BORJA HONRA A MORANTE
Morante de la Puebla, herido muy grave en su segundo toro tras una faena deliciosa en el que abrió plaza. Tarde pletórica de Borja Jiménez, que cortó dos orejas pero perdió otras tres y una nueva Puerta del Príncipe por la espada. Excelente corrida de Matilla, con cinco toros de triunfo.
Por Álvaro Acevedo / Fotos: Mauricio Berho
Sevilla. Lunes, 20 de abril. “No hay billetes”. 6 toros de Hermanos García Jiménez. Excepto el sobrero 5º, de gran juego. Morante de la Puebla, oreja y herido; Borja Jiménez, oreja, vuelta al ruedo y oreja con petición de otra, saliendo a hombros por la Puerta de Cuadrillas; y Tomás Rufo, silencio en su lote. Parte médico de Morante: cornada en margen anal posterior con trayectoria de unos 10 cms, lesionando musculatura esfinteriana anal y con perforación en cara posterior del recto de 1,5 cms. Pronóstico muy grave.
El cielo se cubrió de una bruma densa cuando el cuarto toro de la tarde, el más enrazado de una sensacional corrida de Matilla, no obedeció a Morante y lo empitonó por el pecho, corneándolo después a la altura del glúteo. Mientras se lo llevaban a la enfermería, un silencio con aires de lamento recorrió la plaza.
Había ofrecido el maestro un recital de naturalidad y conocimientos durante la lidia del toro que abrió la tarde. Lances con el capote arriba para no molestar su galope suave, luego unas chicuelinas recortadas con medio vuelo, casi intuidas, y tras el tercio de varas, dos quites: uno por lances profundos; otro, por las gaoneras más lentas de la historia, cargando además la suerte. Todo lo que toca el Genio lo convierte en una maravilla.
Con la muleta no hubo un atisbo de violencia, ni una mala voz. Se ayudó primero rodilla en tierra y luego ya acompañó la embestida con la cintura en un toreo exquisito, preclaro y armonioso, sin hacer daño. Como flotando en la arena, Morante dibujó una delicia tras otra: redondos a medio compás; naturales de muñecas lentas; un pase de las flores ligado con circular; y unos pases con la izquierda a pies juntos enormes antes de la estocada final, atracándose de toro y saliendo del choque con la taleguilla rota y una oreja con petición de otra. El mismo presidente que el otro día le regaló la segunda oreja, hoy se la negó pese a haber hecho méritos sobrados para conquistarla. A eso se le llama no acertar ni queriendo.
No exagero si afirmo que, en su turno de quites, Borja Jiménez se había jugado la tarde: si aquellas chicuelinas rematadas con media verónica no le salen como le salieron, perfectas, lo mandan para Espartinas en el autobús de línea. Después de la osadía de competir con el maestro, su faena al primer toro de su lote, terciado, chorreao, de excelente embestida, fue un prodigio de torería y exactitud. Le cogió el ritmo al toro desde el inicio a una mano, con trincherazos y pases con la diestra ganando terreno, gustándose, para pulsearlo después con la figura erguida, acompañando primorosamente la embestida, y rompiéndose más en los de pecho, de pitón a rabo. Variado, con temple, incluso artista, toreó con la cintura sin menoscabo de su mando, y la última tanda, con la mano izquierda y rematada detrás de la cadera, fue fantástica, y abrochada con varios cambios de mano inspiradísimos. Estocada corta desprendida, abrazo con Morante, al que le había brindado su faena, y oreja de ley.
Medido de fuerzas pero de muchísima clase el tercero, se topó con un Tomás Rufo templado pero sin sello, ý que más tarde pasaría con más pena que gloria frente al sobrero que hizo quinto, el más deslucido de una sensacional corrida de García Jiménez.
Volvió a la carga antes de lo previsto Borja Jiménez teniéndose que hacer cargo del bravo toro castaño que había herido a Morante. Cuando se anunció el tercio definitivo, la afición dividía su preocupación entre el estado de José Antonio y la casta de un toro que por el pitón izquierdo era duro de pelar. Dejó Borja la montera junto a la puerta de la enfermería y rindió honores al maestro desde los primeros derechazos con las dos rodillas en tierra para marcar su territorio. Y ya en pie, una faena tremenda, de una intensidad asfixiante, fruto del choque entre un toro con raza y un torero de verdad. Girando sobre sus pies sin ceder terreno, ligó con precisión matemática y la mano muy baja un par de tandas diestras magníficas. Eran poderosas pero sin retorcerse, de forma que al mando y al sometimiento le acompañaba la veta estética, algo perdida en su tarde de los victorinos, magnífica pero superada por ésta de hoy.
Menos redondo pero incluso más meritorio fue su único intento de toreo al natural, aguantando y tirando del toro con valor y entrega, y otra vez para abrochar a lo grande su faena, una última tanda colosal en redondo, enroscándose el toro en su cintura con muletazos lentos y profundos, exprimiendo hasta el límite la sangre brava de su oponente. Pinchó dos veces Borja una faena (otra más) de Puerta del Príncipe, entrando como últimamente insiste, no solamente de largo, sino además en la suerte contraria y bastante cerrado en tablas. Lo contrario, o sea, de lo que dicen los cánones y el sentido común siempre, pero mucho más cuando enfrente hay un toro bravo.
Poco después, y ya cayendo la tarde, el rubio de Espartinas cruzó el ruedo buscando la puerta de chiqueros, y de rodillas saludó al muy serio sexto toro con una larga cambiada, lo lanceó luego de rodillas en los medios, y se levantó para rematar los lances con una larga espartaquista.
Sonó en su honor la música con el capote y luego también con la muleta. Tres pases cambiados por la espalda, el primero de verdadero escalofrío, pusieron a hervir los tendidos, ya entregados con un torero que se ha ido ganando a la afición minuto a minuto en dos tardes en las que ha salido con el compromiso y la determinación a la que obliga esta profesión y esta plaza, a diferencia de muchos de sus compañeros.
Sobrado, dispuesto y capaz, templó las embestidas de un toro que embestía a saltos, muy rebrincado, pero al que le fue casi imposible enganchar la muleta de este Borja Jiménez arrollador, en figura del toreo. Primero en redondos limpios y de muleta planchada, y después por naturales preciosos, casi a pies juntos y el torso muy derecho, rindió de nuevo a una afición que celebraba su colosal actuación presta a sacarlo por la Puerta del Príncipe. Una estocada corta y defectuosa entrando en los mismos terrenos y a la misma distancia volvió a privarle de la gloria, pero se lo llevaron a hombros por la Puerta de Cuadrillas con dos orejas que pudieron ser cinco. Fue la tarde en la que Borja Jiménez dio al fin en Sevilla la dimensión de verdadera figura del toreo. Sólo así se podía honrar al mejor torero de la historia. Ponte bueno, maestro.