Mano a mano de locura
Ferrera y Román abren la Puerta Grande en una apasionante tarde de toros.
Encastada, emocionante y variada corrida de Adolfo Martín.
Otro “no hay billetes” en Las Ventas.
Por Álvaro Acevedo / Foto: Prensa Plaza 1
Madrid. Domingo, 11 de octubre. 6ª de la Feria de Otoño. “No hay billetes”. 6 toros de Adolfo Martín, muy bien presentados, encastados, emocionantes y duros menos el 6º, noble y con recorrido. 2º y 4º, con mucho peligro. El 5º también tuvo buen estilo. Antonio Ferrera, silencio, oreja y oreja; y Román, vuelta tras petición, oreja y oreja tras aviso. Salieron por la Puerta Grande.
Saludaron en banderillas Iván García y Ángel Otero.
El mano a mano fue un espectáculo, con toros duros de pelar y toreros que lo entregaron todo sin perder la cabeza. Un valor cabal, muy alejado de ese falso valor al que llaman tremendismo. Antonio Ferrera estuvo magistral a su manera y Román, muy de verdad. No sé a cuál de los dos darle más mérito: el despliegue de recursos del extremeño fue abrumador, mientras que el valenciano se jugó la vida secamente, sin aspavientos. En suma, el contraste fue sensacional.
A la gente se le metió por los ojos el indescifrable recital de Ferrera, pero lo de Román fue de una autenticidad descomunal frente a sus dos primeros toros, durísimos, de un peligro manifiesto. El destino le compensaría en sexto lugar con el mejor toro de la tarde, fijo, noble y con el recorrido que no tuvieron casi nunca sus hermanos. Ahí Román sufrió para estar a su altura, pero, con la tarde embalada, el público le empujó a la Puerta Grande después de una faena de toreo mandón en tandas desiguales pero ligadas, casi todas por el lado derecho, brillando más la embestida del toro de Adolfo Martín que el trazo del valenciano.
Pero lo medular ya estaba hecho: dos faenas tremendas en las que se mascó la cornada en cada trance. Su primero, bajo y bien hecho, se empleó poco en el caballo y llegó a la muleta muy entero, vendiendo cara su muerte. Como por el izquierdo no tenía un pase, Román lo sometió en una gran serie diestra, ligada, bravía, tras la que estalló la primera ovación. Pero en los segundos que tardó el valenciano en volver a la cara de su enemigo, este ya se había orientado también por ese lado, así que cada cite fue a cara o cruz; cada serie posterior, un breve milagro; cada muletazo, una angustia. Román, blanco como la pared, toreaba sabiendo que tenía más cerca el hule que el triunfo, y es cierto que no cuajó la petición, pero en la vuelta al ruedo que dio con todos los honores se palpó que tenía ganado el respeto del público.
Él no lo sabía, pero ahí empezó a forjarse su salida a hombros. Tremendo de trapío fue el cuarto y en los capotes pareció más pacífico, mas cuando sonaron los clarines de muerte el cárdeno de Adolfo era ya una alimaña. Otra vez admirable, Román, concentradísimo, con una ambición ingobernable, volvió a tirar la moneda apoyado en su poderosa muleta, pero sabiendo que su oponente le rebañaba con malísimas ideas. La colisión fue de taquicardia, con el toro queriendo coger y el torero sin quererse quitar, hasta que en un redondo se lo echó a los lomos y luego le machacó la espalda de un seco pitonazo. Pudo haberse acabado ahí la tarde para el guerrero valenciano, pero hubiese sido injusto. Dolorido pero a salvo, volvió a la carga, arrancó muletazos imposibles y mató de media en el sitio, cayendo la fiera sin puntilla. Y fue bonito, tanto o más que un trincherazo.
Román tuvo que lidiar con aquellos toros, que fueron dos prendas, y con un Antonio Ferrera que es un chino en el pie para el más pintado. Hiperactivo como un niño de siete años, no paró en toda la tarde con ese capote verde lagarto que es todavía peor que el azul, pero que maneja como un prestidigitador: lances, medias, galleos, chicuelinas, faroles, remates a una mano, el quite de oro… Y no solo a sus toros, sino a los de su compañero, que contemplaba el despliegue con cara de circunstancias, sabiendo que tendría que sudar tinta —y ya se vería si sangre— para no quedarse atrás por su palo, más sobrio, de menos artificios.
Y es que lo de Ferrera con la muleta fue demencial. La chispa se le encendió en el segundo de su lote, cuando de repente tiró la espada de ayuda, se asentó sobre sus riñones y le echó los vuelos al toro como si fuese una añoja. Tres soberbios muletazos y, a partir de ahí, el acabose. Listo como él solo, pero con el sentimiento a flor de piel, llegó al corazón de los tendidos con una tauromaquia que era un galimatías: rápida de movimientos, pero de trazo lento; un toreo hábil, pero también profundo; ligero de pies a la vez que asentado. Rugían los tendidos con la pasión del torero, que por pura convicción convirtió en bueno a un toro de medias embestidas. Luego arrancó a matar a paso militar desde veinte metros, dejando media en su sitio al encuentro.
Faltaba lo del quinto, otra faena vertiginosa, pero con más gusto porque el toro tenía estilo: cogía bien la muleta cuando el extremeño le echaba los vuelos con pulso. Hizo crujir primero a la plaza en un cambio de mano, volvió a lanzar por los aires la espada de ayuda, descolgó los hombros y dibujó excelentes naturales por los dos pitones a medio compás. De repente, intercaló en una de las tandas un martinete que pareció un torbellino y, como guinda, culminó su apoteosis apatarracado, con tres naturales larguísimos y limpios, fantásticos, con Madrid ya rendida a sus pies. Perfilado con el estoque otra vez desde su casa, el toro se le arrancó de improviso a todo lo que daba y, en vez de salir huyendo, lo aguantó con sangre fría y le metió la espada hasta la mano entre el júbilo y la incredulidad de los allí presentes. En compañía de Román, se llevaron por la Puerta Grande a este maravilloso caso perdido.