Daniel Luque a hombros (galería de la última de Dax)

Texto: DR / Fotos de Bertrand Caritey

Dax cierra su temporada con la sensación de haber tenido un año de contrastes, en el que la audacia tuvo también su recompensa. Algunos de los compromisos ganaderos, alejados de los caminos más previsibles, aportaron esa dosis de incertidumbre y descubrimiento que forma parte de la personalidad de esta plaza. Pero no todos los riesgos encontraron el mismo acierto. Hubo errores de casting, ausencias difíciles de entender y decisiones cuya osadía terminó jugando en contra.

Dax, sin embargo, no puede resumirse en sus desaciertos, porque en medio de esos aciertos y dudas permanece una certeza: Daniel Luque. Por su fidelidad, por su manera de entender esta plaza y por la forma en que Dax lo reconoce, el sevillano se ha convertido en su torero talismán. Como lo fue Enrique Ponce durante tantos años, entre Luque y Dax existe ya algo que va más allá de las estadísticas y de los trofeos: una especie de pertenencia mutua, una complicidad que el tiempo ha ido construyendo. Y quizá sea ahí donde resida una parte esencial del futuro de Dax: conservar la libertad para arriesgar, aceptar incluso el error, pero saber también proteger esas fidelidades poco frecuentes que terminan dando alma a una temporada. 




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