Viva Sevilla…
Puerta del Príncipe para un sublime e inspiradísimo Pablo Aguado. Sendas orejas para Emilio de Justo y Roca Rey. Extraordinaria corrida de Jandilla.
Por Álvaro Acevedo / Foto: Prensa Lances Maestranza
Sevilla. Sábado, 26 de septiembre. 3ª de la Feria de San Miguel. “No hay billetes” en tarde de calor infernal. Toros de Jandilla, preciosos de hechuras y de excelente juego, destacando el excepcional 5º por encima de todos. Emilio de Justo, oreja y ovación; Roca Rey, silencio y oreja; y Pablo Aguado, dos orejas y oreja tras dos avisos.
Saludaron en banderillas Agustín de Espartinas, Fernando Sánchez e Iván García.
Ya sabéis que Sevilla, que es la ciudad de la gracia, una vez parió a un torero que se llama Pablo Aguado, y siete años después de aquel bautizo celebrado un 10 de mayo de 2019, que fue viernes, se ha vestido muy bien vestida porque el niño hacía la Comunión, también en la Maestranza. La misa en el mismo templo y el vino del mismo odre, esa casa de Jandilla donde el toro se cría bonito y con templada bravura. Una pintura de corrida con la que Pablo Aguado dibujó el toreo.
Derecho como una vela pero flexible como un junco toreó en su faena al tercer toro, medida, armoniosa, de primor. Unos breves ramilletes de redondos que parecían de terciopelo, un circular acunando al toro muy lento y una antología de cositas con el ángel de los que tienen el don. Hazle cositas, se le decía antes por aquí abajo a los toreros con soniquete, y Pablo sí que se las hizo: la trinchera breve pero honda; el molinete invertido como el que baila por sevillanas; los pases a la antigua de pitón a pitón; el ayudado muy lento, casi moribundo; el pase muy torero de la firma; y un kikirikí mágico convertido en molinete que estremeció a la Maestranza. ¿Toreaba Pablo o acaso lo hacía la Giralda? Apenas veinte pinturas y una estocada en el sitio bastaron para cortar las dos orejas, y el Baratillo pidió que pasara pronto el tiempo hasta el sexto de la tarde, aunque un quite por lances de seda en el turno de un compañero nos recordó de nuevo lo hermoso que puede ser el toreo.
Con los cerrojos de la Puerta del Príncipe ya cogiendo holgura, la sublime obra de arte consumada frente a ese castaño albardao que cerró esta tarde histórica pasará a los anales de la Maestranza. No preguntadme qué pasó en los otros toros porque yo tiré la libreta y de lo demás ya no me acuerdo. De aquel niño de Sevilla, que anduvo por la plaza con la inspiración, torería y valor de los elegidos, anunciando que habrá un antes y un después en su vida torera tras esta apoteosis de belleza.
Un arranque oliendo a torero caro abrochado con pase de pecho a ralentí; unos redondos cadenciosos rematados con tres inesperados pases rodilla en tierra; unos naturales a pies juntos con el perfume de San Bernardo que fueron gloria bendita; unas muñecas antiguas en cada adorno de repeluco; y el pasodoble metiéndose en el corazón de los aficionados antes de los últimos pases con la derecha, ya fundidos toro y torero en el ruedo del Arenal. Y el cambio de mano dejando clavado al toro con la Maestranza subiéndose por las paredes. Tras estocada en lo alto que no bastó esta vez, el templo se negó a despertar del sueño, llenándose entero de pañuelos para llevarse a su príncipe a hombros Guadalquivir arriba. Gritaban Viva Pablo Aguado, que es lo mismo que gritar Viva Sevilla.