El fondo de Couto de Fornilhos queda sin dueño en Las Ventas

Cristian González y Juan Alberto Torrijos dan sendas vueltas al ruedo ante una seria e interesante novillada del hierro portugués que ofreció más opciones que rédito real.

Por David Jaramillo / Foto: Plaza 1

Madrid. 3 de mayo. Novillos de Couto de Fornilhos, de serie presencia e interesante juego. El mejor fue el noble segundo, mientras que el sexto sacó cierta aspereza. Mario Arruza, silencio tras aviso y silencio. Cristian González, vuelta tras aviso y ovación. Juan Alberto Torrijos, vuelta y silencio. Mario Arruza y Cristian González se presentaron con "Vaqueiro", nº 14 y "Hierrático", nº 32, respectivamente. 

Las Ventas vivió este domingo una jornada de transición, una especie de tregua necesaria antes de que el calendario taurino se acelere definitivamente con el desembarque de San Isidro. Ya la menguada asistencia en los tendidos dejaba ver que la tarde sería más ligera y, sobre todo, una actitud inusualmente dócil en el cónclave madrileño. Fue undía de guante blanco en las gradas, donde no se escuchó una voz fuera de tono, un oasis de amabilidad que sirvió para tomar aire antes de la exigencia que suele imperar en esta plaza. Sin embargo, ese ambiente de cortesía contrastó con la seriedad que asomaba por los chiqueros. La novillada de Couto de Fornilhos fue un examen: utreros con el cuajo y la arboladura propia de su raíz de Conde de la Corte, que plantearon un reto que exigía algo más que buena voluntad. 

La divisa portuguesa puso sobre el tapete un buen puñado de ejemplares con el que cualquier novillero sueña para dar un golpe sobre la mesa en una plaza como esta. Hubo nobleza, hubo duración y, sobre todo, hubo esa entrega que permite el toreo largo. Si el balance final se redujo a dos vueltas al ruedo descafeinadas, no fue por falta de disposición de los actuantes, sino por esa carencia de mando que solo otorga el oficio consolidado. Fue una tarde donde la materia prima superó a la herramienta, dejando en el paladar del aficionado ese regusto amargo de las oportunidades que se escapan por las rendijas de la inexperiencia. 

Juan Alberto Torrijos, que jugaba con la ventaja de haber pisado este ruedo el pasado verano, fue quien mejor supo leer las condiciones externas. El viento, ese invitado molesto que siempre lo complica todo en Madrid, no fue impedimento para que el jienense desplegara un repertorio variado con el capote. Especialmente lucido resultó su galleo por chicuelinas para conducir al tercero al caballo. Torrijos tuvo en suerte el lote más boyante, empezando por ese "Alvorado" que derrochó fijeza. Sin embargo, su labor en la muleta pecó de ligera. Se dejó llevar por la inercia de las embestidas, aprovechando el viaje largo del animal pero sin terminar de someterlo por abajo. Hubo más apariencia que profundidad, y aunque un sector del público pidió con fuerza un trofeo, la vuelta al ruedo terminó siendo un premio excesivo para una faena que se quedó en la periferia de lo que el novillo ofrecía. Con el sexto, un ejemplar de presencia imponente, Torrijos mostró más poso al aguantar el hachazo inicial del animal hasta encontrar el ritmo para correr el brazo con autoridad, pero de nuevo faltó esa apuesta definitiva para apurar la calidad que el luso sacó a cuentagotas cuando se sintió podido. 

Cristian González dejó patente una dualidad muy propia de quien debuta en Las Ventas: la ambición por agradar frente a la prudencia de no verse desbordado. Al segundo de la tarde lo trató con una paciencia de orfebre. El utrero, algo remolón en los inicios, requería un mimo especial para romper. González logró lo más difícil, que era encelar la embestida y darle continuidad, pero una vez que el novillo se entregó, el salmantino no supo redondear. El mando se fue diluyendo y la fijeza del animal terminó por eclipsar el trazo del torero. Paseó el anillo tras una petición algo huérfana de peso, pero su verdadera carta de presentación llegaría con el quinto. Ante un novillo reservón y complicado, que llegó al último tercio tras una lidia desastrosa en banderillas, González exhibió una firmeza seca. No se arredró, usó la voz y el toque firme para obligar al novillo a pasar. Fue ahí donde su labor caló con sinceridad, demostrando que tiene la cabeza despejada para resolver problemas cuando el triunfo estético se pone imposible. 

Mario Arruza vivió la cara más agridulce de la moneda. Se midió en primer lugar con el ejemplar más basto y áspero de la tarde, un "Vaqueiro" que desarrolló violencia a medida que se sentía dueño de la situación. Arruza intentó aplicar un concepto estético, de figura encajada y muleta planchada, pero el novillo exigía una firmeza más cruda. El de Couto acabó por ganarle la pelea, arreando con poder y obligando al conquense a una resolución rápida con el acero. Resultó llamativo que, tras ese esfuerzo inicial, Arruza no terminara de apostar con el noble cuarto. El animal pedía precisamente ese paso adelante y una muleta que le llevara embebido en los vuelos, pero el novillero se vio incómodo cuando el astado se revolvía pronto.

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