La corrida del siglo

Fortes torea por naturales al primero de su lote.

Memorable faena de Fortes y tremenda tarde de Emilio de Justo. Gesta heroica de Manuel Escribano. Otra cumbre ganadera de Victorino Martín.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Tauroemoción

Málaga. Viernes, 21 de agosto. Más de tres cuartos de entrada. 6 toros de Victorino Martín, de impecable presencia, bravos, emocionantes, algunos muy nobles. El 4º, de enorme clase, fue premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre. Manuel Escribano, ovación y oreja; Emilio de Justo, vuelta al ruedo tras petición y dos orejas; y Fortes, dos orejas y ovación.

Emilio de Justo y Fortes salieron a hombros.

Escribano fue herido en su primero, y pidió que se corriera turno matando el segundo de la tarde antes de pasar a la enfermería.

Parte facultativo de Escribano: “Cornada inciso contusa de 15 cm entre musculo tibial anterior, contundido y dislacerado, y gastrocnemio. No se aprecia afectación vasculo nerviosa ni neurológica”.

Transcurrida ya una cuarta parte de la centuria, no es exagerado afirmar que esta de hoy en La Malagueta es, hasta ahora, la corrida del siglo XXI. Lo es porque hubo un torero, Fortes, que sublimó el arte de torear en una faena memorable. Lo es porque otro, Emilio de Justo, se impuso a un lote bravísimo y a un presidente injusto. Lo es porque el tercero en discordia, Manuel Escribano, fue elevado a la categoría de héroe al bañar con sangre una gesta colosal. Y lo es porque la tarde giró en torno a una corrida imponente de la mejor ganadería de nuestro tiempo, la de Victorino Martín.

Cuando Manuel Escribano se encaminó hacia la puerta de toriles para recibir al primero pareció anunciar que ya no habría tregua. En la larga cambiada el toro le pasó rozando el cuello, y en los frenazos a su capote avisó que vendería cara su muerte. Así fue: tobillero y mirón en la muleta, metió en la canasta al torero hasta que lo tuvo a su alcance, agujereándole la pierna a la altura de la espinilla con la limpieza de un bisturí. Sin mirar cómo le sangraba la herida siguió toreando serio y capaz, y después de cobrarse la venganza a espadas, pidió que se corriera turno para que el echaran el segundo de su lote antes de irse a la enfermería.

Lo hizo por su propio pie, pero después de cortar una oreja por una faena templada y a la vez heroica a ese segundo toro de su lote, llevándolo con mando y dominio mientras le chorreaba la sangre. Ni un gesto de dolor, ni una lágrima, ni una queja. Escribano no sólo consumó una gesta heroica, sino que además lo hizo sin una pizca de teatro, sabiendo que ese era ni más ni menos que su deber. He aquí el ejemplo más flagrante de lo que es la vergüenza torera.

En el palco debieron aflorar a la vez los dos pañuelos después de la gran estocada con la que mató al toro, pues Manuel merecía el reconocimiento simbólico de la Puerta Grande, honor que sí alcanzaron Emilio de Justo y Fortes, rindiendo así honores a su compañero herido.

El extremeño, tras dos faenas plenas de aguante y pasión a sendos toros humilladores, más templado uno, con más carbón el otro, los dos bravos pero reacios a desplazarse un centímetro más allá de los vuelos de la muleta. De manera increíble le sabotearon desde el palco su primera obra, entregada, intensa, rubricada de un colosal volapié. Pero ya no pudieron hacerlo tras la pugna bravía que libró frente al quinto, siempre con la verdad por bandera, plena de aguante y hondura, ganada a pulso con un mérito admirable, rubricada con una serie de naturales con la mano derecha clamorosa. La plaza entera se rindió al extremeño, que conquistó dos orejas de ley.

Otras dos y la vuelta al ruedo al toro fue el balance de la obra cumbre del festejo, firmada por Fortes ante un toro de Victorino Martín de un ritmo templado maravilloso, de una calidad fuera de lo común. Fortes, embraguetado y radicalmente puro, lo toreó con majestad y poso, con la muleta tersa dibujando un toreo profundo, arrebujado con el toro pero a la vez limpio, dramático pero sutil.

La clase de sus naturales fue embriagadora, pero dos tandas de redondos descomunales para cerrar su apoteósica faena alcanzaron una dimensión colosal, fundidas en ella Ronda y el palo más hondo de Triana. Ordóñez y Belmonte. Un trincherazo mágico terminó por sacudir la plaza, y tras morir el toro y ser arrastrado en póstuma vuelta al ruedo, este torero serio que no sabe mentir recibió las orejas agotado de pureza, exhausto de gloria. En el sexto se rompió la magia, pero no lo suficiente para dejar de catalogar a esta tarde memorable como la corrida de lo que va de siglo.

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Galería de la corrida de Victorino Martín en Malaga.

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