Triunfo legítimo de Mariscal Ruiz

El novillero sevillano le cortó la oreja a un novillo bravo y noble de Murteira Grave. Vuelta tras petición para un valeroso Gonzalo Capdevilla y muy buenos naturales de Uceda Vargas.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Maurice Berho

Sevilla. Domingo, 17 de mayo. Un tercio de entrada. 6 novillos de Murteira Grave, muy bien presentados y que en general pecaron de poca movilidad excepto el 6º, bravo, noble y alegre. El 4º tuvo clase. Uceda Vargas, silencio y ovación: Gonzalo Capdevilla, vuelta tras petición y silencio; y Mariscal Ruiz, silencio y oreja.

A punto de salir el sexto, la tarde parecía condenada. Los novilleros ponían toda la voluntad del mundo, pero no les daba para triunfar. Pesaban ya las dos horas largas de festejo, con unos utreros de Murteira Grave sin malas intenciones pero que se estaban parando mucho.

El cuarto incluso había tenido clase, virtud que aprovechó Uceda Vargas para dibujar naturales limpios y largos, con las plantas muy asentadas y un trazo mandón. Pero la faena no rompió porque al animal le costaba repetir las embestidas y las series se frustraban a la hora del remate. Una lástima: la calidad del novillo con un poquito más de alegría hubiera servido en bandeja el triunfo a un Uceda Vargas que, en cualquier caso, gustó por su excelente manejo de la mano izquierda.

Había dado una vuelta al ruedo tras petición de sus partidarios el espigadísimo Gonzalo Capdevilla por su afanoso y entregado trabajo ante el primero de su lote. La decisión no se le puede negar al gaditano, que lo intentó de todas las formas posibles no sólo en este ejemplar, sino también en el burraco que hizo quinto. El escaso acople de sus faenas lo suplió con mucha raza y unas tremendas ganas de ser torero, llevándose además una voltereta espantosa en una manoletina.

No había estado afortunado Mariscal Ruiz en el manejo de la espada tras su discreta faena al tercero de la tarde, pero se desquitó con creces frente al sexto, un novillo que tuvo, además de nobleza, la alegría y transmisión que le faltó a sus hermanos. Juraría que Mariscal supera el uno noventa, pero toreó tan ajustado, derecho y acoplado, que en ningún momento de su excelente faena se vio desgarbado. Muy quieto y bien colocado, cuajó varias series de excelentes derechazos, ejecutando un toreo ligado y en redondo de notable nivel. En un natural resultó empitonado de forma dramática, pero su reacción fue magnífica, volviendo a la carga con idéntica disposición y acoplamiento, para cuajar una gran serie final antes de una estocada hasta la mano. Cortó una oreja absolutamente merecida, poniendo un brillante broche a un festejo que se había puesto cuesta arriba.

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