Para fusilarlo…

El diestro Javier Cortes pierde un gran triunfo con varios bajonazos escandalosos. El Cid también marra con los aceros una faena de premio. Corrida importante de El Pilar.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Plaza1

Madrid. Sábado, 2 de mayo. Día de la Comunidad de Madrid. Casi lleno. 6 toros de El Pilar, desiguales de hechuras y juego variado pero interesante. Destacaron el muy noble 2º y el bravo y repetidor 6º. Uceda Leal, silencio en su lote; El Cid, ovación tras dos avisos y silencio; Javier Cortés, silencio y palmas tras aviso.

Muy bien con capote y banderillas Rafael González e Iván García. Buen tercio de varas de Mario Benítez. Saludó en banderillas Pablo Gallego.

La corrida de El Pilar mantuvo el interés toda la tarde, lo cual no quiere decir que fuese fácil o en parte quizá por eso mismo todas las lidias tuvieron su aquel. Hubo buenas peleas en varas, cortaron bastante en banderillas y llegaron a la muleta generalmente muy enteros, con poder. Muy molesto el primero, el peor de los seis, pero excelente el segundo, el más noble del lote, y bravísimo el sexto, con un gran pitón derecho. Tercero y cuarto tuvieron carácter, no se acabaron de entregar, aunque el de Cortés fue más noble que el de Uceda, más áspero. El quinto, muy feo, repitió mucho al principio, pero se aburrió pronto. Fue el que más fijo empujó en el caballo.  

Uceda Leal por tanto se enfrentó al peor lote, razón fundamental pero no exclusiva de su aciaga tarde. A contraestilo el primero, un toro agrio, fue mejor el cuarto, pero varios avatares previos habían posicionado el público en su contra. Una mala colocación para (no) cortarle un toro anterior a Rafael González en banderillas; y la lidia de ese cuarto toro, que esperó mucho en banderillas convirtiendo el asunto en un tormento para su cuadrilla.

Cuando cogió la muleta ya estaba sentenciado, y José Ignacio, que algo conoce Madrid, pareció torear consciente de ello, sabiendo que no iba a remontar el ambiente, y se le notó enseguida. Algún muletazo en redondo y un magnífico trincherazo no tuvieron eco, pero sí para mal los enganchones, demasiados, en los que el toro se violentó, yendo a peor. Los toreros con solera padecen más tardes amargas que los que no la tienen.

Contrastó la acogida a Uceda con la que se dispensó a Manuel Jesús El Cid, quizá porque no hay nada mejor que apartarse para que te echen de menos. Y también porque el de Salteras es historia viva de esta plaza, y el público tiene su corazoncito. Su lote fue el que menos apretó, aunque en particular el segundo de la tarde fue noble, fijo y sin atosigar. Le había hecho un buen quite por chicuelinas, muy de frente, Javier Cortés, pero El Cid ya había sentido el buen aire del toro en su ampuloso capote en el recibo por verónicas. Cantado que el pitón izquierdo era el bueno, Manuel Jesús no perdió tiempo y la mano zurda fue la que monopolizó su labor.

Se presentía faena grande porque quería el toro, quería la gente y quería El Cid. ¿Pudo? Sólo a medias, cuando el toro dejó de repetirle, porque cuando lo hizo en las primeras series su falta de confianza para quedarse en el sitio y dejarle la muleta puesta fue flagrante. Después, de uno en uno pero con sabor, fue desgranando buenos naturales ante un público invadido por la nostalgia que aparcó su habitual carácter censor hacia los toreros. Ni un reproche técnico, ni una mala voz. Así, Madrid es la plaza más agradecida del mundo. Su creciente faena se vino abajo a última hora con un desarme final, varios pinchazos feos y un traspié que vino a recordarnos que la edad no perdona. Tras dos avisos, le ovacionaron con cariño y respeto, como debe ser.

Si ese segundo era una pintura de toro, vino a ser enlotado con el galafate del sexteto, pero el toro fue mejor de lo que sus hechuras anunciaban. Peleó fijo en el caballo, tomó bien los templados capotes de El Cid y Rafael González, y llegó a la muleta un poquito con la cara a su aire pero alegre. El de Salteras brindó al público y lo citó desde los medios, pero de nuevo su falta de sitio entre un muletazo y otro fue evidente. Si alguna opción de éxito tenía la faena era en esas dos primeras tandas en las que el torero no asentó los pies y tiró demasiadas líneas. Luego se aflojó el toro, y mejor así.

Por encima de sus compañeros sobresalió en esta ocasión de manera palpable Javier Cortés. Le había dado muletazos excelentes al primero de su lote, el clásico toro de El Pilar grandote pero de buen aire al que hay que equilibrar antes de apretarle. Lo hizo Cortés con la muleta en la mano derecha, muy planchada, en unas primeras series suaves, con buen gusto. No le cogió el pulso luego con la izquierda, y en la serie diestra siguiente, que era la definitiva, hubo un desajuste notorio, con el toro más crecido, sin salirse de los vuelos, y el torero demasiado pendiente de sí mismo. El bajonazo no fue nada para lo que vendría después.

Porque en el sexto arruinó en la suerte suprema una muy notable faena. Burraco de pelo, bien hecho, fuerte y a la vez noble, tuvo enfrente a un torero asentado y cabal. Javier cuajó al toro de manera inapelable, con tres tandas diestras de toreo abriendo en exceso el compás, pero reunido, limpio y hondo, derrochando verdad. Hubo además una trincherilla soberbia. Casi no necesitó más, porque su único intento con la zurda tuvo más mérito que brillantez -por ese lado el toro pesaba lo suyo- y el epílogo a pies juntos fue más vistoso que logrado. No importaba, tenía cortada una oreja con mucha fuerza porque su obra estuvo sobrada de intensidad, pureza y buenas maneras, pero ante la sorpresa general se le fue la espada a los sótanos de manera escandalosa no una, sino hasta tres veces. Para fusilarlo, hoy que estamos a 2 de mayo…


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