Daniel Luque: Bilbao se lo debía
Gran tarde del torero de Gerena, que corta dos orejas que debieron ser tres. Media docena de naturales cumbres de Morante de la Puebla. Esfuerzo de Borja Jiménez con el lote más complejo de la tarde.
Por Álvaro Acevedo / Foto: Aritz Arambarri
Bilbao. Sábado, 29 de agosto. Última de las Corridas Generales. Casi lleno. 6 toros de Garcigrande (el 6º como sobrero), desiguales de presentación y juego. Morante de la Puebla, ovación y división de opiniones; Daniel Luque, oreja y oreja con fuerte petición de la segunda y dos vueltas al ruedo; y Borja Jiménez, ovación en su lote.
Llegados al ecuador de la tarde, tres faenas de peso habían acontecido en la arena negra de Bilbao. La de Morante, mágica; la de Daniel Luque, magistral; e intensa la de Borja Jiménez.
La del maestro de la Puebla tornó las lanzas en cañas. Cambiado el toro con dos puyazos recibió hasta cuatro por la impericia no sé si adrede de la cuadrilla; a lo que hemos de sumar que se banderilleó con rehiletes rojigualdas, pues ya sabemos que Morante no es hombre de hacer amigos ficticios por la vida. Pero seis naturales inconmensurables pusieron la plaza del revés, de una pureza, un poso, una hondura y una despaciosidad estremecedora. Fueron los seis naturales de la Semana Grande.
La de Borja fue de toma y daca al tercero bis, tras correrse turno por partirse el primero de su lote los dos pitones contra el peto. Muy serio e incomprensiblemente protestado por su presencia, tuvo motor y raza y embistió muchísimo, a veces atosigando al torero. El de Espartinas se despatarró para torearlo con la mano baja, intentando someter a su enemigo, y lo consiguió en muchos momentos, pero cada vez que parecía tenerlo en su poder, el de Garcigrande se le subía a las barbas, porque no sólo repetía, sino que lo hacía reponiendo y sin terminar de salir de los vuelos de la muleta. La faena no fue perfecta pero tuvo momentos de mucha verdad y una entrega y tensión continuas.
En medio de ambas, una de proverbial sabiduría firmada por Daniel Luque. Tan aquerenciado como noble el segundo toro, el de Gerena ni se molestó en sacarlo de su terreno, y un listo le reprochó desde el tendido que estaba toreando donde el toro quería. Y tanto… Cómodo el toro y sobrado el torero, la faena fue un dechado de temple y dominio de los terrenos. Con una facilidad absoluta, Daniel toreó a placer en muletazos cadenciosos a favor y en contra de la querencia del toro, que seguía con ritmo la muleta de Luque, que más que muleta parecía un imán. Faena inusual, preclara, inspirada y limpia, rematada de estocada hasta la mano. Cortó una merecida oreja, premio que perdieron Morante y Borja Jiménez por marrar con los aceros.
En el segundo tramo de la tarde Luque se desmarcó definitivamente para hacerse amo de la tarde. Morante no había medido en el caballo a su segundo, que si ya salió agarrado al piso desde la primera carrera, mucho peor se quedó tras dos puyazos largos que no venían a cuento. Se dividieron las opiniones. Y ya al final de la tarde, Borja Jiménez se empleó a fondo con el sobrero que dejaron para cerrar feria, un toro de embestida seca que derrotaba con mal estilo, y con el que el de Espartinas hizo un esfuerzo notable, hasta ver cómo su oponente se rajaba al conseguir someterlo en una poderosa tanda. Le reconocieron el mérito con una sonora ovación.
Daniel en cambio le cortó una oreja al quinto y bien que mereció las dos. Su cúmulo de aciertos comenzó de capote, toreando con facilidad, templanza y variedad. Aseguraría que hizo un quite nunca visto, cogiendo el capote por la esclavina y una punta para soltar la mano de dentro en lances alternos por cada pitón. Brindó luego, en un detalle de hombre cabal, a los monosabios compañeros del herido la tarde anterior, y desde luego que hizo honor al brindis. Daniel toreó con gustó y armonía en redondo y por naturales, con muletazos de gran embroque, siempre procurando la ligazón, sobrado de técnica pero sin frialdad, llegando con fuerza a la gente. Estuvo sembrado Luque hasta cuando mandó callar a un aficionado que gritó aquello de “aprende Morante”.
Con su excelente faena además se cobraba deudas pendientes en una plaza donde, por las sucias jugarretas que a veces se urden en los despachos, casi nunca se le había dado el sitio que su intachable trayectoria había merecido. Tras una estocada hasta la mano, la fortísima petición del doble trofeo no fue atendida por el presidente, negándosele así la Puerta Grande que con tanto magisterio se había ganado.