El renacimiento del aguadismo
Faena de deleite de Pablo Aguado a un excelso toro de Núñez del Cuvillo. Salió a hombros en unión de un discretísimo Roca Rey. Tarde muy seria de Morante, que corta una oreja.
Por Álvaro Acevedo / Foto: Mauricio Berho
El Puerto de Santa María. Domingo, 2 de agosto. “No hay billetes”. 6 toros de Núñez del Cuvillo, bien presentados y de juego variado, aunque todos toreables. El 3º tuvo mucha clase y le dieron la vuelta al ruedo en el arrastre. El 5º fue bravísimo. Morante de la Puebla, ovación y oreja; Roca Rey, oreja y oreja; y Pablo Aguado, dos orejas y palmas.
Roca Rey y Pablo Aguado salieron a hombros.
Pablo Aguado es un torero con vitola pero no sólo de lo etéreo vive el hombre, hay que cuajar toros, y el aguadismo necesitaba algo así para renacer de sus cenizas, para volver a presumir de su torero. El tercer toro de Núñez del Cuvillo tuvo una suavidad que con otro matador delante hubiera parecido empalagosa, pero con Pablo, que es un torero exquisito, encajó como anillo al dedo. Los toreros anhelan toros así pero cuando salen… ¿cuántos son capaces de ejecutar un toreo para el recuerdo?
Si alguno se pregunta por qué merece la pena esperar a este tipo de toreros aquí tiene la respuesta, una faena aterciopelada, yo diría que casi mágica. Tuvo su prólogo esperanzador, un galleo por chicuelinas que fue como una danza lenta, y un quite por cordobinas acompañando con dulzura al animal, anunciando lo que habría de venir.
Lanzado el torero, pidió los palos y banderilleó limpio y fácil, dos pares al cuarteo y uno al quiebro, antes de coger la muleta y deslumbrar con una caricia detrás de la otra. Todo fue natural y armonioso, sin una violencia, con un pulso de seda que cautivó a toda la plaza, subyugada ante la contemplación de una manera especial de torear. Un inicio embaucador por ayudados, unos redondos rítmicos y acompasados, naturales deliciosos, una trincherilla sublime, un molinete garboso, más redondos de deleite y un desdén como de locura. Y ya con la espada de matar, unos ayudados rodilla en tierra derrochando torería. Y todo, perfectamente ligado y cogiendo la muleta con dos dedos, como si se le fuese a caer de las manos. Y con las muñecas dormidas y el cuerpo moribundo. Estocada en su sitio y dos orejas que paseó en una vuelta al ruedo de clamor. Al enclasado ejemplar de Núñez del Cuvillo, un toro especial para un torero diferente, lo premiaron con la vuelta al ruedo póstuma, también lenta como lo fueron sus maravillosas embestidas.
Menos chance tuvo en el sexto, dócil pero sin humillar, mientras que Morante le cortó la oreja al cuarto, un toro costoso al que a fuerza de valor le había sacado cuatro naturales tremendos. Lo había recibido con cuatro faroles ligados, y luego lo mató de volapié limpio y desprendido. Y al primero de la tarde, desentendido de todas las suertes, lo embebió en un trasteo magistral, sólo para aficionados y profesionales.
Junto a Pablo Aguado salió a hombros Roca Rey, si bien por orgullo debía haberse negado a hacerlo. En efecto, la diferencia entre ambos fue descomunal, y las dos orejas que le concedieron, tan reglamentarias como ridículas. La de su primero tuvo mucho que ver con el brindis que le hizo a Morante, lo que le valió la ovación más fuerte de su discreta actuación. Sujetó bien a ese animal en dos series de derechazos en los medios, pero al de Cuvillo se le acabó la bravura y empezó a salir suelto, de manera que a los diez pases se había desgraciado la faena. El horrendo bajonazo con el que despenó a su oponente, quizá motivado porque el toro perdió las manos en el encuentro, no fue óbice para que el primer obsequio llegara a sus manos cuando ni hubo faena, ni hubo estocada, si bien ninguna de ambas cuestiones fue imputable al torero.
Precisamente por eso fue más grave lo del quinto, un toro bravísimo al que sometió bien en redondo en los primeros compases con un toreo mandón y poderoso, pero que degeneró rápidamente en un rosario de trallazos y zapatillazos realmente sorprendente. Un arrimón final y una estocada fulminante maquillaron no sólo el naufragio artístico, sino también el descalabro técnico. En otros tiempos le hubiera cortado el rabo. Hoy, se le escapó entero.