Maestro de maestros

Nueva lección de Morante de la Puebla, que sale por tercera vez en su vida por la Puerta del Príncipe. Sendas buenas faenas de Ortega y Aguado malogradas con la espada.

 

Por Álvaro Acevedo / Foto: Mauricio Berho

Sevilla. Jueves, 4 de junio. Corrida del Corpus. “No hay billetes”. 4 toros de García Jiménez, mal presentados y de juego desigual, destacando por su temperamento el 4º; y 2 de Garcigrande (1º y 5º), el primero de ellos como sobrero, bien presentados, manejable el primero y desfondado el otro. Morante de la Puebla, oreja y dos orejas. Salió por la Puerta del Príncipe; Juan Ortega, ovación y silencio; y Pablo Aguado, ovación y silencio.

José María Garzón había recuperado la categoría que una vez tuvo la corrida del Corpus en Sevilla, pero la previa de este día grande se había enturbiado con una corrida de García Jiménez pregonada para mal en las redes sociales. No era para menos, pues ni las hechuras ni el trapío de los toros hacía honor a una fecha tan señalada, a esta joya de plaza. Por tanto, en manos de los toreros estaba la suerte de la tarde, y os voy a decir una cosa: con tres matatoros aquí hubiera pasado más bien poco.

En cambio el festejo fue soberbio, y a ello colaboraron decididamente Juan Ortega y Pablo Aguado plantando cara a Morante hasta lo humanamente posible. Porque el maestro ya le había cortado la oreja al toro que abrió plaza cuando Juan Ortega se hizo presente con el impresentable segundo de la tarde, molesto con el capote pero al que le vino bien su encuentro con el picador y el temple del torero. Basada su faena en el pitón izquierdo, que era el más claro, Juan se dobló con torería antes de conducirlo sin tirones, muy cosido a la muleta, en dos series de naturales limpios pese a que su oponente iba a regañadientes. O sea, que el ritmo y la clase los puso el torero, preclaro también cuando, al ir a rematar su única serie con la derecha, improvisó un descomunal cambio de mano que hizo saltar al público de sus asientos, pues esperaba el rutinario pase de pecho cuando se encontró con esta maravilla. El final de faena tuvo aire y soltura, mucho gusto, pero la espada no entró, perdiendo una oreja hasta ese momento bien ganada. 

Juan Ortega, con el primero de su lote.

Tras saludar Juan una ovación fuerte, Pablo Aguado se encaminó a la puerta de toriles para recibir al tercero de la tarde. Pero la disposición del torero, tras librar el peligroso trance con un arriesgadísimo farol de rodillas, no se quedó ahí. Con el toro apretando en la querencia, el sevillano dibujó lances no sólo bonitos, sino también muy valientes, pasándose al toro muy cerca. La faena de muleta me encantó por variada, decidida y lúcida. Ligada por derechazos, templada por naturales, adobada con molinetes, distintos cambios de mano, kikirikís y ayudados, e incluso un pase de las flores ligado con un lentísimo circular. Además, dejó la muleta puesta entre un pase y otro, que es la única manera de ligar los pases, de poder con los toros, de convencer a la afición. El toro no fue nada del otro mundo, pero un Pablo Aguado en este plan no necesita la tonta del bote para recordarnos la clase de torero que es. Como a Ortega, la espada le privó de cortar una oreja de ley.

Pablo Aguado, tras el recibo de capote a su primer toro de García Jiménez.

Antes y después de estas dos actuaciones, un torero de otros arrozales volvió a enamorar a esta Sevilla que tantas veces le dijo que sí pero que no. Devuelto el tullido ejemplar que abrió plaza, Morante dibujó unos lances en los que se derramaba el arte mientras el sobrero de Garcigrande tomaba los vuelos del capote a media altura pero por afuerita, cantando que podía servir. El maestro se ayudó por bajo para abrir una faena de delicia, ligando a placer los redondos de cintura cimbreante y riñones metidos, bordando los de pecho, encelando al animal cuando quería desentenderse por el lado izquierdo, dándole un instante de pausa cuando desparramaba la vista, adornándose como se adornan los que tienen gracia torera. Con qué serenidad toreó Morante, con qué magisterio ocultó los defectos de su oponente, con qué arte hizo resplandecer sus virtudes… Con qué rectitud lo mató en la suerte del volapié. Sevilla echaba humo tocándole las palmas cuando dio la vuelta al ruedo con la primera oreja de la tarde.

Más grande todavía fue lo del cuarto, un toro de Matilla frío de salida, bien lidiado por Juan José Domínguez y que empezó a romper tras la suerte de varas. Morante, que no pudo meterle mano con el capote, arrancó su faena de muleta a una mano, intercalando pases por alto y trincheras no sé si más poderosas o flamencas. Oculto tras su acometida temperamental le vio buen estilo al toro, y embraguetado, con el compás muy abierto, lo partió con la mano izquierda en unos naturales tremendos. Fueron dos tandas embriagadoras e intensas que abrochaba con pases de pecho ligados al ralentí. Después hubo una serie por el derecho, que era el lado más complejo, y unos estatuarios gráciles que prepararon al toro para la muerte. Sin ser una faena redonda, el toro fue tan incierto y vivo, y Morante estuvo tan sereno, tan de verdad, que la plaza vivió aquellos escasos diez minutos con la admiración del que se sabe ante un torero grandioso, por suerte o por desgracia, irrepetible. Estocada hasta las cintas. Dos orejas y Puerta del Príncipe en hombros de la muchedumbre, que lo veneraba como a un Cristo resucitado. Luego nada más pasó porque nada más podía pasar. Cuentan que mañana lo ponen en besahuevos en la Plaza Nueva, justo enfrente de la puerta del Ayuntamiento. Soy morantista, pero para eso conmigo que no cuenten.

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Galería fotográfica de la 3º Puerta del Principe de Morante por Mauricio Berho

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