Grandioso de la Puebla

Morante, frente al segundo toro de su lote.

Prodigiosa, magistral e inesperada obra de Morante. Faena redonda de Talavante con un toro extraordinario de Álvaro Núñez. Gran toreo a la verónica de Juan Ortega.

Por Álvaro Acevedo / Foto: Mauricio Berho

El Puerto de Santa María. Sábado, 1 de agosto. “No hay billetes”. 6 toros de Núñez del Cuvillo, bien presentados y de juego diverso e interesante. El quinto fue extraordinario y le dieron la vuelta al ruedo en el arrastre. Morante de la Puebla, oreja y oreja tras aviso; Alejandro Talavante, ovación tras petición y dos orejas; y Juan Ortega, ovación y silencio.

Morante y Talavante, a hombros.

Buena lidia de Miguel Ángel Sánchez y Juan José Domínguez. Saludó en banderillas Javier Ambel.


Hubo una faena que rompió la tarde en mil pedazos, que es lo que sucede cuando algo, por excepcional, se sale del guion preestablecido. Ni siquiera de Morante esperábamos lo acontecido en la lidia del cuarto toro de Álvaro Núñez, que anunció su peligro cuando a la cuarta verónica del maestro se le fue al pecho, para hacer luego lo propio con sus banderilleros. Descabalgado Ángel Rivas en el primer puyazo, se tomó la venganza en el segundo y Morante ordenó hasta un tercero entre las protestas de un público que, en efecto, está acostumbrado a otro guion. “¡Que te va a coger!”, le gritaron con sorna desde un tendido cuando se puso delante del toro, aparentemente viéndolas venir, detrás de la mata.

No era eso. Como desparramaba la vista y miraba con la cara alta, Morante fue buscándole el sitio, que era muy en corto, y fue fijándolo en su muleta amparado en su descomunal valor. Muy cruzado, lo imantó en el engaño y pase a pase, paso a paso, se fue consumando el milagro: el peligro convertido en nobleza; la brusquedad, en dulzura; las protestas en clamor. Con los pies clavados en la arena y la muleta puesta por delante, Morante de la Puebla se trajo al toro, que no quería venirse, y se lo enroscó en torno a su cintura en muletazos infinitos, de una lentitud y hondura agotadoras.

Era la pureza más absoluta, la verdad más desgarradora, y en los tendidos, la pasión que desata el verdadero arte de torear. Primero en unas series soberbias en redondo, luego en otra milagrosa por el lado izquierdo con el toro pendiente de su cuerpo y luego en una tanda final otra vez con la derecha que fue ya definitiva, toreando a cámara lenta, fundido con un enemigo ahora ya convertido en un inocente colaborador porque Morante le había extraído toda su casta, se había adueñado de su voluntad. Con la mano herida del día anterior y casi sin poder coger la espada, entró a matar muy malamente, lo que no fue óbice para que un público enloquecido ante lo nunca visto pidiera enfervorizado las orejas, aguantándose el señor del palco hasta última hora para sólo conceder una.

Ya le había cortado otra al codicioso primero, con el que se embraguetó en veinte muletazos excelentes ante un toro que atosigaba, pero al que el torero aguantaba sin ceder terreno, sin dar un paso atrás. Fue una faena clásica y muy intensa, nos parecía soberbia y realmente lo fue, pero el Morante del segundo toro la superó con creces.

La realidad es que ante esa faena no sólo grandiosa sino también inesperada poco se podía hacer, de ahí el mérito de sus compañeros para levantar de nuevo al público de sus asientos, por muy liviano que me pareciera casi todo lo que pasó antes y después. En el caso de Alejandro Talavante, que ya había estado impecable con su primero, ayudó desde luego la excepcional embestida del quinto toro, un dechado de nobleza, alegría y calidad, antítesis del que acababa de inmortalizar Morante.

El extremeño le hizo una faena redonda, impecable en lo fundamental, imaginativa en lo accesorio, desplegando de principio a fin toda su soltura, flexibilidad, técnica y variedad. Una faena de las modernas, ligando las series con precisión exacta, limpio, perfecto, siempre colocado, llevando al toro por donde quiso cuánto y como quiso. Los últimos naturales, ya con toda la plaza pidiendo desatada el indulto, fueron de una tersura y suavidad prodigiosas. Tras estocada hasta la mano, paseó en clamor las dos orejas y al gran toro de Álvaro Núñez lo arrastraron en una póstuma vuelta al ruedo.

Salieron por tanto Morante y Alejandro a hombros, yéndose de vacío Juan Ortega pero con dos soberbios ramilletes de verónicas en su haber que no se dan todos los días y que desde luego no los da cualquiera. Cargando la suerte, meciendo el capote, bajando las manos, ganando terreno hacia delante y, lo que es aún más difícil, ligando los lances frente a toros que se quedaban cortos. El primero fue peligroso y el sexto se desfondó. Dirán que estuvo mal porque no cortó orejas, pero yo lo vi valiente con su primero y dispuesto, aunque no pudiese redondear nada. No hagamos trampas, ni con él ni con nadie, queriéndolo comparar con el mejor torero de la historia.

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