Enrique Muñoz, el hombre que vivió el toreo como una forma de estar en el mundo
Enrique Muñoz, de novillero en la Maestranza
La llamada que uno nunca quiere recibir acaba de llegar. Enrique Muñoz, "El Trola", ha muerto. Tenía unos setenta y siete años.
Por Mauricio Berho
Era delgado como un junco, con esa hechura de torero que el tiempo nunca consigue borrar. Nada anunciaba que el tiempo le tenía preparada una despedida tan temprana. Era una persona íntegra, de esas cuya bondad no necesita el aval de la muerte. Enrique pertenecía a esa categoría. Fue un apasionado de la vida, pero, sobre todo, fue un apasionado del toreo. Del toreo enraizado en la escuela sevillana, del toreo sentido, templado, hecho más para emocionar que para impresionar. Eso sí, con la sinceridad que siempre le caracterizó, reconocía entre risas que de valor andábamos muy cortitos...
Formó parte de aquella generación de jóvenes toreros sevillanos de los años setenta, junto a El Fali, José Luis "El Serranito" y tantos otros que persiguieron el sueño, casi siempre imposible, de llegar a ser figura. Don Diodoro Canorea le dio una oportunidad en la Maestranza. Hasta llegó a "perdonarle la vida" a un novillo, una de esas anécdotas que él contaba con la sonrisa humilde de quien nunca necesitó engrandecerse. La fortuna no terminó de acompañarle y lo recordaba siempre con una honestidad admirable, sin buscar excusas ni culpables. El destino puede cerrar muchas puertas, pero no consiguió apagar lo único verdaderamente importante: su pasión por el buen toreo.
Recorrió los tentaderos con la ilusión intacta. Allí coincidía con Curro Romero, Rafael de Paula, Paco Camino y tantos otros. Daba gusto verlo coger un capote; con la muleta era puro sentimiento. Tenía ese concepto que no se aprende en ninguna escuela, pero que delataba su origen.
Con los años encontró otro camino, aunque, curiosamente, también estaba ligado al arte. Se dedicó a las antigüedades y, muy especialmente, a las lámparas antiguas. Baccarat, Murano... Aprendió a reconocer cada cristal, cada brazo, cada pieza, con la misma sensibilidad con la que antes había leído una embestida. En su tienda del centro de Sevilla fue construyendo una nueva vida entre belleza, arte y conversaciones interminables.
Al mediodía no perdonaba la cervecita en la bodeguita de la plaza del Salvador. Paco, el camarero, se la echaba muy fresquita. Y cuando recibía el primer aviso, emprendía el camino de casa. Por encima de todo, era un hombre enamorado de su familia, de su mujer y de su hija; pero nunca abandonó el toreo. Siempre encontraba tiempo para acercarse a un torero joven, para darle un consejo, para tender una mano. Estuvo cerca de Mariscal, de Daniel Luque, de Juan Bautista, de Gonzalo Caballero, Ginés Marín y de tantos otros. Lo hacía sin esperar nada a cambio. Ayudaba como había vivido: con discreción, con honradez y con una integridad poco frecuente. Con una pasión eterna por el toreo.
Hay personas que engrandecen todo aquello que tocan. Enrique Muñoz fue una de ellas. Conocerlo fue un privilegio. Compartir tiempo con él, una fortuna. Gozar de su amistad, un lujo. Se ha marchado demasiado pronto un hombre bueno. Y con él se va también una forma de vivir el toreo y de estar en el mundo.