El tiempo hace trampas al torero

EL SENSATO INCONFORMISTA

Por José Carlos Arévalo / Foto: Maurice Berho

La desgracia del torero es que su arte nace y muere al mismo tiempo. Es un artista eternamente desposeÍdo de su obra. Sale de la plaza a hombros, envuelto por un mar de entusiasmo, pero llega al hotel, entra en su habitación y se encuentra con las manos vacías. ¿Dónde está su obra? ¿Quién la debe evaluar? ¿Fue como él piensa lo que sucedió en la plaza?

Entonces, el torero comprueba que su arte pertenece al tiempo, un sujeto de dudosa seriedad, caprichoso dueño de la memoria. No es como el ole que le acompañó en la plaza, todos a una, todos pensando y sintiendo lo mismo, sin disensión alguna. Y frente a esa clamorosa objetividad instantánea del tiempo presente, aparece inmediata la discordancia subjetiva, individual, del tiempo pasado.  Y sin arrepentirse del ole espontáneo, sincero, en el que participó, enseguida el aficionado, muchos aficionados, lo niegan.

¿A qué se debe esta desconcertante actitud? A una singular dolencia mental del aficionado a los toros, un apasionado receptor del toreo y al mismo tiempo, su más celoso guardián. Cierto, vive cercado por los que no lo son, pero su principal enemigo es él mismo, único depositario de la verdad. ¿Exagero? Una vez, tras una faena sólida, arquitectural, descomunal, de Miguel Ángel Perera, un gran crítico me dijo que el pacense se había pasado la tarde tirando líneas. Con ocasión del último faenón de Sebastián Castella al de Victoriano del Rio en Madrid, otro sabio del toreo comentó que “le había hecho una pajita” al toro.

Pero lo inquietante es que no se trataba de dos perturbados, sino de -doy fe- dos buenos aficionados. Y lo curioso, y lamentable, del caso es que siempre fue así. Recuerdo una cenital faena de Antonio Ordóñez, de las que hacen época, en Sevilla. Y también recuerdo que al día siguiente leí la crítica de Alfonso Navalón, que se titulaba “La belleza imperfecta”. Por cierto, corrían los años 60, el tiempo de Paco Camino, El Viti, El Cordobés, Diego Puerta, una década a la que después José Antonio del Moral, el mejor crítico de aquellos días, calificó como “La década prodigiosa”. Ahora, nadie lo niega, pero si lo hubiera dicho entonces, a la hoguera habría ido.      

Llegado a este punto, el lector se preguntará con razón a qué vienen estas líneas. Pues vienen a cuento del tiempo presente, el de estos últimos años y el de hoy, una época del toreo absolutamente cenital, cuajada de grandiosas faenas -de capa y muleta-, creadas por Daniel Luque, Juan Ortega, Pablo Aguado, Alejandro Talavante (de este, hoy y ayer), Sebastián Castella, Diego Urdiales, David de Miranda, Víctor Hernández, Jiménez Fortes, Álvaro Lorenzo, y por un líder de apabullante dimensión histórica, Roca Rey, figurón del toreo que sufre la reticencia de un sector de importantes aficionados, cuya frialdad ante el limeño se parece a la que recibía Manolete cuando surgía el nombre de Pepe Luis. ¿Qué hacemos con todos ellos, los echamos al basurero de la historia para que el Presente nos diga que vivimos un tiempo taurino mediocre, sólo roto por Morante?

De acuerdo, vivimos en la década morantiana. Con todo fundamento. El de La Puebla es un torero de época y de todas las épocas. Pero yo sería un cobarde si no afirmase que he visto tan buenas o mejores faenas a Luque, a Ortega, a Fortes, a Aguado. ¿Anatema? No, una verdad como un templo. Pero lo que también sucede es que Morante es el único torero que se ha subido a las barbas del “Señor del tiempo”, de sus tres caras, la del tiempo pasado, la del presente y la del futuro.

¿Por qué no han atravesado esa frontera los mencionados toreros? Mi próximo artículo se titula “La Ley del Silencio”.

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Unos las firman y otros las torean

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Victorino no repitió en Mont de Marsan el nivel exhibido en Santander. (Galería de Bertrand Caritey)