Faenas sin mensaje, igual a tardes sin gloria

Sólo Román es capaz de llegar al público frente a un noble encierro de La Quinta. El valenciano cortó la única oreja de la tarde y Rufo no redondeó con un toro de nota alta.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Aritz Arambarri

Bilbao. Miércoles, 26 de agosto.  3ª de las Corridas Generales. 1/3 de entrada. 6 toros de La Quinta, de excelente presentación y nobles excepto el inservible primero. Destacaron 2° y 6°. Emilio de Justo, silencio y ovación; Román, oreja y ovación; y Tomás Rufo, silencio y ovación.

Estos toros de La Quinta, cuando salen nobles y suaves, necesitan toreros sobrados de empaque y además de muchos conocimientos. O sea, desde un punto de vista estético y técnico han de armonizar su expresión y pulso al temple del toro, además de dominar las distancias, el trazo y las alturas. Manzanares padre era un privilegiado en todos estos conceptos. Si exceptuamos al primero de la tarde, con una escandalosa carencia de celo y muy incómodo de matar, el resto se dejó pegar trescientas docenas de pases. ¿Decían poco? Quizá algunos, pero los toreros dijeron menos.

A falta de calidad artística, el temple y el compás son unos aliados perfectos para estas situaciones. Cuando no se puede torear obligado hay que acompañar las embestidas, acariciarlas, si es preciso sin bajar la mano. Pero hay que ser muy buen torero para torear (bien) a media altura. Ya hemos reseñado la imposibilidad de hacer faena por parte de Emilio de Justo al toro que abrió plaza, pero el cuarto derrochó nobleza perdiendo un poquito el celo en el último tramo de cada muletazo. El extremeño estuvo bien pero un punto tenso. Cuando ralentizó los pases y acompasó su pulso a las embestidas del cárdeno, aquello fue otra historia. O sea, cuando no tuvo tanta prisa en acabar el muletazo.

En general a las faenas les sobró metraje y les faltó mensaje. Esto fue evidente en el caso de Tomás Rufo, alcanzando proporciones escandalosas en el toro que cerró plaza. Si su primero fue más sosito y acometió suavón pero un poquito a su aire, en el sexto no tiene disculpa. Este último fue un toro notable y franco por los dos pitones al que Rufo toreó correcto y algo mecánico, con buen trazo pero adocenado. Por momentos su faena pareció venirse arriba, pero la de Bilbao, aunque a veces se despiste, es una afición seria que no traga con cualquier cosa. La faena de Rufo fue corriente, toreó mucho y dijo poco.

He aquí la clave del toreo, el artista tiene que decir algo, transmitir al público lo que expresa frente al toro. Román eso lo hace mejor pese a que su toreo no derroche clase. Pero cuando está en vena vive lo que hace, lo siente, y eso llega al espectador. Su primero fue un toro muy claro y además con el puntito de carbón que en general no tuvieron sus hermanos. El valenciano lo toreó limpio, ligado, mandón, dispuesto y un poco ligero. Más por el derecho y demasiado poco por el izquierdo, principal pega de su acoplada labor. La estocada fue de libro, y la oreja concedida, sin discusión atendiendo a la reacción del público. Con el quinto, muy toreable, muleteó fácil, sin apreturas, en una faena funcionarial, carente de expresión. En realidad, la tónica de la tarde aunque él más o menos la rompiera en su primer turno.

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