Valor estoico y toreo sin espada
Oreja a la quietud de David de Miranda e importante faena sin rúbrica de Borja Jiménez. Talavante, sin suerte. Discreta corrida de El Parralejo.
Por Álvaro Acevedo / Foto: Lances de Futuro
Santander. Martes, 21 de julio. 4ª de feria. Más de tres cuartos de entrada. 6 toros de El Parralejo, desiguales de presencia y en general, escasos de poder. Alejandro Talavante, silencio y silencio; Borja Jiménez, silencio y ovación tras aviso; y David de Miranda, vuelta tras petición y oreja.
En el ecuador de la tarde, el presidente se llevó una bronca de órdago por no concederle la oreja a David de Miranda, que es un torero con valor, así, a secas. A mí no me gustó con el toro, que era terciado y noble. Lo toreó encartonado, sin soltura, como le pasa muchas veces, pero se arrimó tanto, se dejó llegar tan cerca los pitones antes y después de una voltereta cuando intentaba una arrucina, que la gente tomó partido por el onubense. Las bernadinas finales fueron tremendas de ajuste, y el inicio por ayudados de rodillas, gallardo y bravío. Pero no hubo ni un derechazo ni un natural destacable. La estocada cayó baja. La petición tuvo más ruido que pañuelos, complemento en desuso a estas alturas de siglo.
Sin embargo, como suele suceder cuando las faenas tienen fuerza de verdad, yo estoy seguro de que por arte de magia la plaza se hubiera llenado de pañuelos si Borja Jiménez hubiese matado al quinto toro, con el que protagonizó la obra de la tarde. Ya había andado seguro con su primero en una faena de zapatillas enterradas frente a un toro acobardado pero que tuvo la mejor virtud que puede tener un toro, que es la de humillar. Claramente mejor por el lado izquierdo hasta el punto de que por el otro pitón se le fue al pecho a Juan Carlos Rey volteándolo de mala manera, Borja en cambio comenzó con la derecha. Con mérito le arrancó buenos muletazos en redondo, aunque los naturales posteriores tuvieron más hondura y ritmo. Más calado. Pero todo fue muy costoso, con el animal como atascado en la arena. La espada también se atascó.
El quinto fue el toro de más temperamento de la desfondada corrida de El Parralejo. Alto de agujas y desparramando la vista, rompió a embestir porque Borja se puso en el sitio y le tragó muchísimo. Lo había toreado con buen aire de capote, y ya en el último tercio, primero lo cuajó por el pitón bueno, el izquierdo, con un toreo mandón, alargando la embestida, que iba cosida a la muleta. Y cuando se hizo con él, enroscándoselo en torno a su cintura en más naturales, ahora soberbios, de gran intensidad de uno en uno pero rematados detrás de la cadera. Lo mejor sin duda de la tarde. Con mucha firmeza también aguantó el tipo con la diestra, apretándole por abajo y sometiéndolo en redondos de mucho mérito. Perdió las orejas entre la espada y el descabello, como tantas veces.
A David de Miranda en cambio no se le va un toro con la espada. Entre eso y el valor que volvió a desplegar frente al sexto, también con movilidad aunque con poca clase, se llevó una merecida oreja. Tampoco me convenció en esta ocasión David en el toreo fundamental, pasando al toro con ambas manos con la muleta volandera, ejecutando un toreo ligado pero superficial y deslavazado, que es lo que pasa cuando la embestida va por un sitio y el muletazo por otro. Pero amigos, el tapabocas de la espada no le falla nunca, ni en las tardes buenas ni en las malas.
Talavante pasó de puntillas, y no sólo porque se enfrentó a dos animales que no podían con su alma, sino además porque una bacteria le ha provocado una herida en el talón izquierdo que lo tiene a maltraer. A su segundo le pegó algún natural con buen estilo, pero ese lote de toros, tullido y feble, sólo sirve para matarlo a puerta cerrada en el invierno, todavía con los últimos mantecados en el cuerpo.