Memorable obra de arte de Diego Urdiales
El torero riojano abre la Puerta Grande tras sublimar el toreo de capote y muleta. Faena imaginativa de Talavante y naturales de muchos quilates de Fabio Jiménez, ambos premiados con una oreja. Dos grandes toros de Domingo Hernández.
Por Álvaro Acevedo / Foto: BMF Toros
Logroño. Martes, 22 de septiembre. 3ª de feria. Dos tercios de entrada. Corrida Concurso. Toros de Garcigrande, encastado; Matilla, difícil; La Ventana del Puerto, bravo y noble; Domingo Hernández (4º y 5º), excelentes; y Carmen Lorenzo, noblote y soso. Diego Urdiales, silencio y dos orejas. Salió a hombros; Alejandro Talavante, leves pitos y oreja con fuerte petición de la segunda; y Fabio Jiménez, oreja con petición de otra y palmas.
Por segunda tarde consecutiva, la afición sacó a saludar a su torero, que repetía en Logroño para hacer olvidar a Morante de la Puebla. Y en efecto, cuando torea Diego Urdiales nada es imposible.
Como antesala de la obra de arte que consumó frente al cuarto toro, una faena de menos a más frente al que abrió plaza, de Garcigrande, bravo en el caballo y en la muleta, al que sometió por el único pitón bueno, el derecho, hasta terminar reduciendo su ímpetu en dos series mandonas, sometedoras, de mucha enjundia. Pinchó tres veces porque hasta el mejor escribiente echa un borrón, y aguardó su nuevo turno viendo torear a sus compañeros de terna.
Nada a Talavante porque no tuvo un pase el de Matilla tras correr turno porque el de Alcurrucén fue devuelto… ¡por manso! Y mucho y bien a Fabio Jiménez, un torero de un clasicismo impropio para su juventud. Blandeó de salida el toro de La Ventana del Puerto, fuerte, de un trapío impecable, pero como era bravo se vino arriba en la muleta. Fabio comenzó con buen aire en redondo, pero cuando marcó distancias fue con su mano izquierda. Merced a una colocación inmaculada y a un trazo excelente, dibujó varias series de altísimos vuelos, con algún enganchón inicial por querer torear más despacio de lo que embestía su enemigo hasta que le impuso su velocidad. Fue entonces cuando desgranó naturales limpios, lentos, con un embroque de muchísima clase, volándole la muleta suave y con una hondura natural deslumbrante. Tras pinchazo y estocada, cortó una oreja de ley.
Pero Urdiales no iba a permitir que el nuevo torero de la tierra le mojara la oreja, así que la apoteosis comenzó nada más salir el cuarto toro, uno de Domingo Hernández que derrochó calidad, sí, pero que cayó en buenas manos. Mecidas las verónicas de recibo (este torero pega más lances buenos en una tarde que otros en toda la temporada), las del quite fueron ya de deleite, armónicas y con enjundia, meciendo ese capote que en sus manos parecía de seda.
No quedó ahí el delirio, porque con la muleta Diego consumó una auténtica sinfonía de toreo. Una obra de arte a golpe de corazón, es decir, con el sentimiento por delante, ejecutando las suertes medulares (el natural y el redondo) con la plomada que emana del toreo clásico, enroscándose el toro en torno a su cintura con ese codilleo que en los toreros malos es defecto, y en los buenos es virtud. Sobrado de compás, acompañando la embestida con todo el cuerpo, clavado el mentón en el pecho y marcándole el ritmo al toro con las yemas de los dedos, se emborrachó de toreo y nos emborracharemos todos celebrándolo esta noche, porque a La Rioja no va a venir uno a beber agua. Mató el maestro de volapié hasta la mano, le dieron las dos orejas e imagino que aún lo estarán paseando a hombros por las calles de Logroño.
No acabó ahí la tarde, pero es cierto que cuando se torea de esa manera siempre es mejor que llueva, se abra la cubierta y se suspenda lo que sea. El sobrero que dejó Talavante para el quinto turno, otro excelso ejemplar de Domingo Hernández, sirvió para que el extremeño planteara una de típicas faenas resueltas y comunicativas. Yo ya lo tengo calado: cuando alterna con toreros vulgares torea con esa clase que le sobra, pero si llega por ejemplo un Urdiales como el de hoy y le cuaja un toro por delante, entonces se convierte en una especie de prestidigitador. O sea, ataca por otro palo. Desde el arranque muletero con pases de rodillas por la espalda, le hizo al toro todo lo que quiso, cuando y como le dio la gana. Variado, inteligente, fácil, imaginativo, sencillamente a placer, enloqueció a los tendidos con una faena redonda pero que a mí no se me pegó al riñón. Un pinchazo antes de estocada recibiendo provocó que el palco le negara el doble trofeo.
Para cerrar esta corrida concurso que de concurso tuvo poco y de toreo tuvo mucho, un zambombo del Capea con más de 600 kilos, noblote y algo apagado, nos permitió contemplar de nuevo el toreo frágil y luminoso de un Fabio Jiménez que, con ese corte de torero, si antes o temprano no funciona en esto será porque no le dé la gana. Lo digo porque perdió la oreja tras siete golpes de descabello perpetrados con la misma fuerza del que pincha una aceituna con un palillo de dientes. Este muchacho parece a veces necesitar una transfusión de sangre.