Un torero de otro tiempo
Inenarrable obra de Morante de la Puebla, premiada con una ridícula oreja. Roca Rey y David de Miranda salen por la Puerta Grande tras repartirse nada menos que cinco trofeos.
Por Álvaro Acevedo / Foto: Tauroemoción
Málaga. Sábado, 22 de agosto. Corida del 150 Aniversario. “No hay billetes”. 3 toros de Torrealta (1º, 2º y 6º); 2 de Garcigrande (4º y 5º); y uno de Núñez del Cuvillo. El mejor fue el 2º. Morante de la Puebla, ovación y oreja; Roca Rey, oreja y dos orejas; y David de Miranda, dos orejas y palmas tras aviso.
Roca Rey y David de Miranda salieron a hombros.
Entre los dos primeros toros de la tarde, ambos de Torrealta, medió un abismo. El primero fue bronco y por el pitón izquierdo se metía por dentro. Ni ante ese tipo de toros pierde ahora la calma Morante, que tardó poco en ponerse en el sitio y darle tres series de redondos casi sin enmendarse. Al torearlo por bajo llegó incluso a atemperarlo, pero cuando arrancó la música se estaba yendo a por la espada de matar. Lógico: fue un toro fiero y una faena a la antigua, intensa y breve. La gente se quedó con ganas de más, pero Morante había dado los pases exactos.
El siguiente, castaño, tuvo muchísima clase, y con él comenzaron a competir en quites Roca Rey y David de Miranda. Éste por tafalleras y el peruano por saltilleras, muy aplaudidos ambos porque sobre gustos no hay nada escrito. La faena de Roca Rey fue impecable. Un comienzo temerario de rodillas y cuatro tandas de toreo limpio, largo y ligado. Tres fueron en redondo y una por naturales, desplegando su poderío, un dominio apabullante ante un toro de dulce. Látigo frente a seda, aunque no fuese necesario. Luego, el arrimón a toro ya acobardado y una oreja tras pinchazo y estocada, ambas veces sin hacer la cruz.
Un remiendo de Cuvillo completaba esta corrida anunciada como de tres y tres, siendo Garcigrande la otra divisa titular. El jabonero de "El Grullo" embistió muy franco y David de Miranda lo paró por delantales y le hizo luego un quite por gaoneras magnífico, despacioso y casi sin sacar los brazos, ligándolo además a unas brionesas preciosas, verdaderos naturales con el capote a una mano.
Arrancó David su faena con el cartucho de pescao, engarzado a unos naturales a pies juntos con la figura erguida y cimbreando la cintura. Desde un punto de vista estético, creo que es el estilo que mejor encaja a su figura y condiciones, porque se le ve más esbelto y armonioso. Después de esa gran serie, toreó ya con el compás más abierto, llevando bien a su oponente, sin dejarse tocar la muleta. Cerró con unas bernadinas y rubricó de inapelable volapié que le valió las orejas.
Unos lances de mucho arte y mucho compás con ese capote que no pesa saludaron al cuarto toro de la tarde, uno de Garcigrande de mala vista (cada vez queda menos materia prima en el campo) pero que apuntó cosas muy buenas. Sus compañeros sumaban ya tres orejas, pero cada vez que sale Morante aquello es otro mundo. Galleó casi bailando por chicuelinas, destroncó al toro con más lances de capa que eran pureza y a la vez enjundia, y luego consumó una faena de muleta que fue estremecedora.
Sin querer sacar los brazos de su cuerpo, siempre metido en el terreno de su enemigo, ejecutó el toreo como sólo él es capaz de hacerlo. Asentado de plantas y con los riñones metidos ligó sin moverse una tanda en redondo profunda y lenta antes de emborracharse toreando por naturales, que fueron suaves y rítmicos, acompasados con la cintura y el pecho, dibujados al son despacioso de su muñeca izquierda, rematados detrás de la cadera. Inconmensurables. Y tan abandonado el maestro como si fuese la última vez. Y así, con el toro haciendo hilo y Morante poniéndole los muslos por delante, el de Garcigrande se lo echó a los lomos primero y en el suelo se ensañó contra su cuerpo, buscándole el corazón con los pitones.
Maltrecho pero impasible tras el milagro de haber salido indemne, volvió el torero a jugarse la vida en la serie final ahora en redondo, dramática y bella, con la hondura de los elegidos, y sin que cupiera entre toro y torero ni el aire de La Malagueta. Desplantado el maestro frente al burel, se sacó el pañuelo de la chaquetilla, se quitó con él el albero de la cara y se lo volvió a guardar en la pechera, antes de despenar a su enemigo de una estocada magistral. Le dieron por aquel monumento al arte de torear, por aquel derroche de pureza, valor y duende, una apestosa y ridícula oreja. En 150 años no se había visto aquí torear de esa manera.
Después de aquello, a los gladiadores Roca Rey y David de Miranda sólo les quedaba comerse a sus otros toros, y eso fue lo que hicieron. Faena por las bravas y también por las malas de Roca Rey en el quinto, concluida con un arrimón bestial; y otro arrimón de David de Miranda en el sexto, con voltereta incluida tras rematar con el pase de pecho unas manoletinas. Dos orejas le dieron a Roca Rey en uno; y nada al onubense en el sexto por pinchar. En total, cinco orejas entre ambos antes de salir a hombros. Morante ha nacido en un tiempo equivocado. Yo, también.