Lío gordo de Borja, quietud de Miranda y otra maravilla de Morante

Natural de Borja Jiménez al quinto toro de la tarde.

Redonda actuación de Borja Jiménez, a hombros pese a pinchar a sus dos toros. Le acompañó en la Puerta Grande un estoico David de Miranda. Colosal faena de Morante al toro más difícil de la tarde.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Aritz Arambarri

El Puerto de Santa María. Domingo, 9 de agosto. "No hay billetes". 6 toros de García Jiménez, desiguales de presencia y juego. El 2º fue excelente. Importante el 6º. Noble y apagado el 5º. Muy complejo el 1º. Morante de la Puebla, oreja y ovación; Borja Jimémez, oreja y oreja; y David de Miranda, dos orejas y oreja.

Borja Jiménez y David de Miranda salieron a hombros.


Para abrir este último acto portuense de Morante de la Puebla, un toro poderoso y encastado de García Jiménez puso a prueba el valor del torero. Lo recibió con lances de capote ampuloso, con mucha enjundia, y tras una lidia costosa por la movilidad atosigante del burel, el maestro cogió la muleta y puso orden. Volcando el peso de su cuerpo en la pierna contraria, un bellísimo toreo a una mano ganando terreno sirvió para sujetar al toro -que correteaba sin orden- y colocarlo fuera de las rayas. Y tras un conato fallido con la mano izquierda por vencerse el toro y estar siempre pendiente del torero, Morante le dio más sitio y lo citó con la diestra.

Si les digo que el profundo de la Puebla arriesgó más en este toro que el resto del escalafón en todo el año, me quedo corto. No es por culpa de los otros, es que más cerca es imposible. Asentado en la arena y sin perder medio centímetro entre el final de un muletazo y el principio del siguiente, tres series de redondos colosales pusieron a hervir la plaza. No fue para menos, porque al nervio del toro respondía el maestro con la absoluta verdad de su toreo, con una ligazón asfixiante, con un ajuste dramático, sin lugar para la más mínima triquiñuela. Sus remates aliviaron el choque: el pase de pecho, el afarolado, el lentísimo cambio de mano... Como había cuentas pendientes por el otro pitón, le puso las femorales y la mano izquierda, por donde el toro desparramaba la vista, y rozándole los alamares en cada suerte, Morante cuajó una tremenda tanda de naturales que olió a cloroformo. Otra serie, ahora por la diestra, fue sensacional, ya fundido con un toro que se lo quería comer pero que siempre se encontraba la muleta por delante y los pies muy quietos. Por pasarse de faena tardó en igualar, y tras una estocada entera, le dieron una ridícula oreja que no reflejaba la dimensión enorme de su obra.

El cierre de su cuarteto de tardes vino a confirmar que la diosa fortuna no se habla con el Genio, porque si en primer turno se llevó el toro más difícil, en cuarto lugar tuvo enfrente una birria. Para colmo, el ambiente quedó enrarecido cuando el toro tiró al caballo y se enceló con él a la altura de la cabeza, creyendo todos que el trance se saldaría con una decapitación. Pasado el susto y viendo Morante que el enemigo era un perfecto inútil, tras algún natural despacioso cogió la espada de matar y puso fin a su breve labor. Recogió la ovación final desde el tercio, mientras aplaudía al público que había llenado cuatro veces seguidas la Plaza Real para verle. Histórico.

Junto al maestro, dos toreros que volvían después de bastante tiempo a esta plaza, y que lo hacían por méritos propios, pues entre ambos currículos sumaban seis salidas a hombros entre Sevilla y Madrid: Borja Jiménez y David de Miranda. Borja debió cortarle las dos orejas a su primero, un gran toro, pero por fallar con la espada el premio se redujo a la mitad. Su obra fue desigual pero tuvo momentos de un nivel altísimo, como la primera serie de la faena, de rodillas, extraordinaria de temple y relajo. Después, un par de tandas de redondos de trazo curvo, ligadas y firmes, una notable con la izquierda, y otra sensacional en redondo, la mejor de todas, de una intensidad notable por la manera de bajar la mano y rematar los muletazos detrás de la cadera. Ahí vibró lá plaza, pero media estocada muy vertical tras pinchazo arriba le impidió asegurar la Puerta Grande.

Sí lo hizo a las primeras de cambio David de Miranda, apoyado en su valor estoico y en el cañón de su brazo derecho cada vez que coge la tizona. La nobleza del tercer toro quedó condicionada por su falta de bravura, así que el triguereño, que había lanceado fácil por delantales y comenzado su faena con un tremendista toreo de rodillas, apenas pudo dibujar una templada tanda de naturales antes de que su oponente se aburriera. Pero como si el toro no embiste, lo hace Miranda, un arrimón apabullante y unas bernadinas finales antes del estoconazo final pusieron lo que le faltó al toro.

Muchos más problemas le planteó el sexto, humillador y con raza, que volteó dramáticamente a Fernando Pereira en banderillas, y que intercaló grandes embestidas con otras en las que se quedó muy por debajo. Aun con embestidas profundas no acabé de verlo, ni por supuesto al torero. Su voluntariosa faena arrancó con un sometedor toreo por bajo, pero luego se sucedió a trompicones, con algún muletazo suelto de mejor acople, pero en general muy incómodo ante los enigmas que le planteó su enemigo, y empeñado siempre en torear muy en línea recta. Tras unas valentísimas manoletinas, también lo tumbó de una estocada que le valió la tercera oreja de su actuación, tras las dos que le dieron en el otro. En la Fiesta siempre ha mandado el pueblo.

En la salida a hombros le acompañó Borja Jiménez, que protagonizó el momento más intenso de la corrida cuando se fue a recibir al quinto toro a portagayola, iniciando así una actuación que enganchó a la afición con una fuerza brutal. Salvado el peligro con una larga cambiada, lanceó en los medios a pies juntos, ligó luego unas caleserinas y cuando remató a una mano, la plaza del Puerto de Santa María era un manicomio mientras sonaba el pasodoble en honor del torero.

Inspirado y a placer galleó por chicuelinas y luego quitó por el mismo palo, rematando con larga cordobesa a cámara lenta. Todo iba sobre ruedas, pues tras el brindis al respetable lo cambió por la espalda tres veces en los medios y convirtió luego lo que parecía un pase de las flores en un circular invertido a ralentí. La plaza seguía a sus pies, y el torero, sabiéndose ya dueño de la situación, se recreó en un toreo despacioso, vendido con parsimonia, acariciando por momentos la embestida dócil pero cada vez más apagada de su oponente. Sólo los tiempos que le dio el torero después de haberlo cuidado en el caballo, y la suavidad con la que condujo las embestidas, hicieron posible que la faena se sostuviese, destacando al final unos naturales de uno en uno prácticamente a placer. Tanto, que después de dos pinchazos, el segundo más hondo, los tendidos se llenaron de pañuelos hasta que se le condedió la oreja que le faltaba para salir a hombros. Genio de la Puebla aparte, si este hombre hubiera matado la mitad de los toros que ha cuajado sería ahora mismo el triunfador provisional de la temporada. Todavía está a tiempo de arreglarlo.

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Galería de la 4º corrida del Puerto de Santa María, por Mauricio Berho.

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