Triste otoño

Una corrida desfondada de Garcigrande imposibilita el triunfo de los toreros. El toreo de capote de Daniel Luque y Borja Jiménez, lo único rescatable de una tarde en la que se cortó la coleta Luis Blázquez.

 

Por Álvaro Acevedo / Foto: Prensa Lances Maestranza

Sevilla. Domingo, 27 de septiembre. 4ª y última de la Feria de San Miguel. “No hay billetes”. Toros de Garcigrande (el 4º como sobrero), en general bien presentados pero que se pararon en el último tercio. Morante de la Puebla, ovación y silencio; Daniel Luque, silencio y ovación; y Borja Jiménez, silencio y silencio.

Se cortó la coleta el banderillero Luis Blázquez.

La tarde venía envuelta en una atmósfera melancólica, tristona. El cielo brumoso anunciaba el otoño, que es cuando se empieza a acabar el año, y Morante había dicho al salir del hotel que el año que viene Dios dirá si sigue o no sigue. Era también la última corrida de la temporada en Sevilla, y en ella se retiraba Luis Blázquez, un torero de plata siempre en su sitio, dentro y fuera de la plaza. Además, venía una corrida de Garcigrande, excelente ganadería que lleva unos meses malos. Si en otoño se caen las hojas de los árboles, a los toros de Justo Hernández se les estaban rompiendo los cuernos con una frecuencia extraña. Esta vez los cuernos se quedaron en su sitio, pero la corrida se paró entera evidenciando una clamorosa falta de fondo físico.

No hubo uno que se salvara de esta escasez de motor. Los bien y los mal picados, los bravos y los mansurrones, los nobles y los ásperos. Algunos salían con pies, pero pasado el fielato del picador duraban diez pases. Sólo hubo uno que se movió más, y mejor que no lo hubiera hecho. Fue el tercero, un toro sin fijeza que se arrancaba de largo y que luego se salía de la muleta, dejando descolocado al torero. Cuando Borja Jiménez, su matador, quería cruzarse con él, éste se le arrancaba cogiéndolo siempre con la muleta retrasada. Un incordio de toro que dio ruido de principio a fin.

Ya la tarde iba sospechosamente mal a esas alturas. Morante le dio unos ayudados excelentes al que abrió plaza, muy asentado de plantas, muy rondeño, y dos series en redondo acompasadas y bonitas. Hasta ahí duró el toro, creíamos que quizá por ser picado en mal sitio, pero el tiempo se encargaría de demostrarnos que no era esa la razón. Porque por ejemplo el segundo, muy medido en varas, también se agotó; y el quinto, burraco, fuerte, precioso, también poco castigado por orden de su lidiador, duró una docena de muletazos. Con ambos Daniel Luque anduvo fácil, templadísimo, con una superioridad demasiado evidente, tan a gusto en la media distancia como en la corta. Los mató limpiamente, haciendo bien la suerte, pero él venía a otra cosa.

En los primeros tercios de estos toros se había visto lo mejor de la tarde. Los bonitos lances de Luque a su primero, casi sin sacar los brazos, el quite posterior por cordobinas, la última totalmente circular; y en el quinto el quite por rufinas, homenaje a su padre, con medio capote y soltando una punta del mismo. Le salieron bordados, y también las intervenciones en su turno de Borja Jiménez, una por perfectas chicuelinas y otra, por limpios delantales. Ambas, abrochadas con medias verónicas excelentes.

El cuarto toro andaba mal de la vista y Morante se encargó de advertir a las autoridades, así que fue devuelto. Esto también es mandar en la Fiesta, porque el noventa por ciento del escalafón se lo hubiera tenido que comer con papas. Peor fue el remedio que la enfermedad, porque el sobrero dio guerra en todos los tercios y en la muleta no fue peor porque el maestro había ordenado al picador que le bajara los humos, así que le dieron a base de bien.

Como cierre de este fiasco, el bonito sexto se echó repentinamente cuando Borja Jiménez lo toreaba elegante y templado con la derecha. El corte de coleta de Luis Blázquez, de manos de su hijo y con todos sus compañeros de oro y plata haciéndole las palmas, fue lo más emotivo, entrañable y hermoso de esta tarde gris de otoño que me recordó a aquellos petardos de otras épocas, cuando no embestía ni un toro y muchos que hoy afirman ser morantistas, preferían a Manzanares y le llamaban ratero al maestro. A ver si abren ya la veda y por lo menos nos echamos al campo…

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