Víctor Hernández, monumento al valor más puro
El madrileño, que se salvó milagrosamente de dos dramáticas y brutales cogidas ante el peligroso sexto, se entregó con autenticidad y puro valor. Jandilla lidió dos importantes toros que entraron en el lote de Emilio de Justo, que se marchó de vacío, al igual que Borja Jiménez.
Por Alfonso Santiago / Foto: Plaza 1
Madrid, 4 de junio. 24ª de la Feria de San Isidro, “No hay billetes”. 4 toros de Jandilla, bien presentados. Destacó el 1º, de enclasada bravura, y el gran 4º, bravo e importante. Encastado el 2º; sin clase ni entrega el complicado 3º. 2 toros de Santiago Domecq, el 5º, con movilidad y nervio, y el peligroso y muy complicado 6º. Emilio de Justo, silencio y pitos tras dos avisos; Borja Jiménez, silencio y silencio; Víctor Hernández, ovación tras aviso en ambos.
El marrajo de Santiago Domecq que salió en sexto lugar estuvo a punto de teñir de drama la tarde. Apenas le presentó Víctor Hernández a pies juntos el capote por el pitón izquierdo, se lo llevó por delante. La crudeza y brutalidad de la cogida congeló el alma de la plaza. La primera impresión fue la de que le había metido el pitón por la barriga. Prendido el cuerpo de Víctor giró sobre sí mismo a una altura tremenda, quedando colgado luego de la chaquetilla para ser arrastrado por el toro varios metros. Cuando lo soltó y el torero quedó unos segundos caído en la arena se temió lo peor. La plaza se espabiló de la conmoción cuando Hernández se levantó por su propio pie. Se obró el primer milagro.
Desde ese instante la tensión se mascó en todo momento viendo las aviesas intenciones del toro, al que le pegaron lo suyo en el peto para bajarle los humos. Pero ni con esas se rindió el animal en su peligrosa intención. Increíblemente, Víctor, desprendido desde el momento de la cogida de la chaquetilla, se fue a los medios a brindar la muerte de un toro que, hasta el final, vendió muy cara su muerte.
Asentadísimo, con tremenda firmeza y una autenticidad brutal, el madrileño levantó un verdadero monumento al valor más puro. Ofreciendo siempre el cuerpo por delante antes de sacar la muleta detrás de la cadera, le vino a decir al de Santiago Domecq que no iba a poder con él. Sin un gesto vacío, consciente de lo que suponía asentarse de esa manera, Víctor le sacó muletazos por el pitón derecho, jugándosela cada vez que se lo pasaba por la faja. ¿Se la ofrecería con igual pureza por el criminal pitón izquierdo? Lo hizo, pero el toro no le perdonó y le lanzó un derrote seco y fortísimo, colgándole otra vez de manera angustiosa por la tripa. Se obró el segundo milagro. Pero aún faltaba un tercero, esta vez al ser capaz Víctor Hernández de ligarle varios naturales de verdadero temblor. Se cuadró y le enterró la espada sin que el toro terminara de rendirse, por lo que al fallar con el descabello perdió la oreja más heroica de toda la feria.
Ese último capítulo vino a contrastar con una tarde en la que la incompleta corrida de Jandilla salvó el honor de manera excepcional con dos grandes toros, ambos en el lote de Emilio de Justo. La clase del primero y la tremenda importancia del bravo cuarto, le pusieron al extremeño un triunfo que se le escapó de las manos. Es cierto que el desafortunadísimo manejo del descabello en el primero, y la muy defectuosa estocada que colocó en el cuarto, al que sumó luego también varios golpes de verduguillo, fueron el principal obstáculo para que Emilio se fuera de vacío. Sin embargo, en sus dos largas faenas se mezclaron momentos buenos -especialmente con la mano izquierda ante el gran cuarto-, con otros en los que terminaron pesando mucho más las embestidas de esos dos grandes toros.
El viento condicionó mucho la lidia del jabonero segundo, toro encastado, no fácil, pero al que Borja Jiménez no pudo terminar de atemperar. Luego, con el muy serio quinto de Santiago Domecq, que también se movió con nervio, y que la tomó con más claridad por el pitón izquierdo, el sevillano se esforzó, pero sin terminar de sacar nada en claro. Lo que pesó en el ambiente de cara a la encerrona del próximo domingo.
Antes de volver a nacer cuando caía la tarde, Víctor Hernández ya se había mostrado igual de firme con el más deslucido de los cuatro jandillas. Sin importarle el viento, dándole sitio en los primeros cites, clavando las zapatillas para pasárselo muy cerca y dejándosela ahí adelante pese a la reservonería del toro y los feos tornillazodos con los que siempre quiso salirse de la muleta, la obra del madrileño fue de menos a más, hasta conseguir ligarle una meritísima tanda en redondo. El mismo mérito que tuvieron las bernardinas finales. Ya solo queda que, en la próxima Beneficencia, a Víctor Hernández le embista de verdad un toro. Se lo merece. Y nosotros también, para disfrutar con lo mucho e importante que lleva dentro este torero.