Borja Jiménez defiende su sitio
Doblada de Borja Jiménez.
Oreja de ley para el de Espartinas gracias a su mano izquierda y a una perfecta estocada. Ureña pierde otra por pinchar. Dos toros de Victorino con mucha clase y cuatro, a cual más difícil. Pésima suerte para Uceda Leal.
Por Álvaro Acevedo / Foto: Prensa Plaza 1
Madrid. Domingo, 4 de octubre. 4ª de la Feria de Otoño. “No hay billetes”. Toros de Victorino Martín, muy desiguales de hechuras y juego. De gran clase 2º y 3º. Difíciles el resto. El 6º, intoreable. Uceda Leal, silencio y ovación; Paco Ureña, ovación tras aviso y pitos; y Borja Jiménez, oreja y silencio.
Buena lidia de Juan Carlos Rey.
Victorino nunca defrauda, si bien es cierto que cuela algún toro que con otro hierro no pasaría jamás en Madrid. La corrida fue muy desigual de todo, pero tuvo un par de cárdenos de mucha clase. En particular, el cornipaso segundo fue de seda, humillador, templado, gateando detrás de la muleta. Bueno por el izquierdo y mejor aún, con más recorrido, por el derecho. Cuando Ureña le cogió la medida, embistió de ensueño y, para remate, tuvo mucha duración. A Ureña le dieron un aviso pegándole pases, algunos excelentes, de mucha hondura, y otros de escaso pulso, y, en general, toreando mejor sin la espada montada, algo que hizo con ambas manos. No hubo una serie redonda, pero los pases buenos, muy buenos, taparon a los otros. Pinchó y perdió una oreja. El toro era de dos.
La ovación de reconocimiento al torero cambió a pitada tras matar al quinto, un adefesio de hechuras, bravo en el caballo y orientado en la muleta. Quizá por ello, Ureña no quiso lucirlo tras una tremenda pelea en la primera vara, pero nunca es una buena idea irritar a tu clientela. El público, en efecto, no se lo perdonó a lo largo de su breve y dubitativa faena.
En conjunto, el peor lote se lo llevó Uceda Leal: un primer toro sin un pase y el otro exactamente con tres. Por inercia, podemos deducir de antemano que un hombre con más de 50 años no está para semejante clase de toros, pero yo no lo veo así. Se salió para fuera fuerte de piernas con el capote, intentó torear aún en circunstancias complicadísimas, cuajó tres milagrosos y fantásticos naturales, con esa elegancia y esa clase que le amparan, a su segundo enemigo, y lo mató de gran estocada tras ser empitonado en el primer intento. Todo un escalafón de veinteañeros no hubiese llegado a tanto. Madrid, 30 años después de su alternativa, lo sacó a saludar con todos los honores.
Cortar una oreja, misión hasta ahora imposible en esta Feria de Otoño, se hizo realidad gracias a doce naturales excelentes y una estocada perfecta —quién lo hubiera dicho en primavera— de Borja Jiménez. Matando así hubiese acumulado este año dos Puertas del Príncipe en Sevilla y una Puerta Grande en Madrid, es decir, sería el triunfador del año con los números en la mano, pero más vale tarde que nunca.
El tercer toro, que fue el otro toro bueno del encierro, cantó su estilo después de picado y Borja Jiménez, que había brindado a Uceda Leal, se dobló con él muy despacio y llevándolo mucho, pudiéndole y acariciándolo a la vez. Se ennegreció entonces el cielo y un viento que anunciaba lluvia amenazó la faena, sobre todo en dos primeras series en redondo en las que el tacto quedó condicionado por la ventolera.
En buen tono, pero sin romper la cosa aún, Borja se echó la muleta a la izquierda y arrastró la mano, toreando con los vuelos en un puñado de naturales de muchísimo nivel, corriendo la mano con un trazo magnífico, primero llevando lejos las embestidas y luego buscando el cite más cruzado y la línea curva. En ambas versiones, intenso y poderoso. Y, como en las dobladas de inicio, sacando a flote ese excelente torero que a veces engarrota la necesidad. Estocada perfecta y oreja de ley para defender su sitio. El sexto fue una pavorosa alimaña de otros tiempos y, hasta que cayó muerto, el espíritu del viejo Victorino pareció asomarse entre las nubes cárdenas de la noche como diciendo: «Aquí estoy yo».