No hay más ciego que el que no quiere ver

Trincherazo de Héctor Gutiérrez

Soberbia confirmación de alternativa de Aarón Palacio.

Recital de pureza y clasicismo de Morante de la Puebla.

Irreprochable actuación de Héctor Gutiérrez con la muleta y la espada.

 

Por Álvaro Acevedo / Foto: Prensa Plaza 1

Madrid. Lunes, 12 de octubre. 7ª de la Feria de Otoño. “No hay billetes”. 3 toros de Garcigrande (1º, 2º y 5º) y 3 de Núñez del Cuvillo, bien presentados en general y muy toreables. Destacaron 1º y 3º, bravos y nobles. Morante de la Puebla, silencio y ovación con algunos pitos tras aviso; Héctor Gutiérrez, ovación tras petición insuficiente y silencio; y Aarón Palacio, que confirmaba la alternativa, ovación y silencio tras aviso.

Buena lidia de Fernando del Toro.

La tarde del regreso, que era una tarde de cuchillos largos, tenía otros argumentos al margen de Morante de la Puebla, y no tardó mucho en dejarlo claro el confirmante Aarón Palacio, un prodigio de torero. “Veraniego” se llamaba el garcigrande de la ceremonia, y mejor no se puede estar con un toro.

Se estiró pronto a la verónica con unos bonitos lances cargando la suerte y una media de frente, a pies juntos, airosa, apuntando el toro la bravura que derrocharía después. A Palacio dio gloria verlo con la muleta, desde las hondas dobladas de apertura, abrochadas con un precioso pase de pecho, hasta los ayudados finales, también por bajo, con arte y chispa, que cerraban una faena prodigiosa.

Magnífica en redondo, ligando los pases con la muleta planchada, acompañando con el cuerpo el muletazo, con mucha expresión, pero además con ajuste, sin ceder terreno, lúcido de mente, sobrado de valor. En él se apoyó cuando, por el lado izquierdo, el de Garcigrande le repuso y el chaval no cedió terreno, terminando por someterlo también por ese pitón, aguantando además cuando el toro lo midió, deslumbrante en la resolución de las tandas con molinetes ayudados, pases del desprecio y de pecho de pitón a rabo. El último, antes de coger la espada, con las dos rodillas en tierra, simbolizó la ambición de este talento de la naturaleza. Si llega a matar, era una faena de Puerta Grande aunque el premio, visto lo visto a lo largo de la tarde, no hubiese llegado a tanto.

Con tres faroles, también de rodillas, recibió al sexto, de Núñez del Cuvillo, y luego exprimió sus francas pero no muy humilladas embestidas, de nuevo con excelentes maneras, en una faena larga, con muletazos sueltos estupendos con la izquierda y series en redondo ligadas y limpias que merecían otro eco por parte de unos tendidos como ausentes.

Esto, pero multiplicado por cien, era lo que había padecido Héctor Gutiérrez, que, después de una faena de oreja y una estocada también de oreja, no dio ni la vuelta al ruedo. Por vareado de carnes no les gustó a algunos el tercer cuvillo, que, sin embargo, tuvo movilidad y gran estilo. Héctor tiene poderío y estética, y con esas armas consumó una faena irreprochable, toreando muy asentado, sintiéndose en redondo y aún más con la izquierda, mano con la que cuajó naturales soberbios de largura, calidad y mando. Algún ayudado por bajo, un enorme trincherazo y cambios de mano torerísimos salpicaron de variedad su notable faena, antes de unas bernadinas ceñidas y una estocada en lo alto. La frialdad del gentío acabó con saludos desde el tercio tras débil petición de la oreja que tan cabalmente se había ganado. Sobrado con el flojo y protestado quinto en una faena con muy buenos momentos, pero más intermitente, dejó claro en Las Ventas que en México hay torero.

A Héctor lo ignoraron y con Morante hubo dos bandos: los que iban a verle triunfar y los que acudieron a verle fracasar. Posiblemente ninguno de los dos quedó satisfecho, pero yo, que simplemente iba a verle torear, he de decir que me entusiasmó. No en su primero, al que «solo» le pegó tres embraguetados lances de salida que ya valían el precio de la entrada, pero sí en el cuarto toro, bien puesto de pitones, pero escaso de trapío para los que quieren animales como salidos de un gimnasio, con músculos hasta en el hocico.

El de Núñez del Cuvillo tuvo carbón y Morante dio un recital de pureza, valor y categoría torera. Puesto muy sereno en la distancia corta, cogió la embestida por delante y la redujo en una absoluta lección de toreo al natural. Asentado de plantas, bajando la mano en el cite y siguiendo en el mismo son hasta el final del muletazo, rematado a la postre por debajo de la pala del pitón. Y todo sin descomponer la figura, sin retorcerse, demostrando que el poderío no es poner el brazo tieso y el cuerpo como una alcayata. Inconmensurable el maestro de la Puebla en una faena sobriay natural, sin apenas alharacas, hostigada por los malos, jaleada por los buenos, que había iniciado con ocho ayudados engarzados cargando la suerte para romper al toro por arriba. Rugió Madrid con el maestro y festejaron algunas criaturitas el metisaca en los bajos con el que afeó su gallarda faena. No os confiéis, porque estos también votan…

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