viven en el inconsciente cultural de los seres humanos. Del toro sabemos que en el campo, ante la imprevista presencia del hombre, se traza un círculo imaginario, que define su territorio y la circunferencia que dibuja su circular línea fronteriza ,y que si el hombre la traspasa, aunque sea medio metro, el toro, indefectiblemente, lo ataca. Y esto lo sabe cualquier español, sea aficionado o no, incluido el arquitecto, que hizo del círculo (el ruedo) la matriz geométrica de la plaza. Como también se sabe que tras la última glaciación que congeló Europa, el uro se refugió en las penínsulas ibérica e italiana, que en esta duró poco porque no dejó descendientes y ya los romanos embarcaban toros por estos lares para sus circos.
Además sabemos que un factor humano y otro medioambiental son los cimientos del toreo. El humano, porque ya a los primeros pobladores de la Península Ibérica y del sur de la Galia les gustaba jugar al toro, sobre todo cuando el juego y lo sagrado no estaban separados. Y el medioambiental: los entonces inabordables bosques que anteceden a la cara norte de los Pirineos, donde se refugiaba el toro betizu; y, por la encrespada orografía de la Peninsula Ibérica, que permitió el aislamiento del bravío toro ibérico, un habitante salvaje de una península siempre demográficamente desertizada: en España, de 7 a 10 millones de habitantes en el siglo XVIII.
Pero lo de menos es que ese combate fundacional pudiera no haber existido, lo decisivo fue que todos sabemos que los mil y un encuentros del hombre y el toro sí han existido y el mito existiría si España no fuera un país de creadores pero no de críticos. Tampoco ninguno de los toreros creadores de la lidia conocía la antigua tragedia griega, y, sin embargo, la lidia cuenta y repite en tres actos la estructura misma de la tragedia: un universo cerrado, el ruedo, que el hombre (el torero) no puede abandonar (salvo en caso de cornada) hasta haberse enfrentado y vencido a su destino, encarnado por el toro. Y aunque la estructura narrativa de ambos dramas, el teatral y el taurino, es la misma, la del drama griego es absolutamente cerrada, el destino fatal siempre vence y por eso es trágica, la de la corrida es más abierta, porque entre la fuerza del destino y la lucha del héroe se cuela un tercer actor, la suerte. Y por eso torear es hacer la suerte y por eso el drama griego se llama tragedia y la corrida española se llama fiesta. Mas para que haya fiesta es preciso que el torero venza a su destino, mate al toro. No matarlo es igual que una conquista abandonada, un coito interrumpido, un viaje a ninguna parte.
Veinte minutos de lidia son sólo veinte minutos, pero a veces equivalen a toda una vida. El tiempo del toreo no lo miden los relojes. Hace dos años vi unas verónicas a Juan Ortega y ahora las veo todos los días. He visto a un toro medir el techo de un torero y resulta que lo midió para siempre. Y por eso, lo repito: en esos veinte minutos de la lidia, sucedidos fuera del tiempo real, el tiempo sin tiempo del toreo, el torero sólo tiene al toro, la corpórea y agresiva encarnación de su destino.
Medir, evaluar, calibrar. Y lo que es mejor o peor, premiar y castigar. Insólita misión la de este mítico animal: dar la fama y la fortuna, el castigo y la muerte. ¿Qué otro animal es capaz de semejante enormidad? No es extraño que para el aficionado no exista la identidad zoológica de un animal que es medidor de hombres: su juez, su valedor, su destino. Es congruente que su muerte en el ruedo no la viva como una muerte sino como una liberación, porque matar al toro es matar provisionalmente al destino. Pues el destino nunca muere. Resucita inmediatamente cada vez que se abre el toril y sale otro toro que es el mismo destino resucitado. En la corrida lo imaginario es real y lo real es imaginario.
Todo aficionado sabe que el toro bravo muere en la plaza para que reviva en el campo. Todo aficionado sabe que la bravura es el alma del toro de lidia, y que el ganadero la trasvasa de un toro a otro. Y también sabe el aficionado que el toreo es un arte epifánico en el que la vida se funde con la muerte y resucita cada vez que un torero se abre de capa.
La cultura popular es tan profunda como la cultura erudita. No en vano, Federico García Lorca afirmó que las corridas de toros son el espectáculo más culto del mundo.